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GANCEDO | quilós

Vino con mensaje y compromiso

«Un humilde viticultor». Emigrante hace tiempo, Ginés Fernández López, que de esa manera se define a sí mismo, ha sido un auténtico hallazgo para el vino berciano. Genio y figura, un día decidió hacer de la viña y el vino su vida y hoy está en el empeño de hacer los vinos de su vida.

 

Ginés Fernández, en la cava de su bodega en Quilós con dos de los cinco vinos que elabora. - LUIS DE LA MATA

Rafael Blanco
28/10/2011

mapa de situación de la bodegaLlegó Ginés Fernández al mundo del vino casi por casualidad cuando, de vuelta de Suiza, se hizo cargo de unos centenares de cepas que le fueron asignadas por legado familiar indirecto. Decidió entonces convertir el vino —la viticultura, porque sabe muy bien que el secreto del vino está en la viña— en una forma de vida. No en una forma de vivir, entendida ésta como la actividad generadora de los recursos económicos necesarios, sino como una manera de interpretar su permanencia en el mundo. Profundamente respetuoso con el medio, trabajador, meticuloso, inquieto, reflexivo y gran conversador, ha llegado a un conocimiento tan profundo de la viña y la actividad que no parece que haya nada, incluso por muy puntual que sea, que pueda escapar a su control, al análisis y a una sentencia sólidamente argumentada sobre las causas y las consecuencias.

«La viña es un libro que te lo dice todo. Sólo tienes que pensar por qué las cosas son como son y no de otra manera, entender qué y por qué las hicieron así los paisanos de otras generaciones; por qué pusieron mencía donde hay mencía, godello donde hay godello y doña blanca donde hay doña blanca… Lo miras y lo ves… si tienes los ojos abiertos, claro». Ginés lo ha hecho, incluso a sí mismo, a partir de la observación, de la convicción, del trabajo inmenso, de la dedicación plena… del compromiso. Un compromiso —con el medio, por supuesto, pero también con los medios, con el sector con el consumidor…— plenamente asumido también por Juani, esposa y avalista de su labor, de su verdad. Ginés es un autodidacta venido a viticultor. Un vitivinicultor de casta. Genio e ingenio. Un tipo que empeña el alma en cada vino que hace. Pero sobre todo es un conversador. Porque si asumimos que, efectivamente, la viña es un libro, él ha de ser un compendio, un caudal de conocimientos técnicos, un torrente de términos precisos que maneja con gusto y criterio para hilar una larga conversación. Interminable, si es preciso.

Esas reflexiones y otras que tienen que ver con el daño que desde ciertos sectores se causa al vino berciano al abaratarlo hasta límites que hacen imposible un mínimo de calidad y deteriorar gravemente su prestigio se hacen en voz alta en la bodega avalada por la crítica internacional que se asoma ya al umbral de la capacidad de producción para la que fue dimensionada —cien mil botellas—y que en ningún caso se quiere sobrepasar, entendiendo que también eso pondría en riesgo las altas exigencias de calidad fijadas como objetivo irrenunciable.

Cinco vinos, dos blancos y tres tintos, configuran la oferta. Capricho Val de Paxariñas (30.000 botellas; 10,00 euros en bodega) y Herencia del Capricho (1.700; 28.00) son bivarietales con un reparto (80% godello y 20% doña blanca) que aprovecha las excelencias de cada uva, incluso cuando como en el segundo caso permanece trece meses en barrica sobre lías. Los tintos, irrenunciablemente mencías, eran sólo crianzas de vendimias de los parajes que figuran en sus etiquetas, Xestal y Ucedo (5.200; 28,00). Eran, porque la novedad del año, impuesta por las circunstancias del mercado y por los nuevos gustos del consumidor nació el joven Gancedo (18.000; 7,00) con tres meses de acaricia en roble francés.

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