martes 18/5/21
Ángel Alonso, periodista, secretario del Círculo de Periodistas Leoneses en Madrid

Ni ser ni estar, sentir

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Ángel Alonso

No soy leonés de nacencia, ni de despensa. Vivo, trabajé, y ahora vegeto mi jubilación, en Madrid. Lo de mi provincianismo asumido lo es de sentimiento y de sangre. No se explica de otra manera. Mis estancias en la tierra se limitan a periodos vacacionales que no llegan a una cuarta parte del año. Pero no queda en vacío un solo día de evocación de ese León que me obsequia con lo mejor de la vida: amigos y paz, la interna y la externa. Y con la oportunidad que me brinda, y agradezgo, el DIARIO DE LEÓN en la celebración de su 115 anoversario.

Muchos próximos me toman el pelo con una militancia que quizá consideran esnobismo. Da lo mismo, ejerzo de cazurro. Y si insisten, apelo al arrebato de la sangre: la de cuatro generaciones maragatas corren por mis venas. Pesa más que la cuna, tantas veces accidental. Argumento estructural, no coyuntural.

De Astorga, porque la elijo patria chica; de León, porque la envuelve de grandeza; de España, porque me enorgullece; de Europa, por cultura; del mundo, porque me encandila la riqueza de sus variantes. Esta es mi enseña: pueblerina, ciudadana, provincial, nacional, continental y mundial. Que no digan que el leonesismo no es cosmopolita.

Se puede no ser de León (de cuna) o no estar (demasiados), pero imposible ser leonés sin sentir el latido de esta tierra de arrieros, valientes y decididos en su esplendor

Dijo el poeta británico William Wordsworth que el niño es el padre del hombre. Pocos conozco que no hayan depositado la etapa más feliz de la vida en la infancia y en los veraneos de algún lugar. Mis estíos de la niñez tienen el nombre propio de una ciudad leonesa (digo bien, ciudad, aunque yo la llame pueblo, como reconocimiento de liberación de una gran urbe), Astorga, la incorrecta, por deslinde, capital comarcal de Maragatería, pero tan orgullosa del equívoco, que hace leyendas del patronímico con personajes como Pedro Mato (vigía atento desde lo más alto de la catedral) o Juan Zancuda y Colasa, nadie sabe (y a quién le importa) si matrimonio, pareja de hecho o sociedad laboral en la tarea de desperezar a los lugareños y forasteros, maza en mano, con las campanadas horarias del reloj del ayuntamiento.

Astorga fue mi descubrimiento de las andanzas por la vida desasido de la mano de los mayores; era como ver tierra tras la larga y penosa travesía de los inviernos tutelados por disciplinas hogareñas y colegiales. Se configuró como una atalaya privilegiada desde la que divisar un territorio que ha complementado, como pocos en España, el recio trabajo de la labranza y la arriería con el orbe sutil y elegante de la creatividad cultural. Fermentó en su paisanaje la ambición de progresar por la vía del saber contenido en libros y aulas. Loable propósito que ha contribuido, sin embargo, al vaciamiento de pueblos y aldeas.

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Sí, Astorga conforma en mí el León dibujado en la vasta amalgama de su paisajística. La Maragatería, agreste y terrosa en los tonos ocres de la huella dejada por saqueos y explotaciones, enseña indeleble de imperio sobre colonia. El Bierzo, híbrido de leonesidad y galleguidad, una belleza diferente, por singular, tierra rajada hasta la profundidad del mineral reconvertido a ganga, que deja ver hoy la deprimente cicatriz de los abandonos y traiciones al socaire de los caprichos mercantiles. El Páramo, que es como decir de la necesidad, virtud; nominación desconcertante aposentada sobre vegas fértiles que aprovisionan la nomina de una gastronomía generosa en manjares de huerta y cabaña.

El presente de León exige rápida pasada para atribularse lo menos posible en una visión desgarradora de vacío y olvido. A la cabeza de los índices nacionales de envejecimiento. A la cabeza en la pérdida de renta per cápita. A la cabeza en los descensos de densidad de población. Un liderazgo de maldiciones irritantes, que no encuentra altavoz por el capricho de una ubicación en periferia de comunidad autónoma ferozmente centralista. Una depresión económica y social cantada en una reorganización administrativa, tras la dictadura, que ignoró el peso de su historia, en aras a cambalaches de caciques de urnas, pescadores en el rio revuelto de una democracia inexperta.

León sucumbe, como toda España, a los efectos de una pandemia. Pero esta ha sido tierra que ya venía castigada a esta cita con los miedos que anteceden a todo cambio de era. El asidero del turismo resbala con la grasa de una crisis que carece de tratados respecto a origen y epílogos. Un virus como agente económico. Átame esa mosca por el rabo.

Tierra de arrieros, valientes y decididos en su esplendor. Desaparecidos en combate contra progresos de antaño, se asieron a la heroicidad de sobrevivir. El futuro vuelve a asomar. Una de sus debilidades la prepara, paradójicamente, para el envite. Los expertos anticipan una nueva economía, en la que el mercado de la tercera edad va a significar el 25% del gasto en consumo y servicios. León ofrece a este colectivo ventajas potenciales de clima saludable (frío, pero seco), vida apacible y experiencia, sin parangón en España, de envejecer con dignidad. Se puede no ser de León (de cuna), se puede no estar (demasiados), pero imposible ser leonés sin sentir el latido de esta tierra.

Ni ser ni estar, sentir
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