domingo 11/4/21

Siempre cerca de lo entrañable

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Antonio Colinas

Escribir para una ocasión especial. Escribir del aniversario no de cualquier periódico, sino del DIARIO DE LEÓN. Escribir sobre un periódico entrañable. ¿Por qué? Por supuesto, por ser un medio de comunicación de nuestra tierra, León, pero porque a mí me remite a lo esencial de la memoria de un escritor. La memoria del origen, donde reposa el tiempo concreto de la adolescencia, en el que uno re-nace y que a mí me remite a mi memoria lectora.

Llegan así aquellos atardeceres en la Biblioteca Municipal de La Bañeza, con los balcones abiertos en verano a un aroma de acacias y a las notas airosas de la Banda en el templete. Dentro, el tesoro de los libros y las revistas y, cada día, el ejemplar del DIARIO DE LEÓN. Éste siempre en las manos presurosas de José Luis Baeza, el primero de nuestros periodistas. Había que esperar un poco para ver qué nos transmitía del mundo aquel periódico y, para mí, qué me dirían los artículos del poeta Victoriano Crémer.

En aquellos tiempos, además del periódico había otro medio de comunicación entrañable para los bañezanos. Cada anochecer nos llegaban por las ondas de Radio Astorga las palabras de Esteban Carro Celada, que se despedía de los radioyentes de la Diócesis con un lirismo tierno, intenso, culto. Pero para los leoneses «de provincia» la referencia de la palabra escrita era el DIARIO DE LEÓN. Para mí me remitía a los aspectos culturales de la capital, pero también, ya en mi primera juventud, a temas decisivos o graves. León me lleva a los meses que pasé en el campamento de El Ferral, llenos de pruebas para los que por allí estuvimos. Inolvidables vivencias bajo el polvo, la escarcha o la nieve.

El camino a seguir es el de la cultura enraizada y abierta hacia la universalidad cuando tiende a atomizarse para librarnos del hermoso don de la libertad

Hubo un tiempo en el que aquella estancia fue más benigna con el pase pernocta. León capital fue entonces un mundo precioso y, el atardecer, me esperaba con la lectura del DIARIO DE LEÓN en algún café, apresuradamente para ver si podía acudir a alguna de aquellas películas que —de nuevo Crémer— el poeta nos recomendaba en su sección cinematográfica. A veces este encuentro con el periódico solía ser, con la compañía de un libro y de un cuaderno con versos temblorosos, en la cafetería del Hotel París.

Días aquellos de radicales contrastes. El frío húmedo que ascendía del Bernesga no me asustaba, pues yo llegaba vacunado de los inviernos en la vega del Órbigo. Tiempo de contrastes porque, en horas veinticuatro, pasé de aquella soledad aliviada en el Barrio Húmedo a Milán, en Italia, gracias a una maniobra de generosidad de Eduardo Martínez y Hernández, un leonés que regresaba a su ciudad después de una gran labor como profesor en universidades europeas. No fue para mí León la «capital del fiero invierno» a la que la escritora Margarita Merino se refería en el remite de algunas cartas que más tarde me escribió. (Inolvidable el recuerdo con Margarita y Ernesto Escapa en la imprenta de Celarayn encuadernando las páginas de mi libro Orillas del Órbigo.)

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El DIARIO DE LEÓN me guió a los grandes símbolos que fueron y que son sus monumentos emblemáticos, pero también a los caminos de sus paisajes y aldeas. A veces, para «los de provincias» la capital remitía al dolor, pues era y es el lugar de los hospitales. Esta presencia era y es acuciante cuando pensamos en las estancias en ellos de nuestros seres queridos o amigos. (Aquí aprovecho la oportunidad que me brinda este medio para hacer una reivindicación: la de reclamar una mayor proximidad de la medicina a los pacientes lejanos, neutralizando así las distancias geográficas y la excesiva concentración de los centros hospitalarios. Hoy todavía nos escalofría el pensar cómo puede llegar desde la lejanía de las dos Cabreras a los hospitales de León una persona a punto de dar a luz o con un infarto, y cómo puede ser que en un cercano ambulatorio no se pueda resolver la rotura de una pierna).

Pero el DIARIO DE LEÓN es entrañable para mí cuando fui inesperada noticia en él a doble pagina. Tenía veintidós años y León celebraba su Bimilenario. Con tal ocasión se creó un premio de poesía que fue a parar a un desconocido poeta «de provincias». Fue aquella una noticia muy feliz, sobre todo para mis padres. Cuando años después yo colaboraba o fui noticia en los periódicos nacionales, para ellos la mayor satisfacción seguía siendo la de que mi nombre apareciera en las páginas de nuestro semanario, El Adelanto Bañezano, en el que colaboré desde los 16 años y por supuesto en el DIARIO DE LEÓN. Para ellos, como buenos leoneses, ver mi nombre en este periódico de la capital seguía suponiendo la satisfacción máxima de mi prestigio.

Y aquella noticia de aparecer un día como Leonés del Año. El DIARIO DE LEÓN, señalándonos hoy desde sus páginas de Cultura, o desde las de el suplemento Filandón, el camino seguro que nuestro pueblo debe seguir: el de la cultura; enraizada, sí, en nuestro glorioso pasado pero a la vez abierta hacia la universalidad en estos tiempos en que todo —culturas, países, comportamientos globalistas...— tiende a atomizarse para librarnos del hermoso don de la libertad.

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Siempre cerca de lo entrañable
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