viernes 05.06.2020

50 años de un libro: Pereira, una amistad

Antonio Pereira y Antonio Colinas durante la Fiesta de la Poesía en Villafranca
Antonio Pereira y Antonio Colinas durante la Fiesta de la Poesía en Villafranca

ANTONIO COLINAS

El libro al que me refiero es mi primer libro de poesía, Poemas de la tierra y la sangre (1969). A veces se piensa que mi primer libro fue Preludios a una noche total, publicado por Adonais en ese mismo año; pero en realidad el primer libro escrito –entre mis 20 y mis 21 años– fueron estos muy leoneses poemas, un libro que en su dedicatoria expresa dice: «Para Antonio Pereira: leonés, poeta y amigo». 50 años han pasado desde su aparición y desde la amistad que comencé a tener con Pereira.

Hay un momento en mis Memorias del estanque en el que aparece el retorno a la tierra del origen y lo hago a través precisamente de un endecasílabo de Pereira, maestro de los escritores leoneses actuales, el primero de los cuentistas españoles y al que tuve por amigo por razones muy entrañables: él estuvo unido precisamente a esa etapa decisiva para cualquier vocación literaria que fue el de los inicios, el de mi crecimiento interior.

Hubo un momento decisivo en 1968, a mis 22 años, cuando se convocó un premio poético con ocasión del aniversario de la fundación de la Ciudad de León por Roma en el año 68 d. de C. Me presenté al mismo, con pocas esperanzas –yo era entonces un poeta absolutamente desconocido– con mis Poemas de la tierra y la sangre y, para mi sorpresa, resulté el ganador.

Nada sabía yo de los miembros del jurado, ni de que lo presidía Antonio Pereira. Según dijo luego este, entre dicho jurado hubo dudas y preguntas sobre quién podría ser el autor de aquellos poemas presentados bajo plica, escritos en versos alejandrinos, llenos de resonancias telúricas y tan enraizados en nuestra tierra leonesa.

Abierta la plica, apareció un nombre que nadie conocía y el mismo Pereira recordó con humor, en varias ocasiones, los detalles de aquel momento y de cómo el premio me fue comunicado. Me había llamado él por teléfono a casa de mis padres para darme la noticia, pero yo no me encontraba en ella. Mi madre le dijo que yo debía de estar «en la Plaza Mayor escuchando el concierto de la Banda Municipal» o «con la bicicleta por el río o por algún pueblo de los alrededores».

No sé si yo aquel día estaba en la plaza o vagando por las orillas del río, o por el monte con mi bicicleta Orbea. Lo que si sé es que luego, ya en casa, me volvió a llamar Pereira y recibí una gran alegría con la noticia que me dio. Recuerdo también que en aquel momento me dijo que el premio se había concedido por unanimidad, «aunque –añadió con esa fina retranca que le caracterizaba– había entre los aspirantes al premio había varios poetas recomendados, entre ellos, uno muy señalado». Era el 15 de junio de 1968.

Esta noticia feliz sería para mí muy importante por varias razones. En primer lugar, porque con el dinero de aquel premio pude vivir dos meses en París y en Londres en el otoño (que no mayo) de aquel año. Luego, porque me ponía en comunicación directa con Antonio Pereira, con su persona y sus libros. Pero sobre todo porque ese galardón afianzaba mucho mi incipiente vocación literaria.

La convocatoria de dicho premio había sido hecha en una fecha muy señalada, por eso estuvo acompañada de otros fastos en los que para mí, desde luego, fue el más importante el que se celebró en el Teatro Emperador, durante el que se me entregó el galardón. Recuerdo también, como algo muy especial, que al llegar al Teatro, me esperaban en la puerta del mismo Antonio Pereira, Victoriano Crémer y Antonio González del Ama.

Un esmoquin prestado

Así que, en aquel momento, la literatura comenzaba a hacerse vida para mí. Me acompañaron aquel día mis padres y mi hermano, María José y su madre y una de mis tías. Yo iba vestido con un esmoquin que me había prestado uno de mis primos (¡el del día de su boda!) Me hicieron apresuradamente algunos arreglos en él y así me fotografió al día siguiente Garay, «el más valioso», me dijeron, de los fotógrafos de la capital.

Eran los días de las Fiestas de San Juan y también hubo otro acto al que me invitaron y que, para mí, está hoy cargado de simbolismo por remitirme a Roma, a Italia; ciudad, país y cultura que, sin yo saberlo todavía entonces, tan decisivas iban a ser pronto en mi vida. Me refiero a la inauguración por el Embajador de Italia y por el Ministro de Educación de aquellos días, en la Plaza de San Isidoro, de una gigantesca columna que todavía hoy, cuando paso junto a ella, me remite a aquellos días.

Recibí el galardón, regresé a Madrid y a mis pesarosos estudios y allí me puse a esperar los 100 ejemplares de mi libro, que también implicaba el Premio. Pero los libros no llegaban, los libros no me llegaron nunca. Acudí varios días a la agencia de transportes que debía recibirlos, pero allí nada sabían de mis libros. Nunca llegaron. Así se lo hice saber a Do Francisco Roa Rico, por entonces Letrado Mayor de la Diputación que me proporcionó generosamente algunos ejemplares.

Hasta aquel día en el vestíbulo del Teatro Emperador nunca había visto a Antonio Pereira, pero yo ya conocía su obra. Un día de abril de 1966, Rafael Cabo, el director de El Adelanto Bañezano, me llamó para entregarme un libro y decirme que me debía de ocupar de él. Se trataba de un volumen de poemas de Antonio Pereira, Del monte y los caminos, editado por El Bardo en Barcelona.

Yo había comenzado a escribir a mis 16 años en nuestro semanario local, con ocasión de la muerte en 1962 del poeta Leopoldo Panero, pero aquel artículo sobre el libro de poemas de Pereira iba a ser, a mis 20 años, mi primera y modesta crítica literaria. Así que escribí mi artículo sobre el libro. Poco después, Rafael Cabo me sometió a otra prueba: la de ocuparme de un nuevo libro de Pereira, ahora de cuentos. Se trataba de Una ventana a la carretera, que había recibido el Premio Leopoldo Alas.

Esto fue ya el 20 de enero de 1968, sólo cinco meses antes de que nos conociéramos. Por tanto, los poemas y los relatos de Antonio Pereira ya me eran familiares antes y de aquella manera tan especial que para mí suponía iniciarme como «crítico literario», aunque fuera desde nuestro modesto y entrañable semanario local. Luego, con el paso del tiempo, me ocuparía con más edad y experiencia de casi todos los libros de Pereira en otros medios nacionales, con más resonancia.

Llegó pues, nuestro encuentro gracias a aquel galardón de 1968 y llegaron luego para mí otros momentos especiales, no tan unidos a aquel fasto sino a la siempre dura prueba del servicio militar en los montes de El Ferral. En la segunda etapa de esta prueba yo bajaba a dormir a León y fue entonces cuando comencé a visitar a Antonio, que siempre me atendió con una amabilidad extrema.

Conversaciones con Pereira

Para mí aquellos meses del servicio militar fueron muy difíciles, pero Antonio fue la persona que me abrió las puertas de su casa en la ciudad. También me abrió su casa el abogado y Lector de Español en varias universidades europeas Eduardo Martínez y Hernández, que sería el responsable y haría el milagro de que yo saliera unos meses después para Italia como «profesor invitado». Fueron meses sin embargo aquellos de El Ferral de una gran soledad y en lo que Margarita Merino me reconoció en una carta como «la capital del fiero invierno».

Pero aquellas conversaciones con Pereira y Eduardo (con este siempre en el Barrio Húmedo) seguían avivando mi vocación; también mis lecturas y escritos en un rincón de la cafetería del Hotel París, que yo había elegido para poner recogimiento y calor, al anochecer, en aquellos días de soledad. Sin esas dos amistades y sin las horas pasadas en esa cafetería y en el Húmedo no sé qué hubiera sido de mí en aquel año y medio, que necesitaría crónica aparte.

Hay, luego, un tercer momento de comunicación especial con Antonio Pereira, al margen de aquellos que mantenía a través de los libros que él me iba enviando dedicados. Los conservo todos. Fue ya durante mi estancia como estudiante en Madrid, en la tertulia que en el Café Gijón presidía Gerardo Diego y en la que coincidimos.

A ella acudía siempre Antonio durante sus visitas a Madrid y más tarde cuando en vivió en la capital durante estancias más prolongadas. Es como si en aquella tertulia se cerrara un círculo de amistad en la literatura, y cerca de otros personajes ya consagrados o en sus inicios, como Gerardo Diego, Buero Vallejo, Enrique Azcoaga, García Nieto, Álvarez Ortega, Francisco Umbral, Diego Jesús Jiménez o Marcos Ricardo Barnatán.

También se dieron algunos encuentros nuestros en Madrid en la tertulia de la revista Ínsula, creo que ya desde los tiempos en que esta se celebraba en la Calle del Carmen. Antonio y Úrsula mantenían igualmente una buena relación con otro grande y temprano amigo mío, José Luis Cano, subdirector y alma de Ínsula, pues las dos familias se encontraban durante las vacaciones de verano en Fuengirola. Cano sería también, junto a mi maestro Vicente Aleixandre, otro de mis más generosos amigos en aquellos primeros días en Madrid.

Recordaría también, como muy especiales, los encuentros que tuvimos en su villa natal, Villafranca del Bierzo; en una ocasión, para leer mis poemas con un fondo jubiloso de pájaros en las arboledas del jardín; en otra, con ocasión de una visita turística por el Bierzo que hice con María José y mis hijos. De este día, de nuestra visita a Antonio en el Parador y de nuestro posterior paseo y comida, conservo unas fotos que nos hicimos y sobre todo la alegría y los juegos de nuestro hijo ¡de siete años!

Regreso a Villafranca

Entonces yo no sabía, claro, que un día iba a regresar a Villafranca para su funeral, para acudir a aquel rincón entrañable del cementerio donde también descansan los restos de otros dos escritores siempre muy cordiales conmigo: Elena Quiroga y Ramón Carnicer. La primera siempre estuvo generosamente obsesionada con que yo entrara en la RAE; el segundo nos visitó en nuestra casa de Ibiza en los días en los que acababa de cumplir sus 80 años.

El destino siempre va fijando con verdad los hechos de nuestra vida y no siempre sin que nosotros podamos controlarlos. Así sucedió con aquel premio primero. Entonces no sabía que, algo más de treinta años después, en el año 2000, yo iba ser –¡quién lo hubiera dicho!– el que iba a estar en un jurado para premiar la obra de Antonio Pereira.

Se trataba de la concesión del Premio Castilla y León de las Letras, en cuyo jurado me tocó hacer la defensa de la persona y la obra de Antonio; en una ocasión, diría también parafraseándole a él, en la que tampoco faltaron «candidatos muy recomendados». Yo había recibido ese premio en 1999, un año antes, y por eso formaba parte del jurado. Me pareció una ocasión de oro par reconocer cuanto la vida y obra de Pereira merecían con creces. Así se lo hice saber, tiempo antes, en una carta que se conservará en su archivo.

Ya viviendo nosotros en Ibiza recuerdo otra grata velada posterior en su casa en el Paseo de Papalaguinda. Durante aquella visita a su casa, Antonio sacó de una estantería un cuaderno de sus Diarios y me leyó algunas páginas correspondientes a los días en que él había visitado Ibiza y en los que hablaba de sus desayunos en la terraza del Hotel Montesol. Creo que esta visita fue hacia 1982, cuando habíamos venido de Ibiza para otro hecho feliz. Se me había concedido el Premio Nacional de Literatura.

Con tal ocasión se me dedicó un homenaje en el Teatro de La Bañeza, al que acudió la Orquesta de Castilla y León, gracias a los buenos oficios de otro gran amigo que nos ha dejado, Ernesto Escapa. En aquel acto tuvieron dos brillantes intervenciones Antonio Pereira y el Dr. Brasa, bañezano de Santa María de la Isla y oncólogo del Hospital Clínico de Madrid.

En 1988 apareció mi libro Hacia el infinito naufragio. Una biografía de Giacomo Leopardi y el editor me pidió que le diera el nombre de la mejor persona que pudiera presentarlo en León. No lo dudé un momento y le di el de Antonio Pereira. La presentación fue en un salón de actos del Parador de San Marcos, repleto de asistentes, en el que luego tantas veces nos encontraríamos para los sucesivos fallos y actos de entrega de los Leoneses del Año.

Los mutuos comportamientos de amistad se fueron repitiendo, así durante una votación en la que precisamente fui reconocido como Leonés del Año. En aquel jurado hubo un sector que se oponía, tildándome de «peligroso ideólogo de izquierdas». Algunos comprometidos artículos publicados en El País (sobre todo mi artículo sobre el Campo de tiro del Teleno) había cuestionado mi independencia. Entonces, Pereira, con otra de esas frases humorísticas tan suyas, deshizo rápidamente la falsedad en mi favor: «Pero si Antonio Colinas es un San Juan de la Cruz…» Ante esta frase, no hubo ninguna protesta más y fui elegido en el acto. No pude estar en un curso que, antes de su muerte, se le dedicó a Antonio Pereira. Recuerdo este detalle nimio porque él me escribió poco después para disculparse y decirme que lo sentía mucho, pero que él no había sido responsable y coordinador de dicho curso.

Todavía hoy no sé –o sí lo sé– por qué desde que Antonio Pereira murió, su memoria, nuestra amistad de tantos años, se vio enturbiada. Seguramente malos consejeros, cizañeros, me llevaron a una turbación y a un desasosiego que ha durado hasta hoy. No tienen importancia estos comportamientos, porque sé de dónde nacen y por qué; lo que importa es cuanto he dicho y el afecto que entre nuestras familias siempre hubo.

Aun así, todavía pude estar cerca de su obra –a favor de su obra– en un momento que ahora recuerdo muy bien y del que tengo testigos. Un día recibí una llamada de una editorial. Sus herederos le habían ofrecido la publicación de los Cuentos Completos de Pereira y me pidieron un pequeño informe sobre autor y obra. No tuve que hacer informe alguno, pues con unas pocas palabras avalé y reconfirmé la edición: «Antonio Pereira, además de haber sido una excelente persona es sin duda, en estos momentos, el primer cuentista español. No dudéis lo más mínimo en editar el libro».

Fue una alegría recibir, no mucho tiempo después, desde la editorial, el libro, los Cuentos completos de Pereira, aunque no tuve la posibilidad de acudir a la presentación del mismo en Madrid, a donde acudió, me dijeron, el «todo León y el todo Madrid literario». Mucho me hubiera gustado haber estado allí, pero parece que los «asesores» ya habían apartado de la memoria del poeta al primer avalista que había tenido aquel libro

Posteriormente fue deseo de sus herederos publicar la poesía completa y posteriormente unos fragmentos de sus Diarios. La editorial decidió no publicar ninguno de los dos libros. La poesía, porque creo que no respondía a las expectativas de ventas de la editorial. Los fragmentos de su Diario porque en el texto junto a naturales y generosas opiniones de Pereira sobre mí, había algún inexplicable fragmento.

Han pasado 50 años desde la publicación de mis «Poemas de la tierra y la sangre». Casi tantos años de mi amistad con Pereira, de nuestra mutua admiración y de las pruebas que la avalaron. Es el ayer feliz lo que aún hoy salva nuestra amistad, que su muerte dividió en dos etapas. Luego, se ha querido a veces proyectar sobre mí lo que no pudo ser.

Ya lo escribí en mis Memorias del estanque: «La independencia es el estado ideal, si puedes resistirlo». Yo he apostado por ella y he pagado mi precio. La vida y la obra de un escritor es un trigal en el que a veces no falta la cizaña.

50 años de un libro: Pereira, una amistad
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