lunes 1/3/21

Abro mis vértebras para contarme

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josé enrique martínez

Alejandra Pizarnik presta el título del último libro de la excelente poeta bembibrense Pilar Blanco en un verso que hace de la noche el gran pliego de la escritura: «Palabra por palabra yo escribo la noche». En el umbral del poemario, otra cita, en este caso del también argentino Hugo Mújica. Son significativas estas citas, al lado de otras de Ada Salas u Olvido García Valdés, porque trazan una línea de poesía escueta, amante de la palabra tanto como de los silencios. Se trata además de escribir una poesía alejada de lo demasiado explícito o de lo ya expresado. Es el camino seguido por Pilar Blanco en algunos de sus poemarios últimos, como Alas los labios (2013) y Vigía de tu paso (2018): una poesía que tiende a la brevedad, al lenguaje conciso: «La desnudez, otra forma de luz». Lo observamos sobre todo en la primera parte, cuyo asunto básico es el amor, no un amor tibio, pasivo, sino ardoroso, apasionado: «No temo la fulminación, yo misma incendio»; «Ahora, atravesada del amor y la herida, / solo sé arder». Pero el amor es también entrega, como expresa el poema Marca de espada, que enfrenta al ensimismado, al que se goza en su desgracia, con el que se da a otro: «El que ama se entrega, / el que ama se desensimisma, / abre su corola para ser mundo, para / ser otro, para dejar de ser». No por eso se desentiende de los sinsabores de la vida, de «las normas, los hayqués, las hipotecas» que impiden el vuelo libre y llevan a ser «paloma loca en vuelo con corazón plomado», verso que me recuerda otro de Blas de Otero, en diferente contexto, que ve al hombre como «ángel con grandes alas de cadenas».

Esta pasión encendida vira en la segunda parte hacia aspectos vitales más acerbos: versos que hablan del dolor, de la noche sin salida, de la muerte, o de los heraldos negros vallejianos, trazando la «geografía de la pena» en un extenso poema que recorre «todas las Baratarias donde fui feliz». Pero quizá la parte más atractiva sea la última del poemario: «Abro mis vértebras para contarme», para contar o contar desde el dolor, pero con ímpetu, el hecho de ser mujer, encarnando en sí misma «todas las mujeres que lloraron», cifradas en nombres universales, de Ana Carson a Ajmátova, de Alfonsina Storni a Sylvia Plath y otras muchas. Aquí la voz expandida cuaja en poemas impulsivos de largo aliento. Pilar Blanco se sitúa, como mujer y como poeta, en esa senda fecunda que acaso comenzó en nuestra lengua con Rosalía de Castro, a la que también alude.

Abro mis vértebras para contarme
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