miércoles. 08.02.2023
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josé enrique martínez

En 2018 Daniel Fernández obtuvo el premio de poesía joven Antonio Colinas con el poemario Las cosas en su sitio. En mi reseña destacaba el talante confesional de los poemas que me parecían un ejercicio de melancolía. Había allí un poema, Tejerina, en el que el poeta, nacido en Barcelona, evocaba su infancia en la casa leonesa de los abuelos. Era otro ejercicio, el de la memoria, calificada de «oro viejo», al igual que en su nuevo libro, Las nubes se levantan, merecedor de otro premio, el Emilio Prados para jóvenes. También aquí la memoria, «el oro de la infancia», lo transporta en ocasiones a la montaña leonesa, a «las tardes de noviembre en Tejerina», a «la casa de arriba» donde trajinaban los abuelos, a «las calles y los huertos y veredas» que remoza «el barro terco de la memoria». Es esta la que fertiliza los poemas de la primera serie, desde la pieza inicial, que parece ofrecer pautas de lectura: la infancia dorada quedó atrás y solo queda «comerciar con la memoria» o resignarse al olvido. El otoño, la lluvia en la ventana y la acción de la memoria promueven una melancolía tenue, leve como la propia expresión nacida de sencillas emociones en las que vibra el íntimo deseo de recrear aquellas tardes de «entonces». Y aun de presentizar aquel pasado que solo la palabra rescata desde la contención y la fluidez expresivas.

En la segunda sección asoma el filólogo, el amor a las letras, a la poesía, con la presencia de la lluvia en la ventana desde la que se contempla el mundo. El afecto del poeta se vierte sobre libros concretos que siguen alimentando su vida y sus quehaceres; toda una selección de aquellos aparecen en Por la ventana, de las jarchas a Vicent Estellés y «las poesía secretas de mi padre».

Una muestra, pues, de afectos intelectuales. Pero estos poemas ya no exhalan melancolía, sino fruición y regocijo, algo que en la tercera serie se acelera, de modo que amor y filología conviven en gustosa coyunda.

La sección final se titula La casa de arriba, a la que ya se había hecho referencia; son poemas que reenvían a la casa del abuelo en la montaña leonesa o a la aldea asturiana de Llaneces, entre otras referencias, «a las tardes que nunca volverán», que suscitan tristeza cunado no nostalgia. Termina el poemario con la alusión a aquel mundo que, cuando todos se hayan ido, habrá desaparecido: «De pronto un día / no habrá nada más que lamentar / y todos se habrán ido / al cielo con la abuela».

El barro terco de la memoria
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