viernes 7/5/21

BILLIE CONTRA EL MUNDO

Mujer, negra, drogadicta y contestataria en plenos años 50. Billie Holiday lo tenía todo en contra salvo su enorme talento para triunfar. El sistema americano no ahorró medios para acallarla por su empeño en denunciar el maltrato de la población racial en una época en la que una canción aún podía mover el mundo
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Lo cuenta ‘Los EEUU contra Billie Holiday’ con el aval de una nominación al Oscar a la mejor actriz para Andra Day por su interpretación de aquella rebelde diva del jazz a la que la historia le ha dado el lugar que el FBI quiso hurtarle.

«¿Por qué le persigue el Gobierno?», le pregunta un periodista al principio del metraje de la película dirigida por Lee Daniels, realizador especializado en mostrar el agravio comparativo del sistema estadounidense para con sus ciudadanos afroamericanos (‘Precious’, ‘El mayordomo’). «Es por mi canción. Les recuerda que nos están matando», responde ella.

La canción de marras es ‘Strange Fruit’, compuesta y escrita en 1939 por el comunista —así lo descalifican en el filme— Abel Meeropol. Metáfora cruenta, de entrada parece una balada sensual sobre frutos que maduran al sol, cuando en realidad describe el cuerpo colgado de un hombre negro a modo de denuncia de los linchamientos que padecían en los estados del sur.

«Los árboles del sur dan una fruta extraña / Sangre en las hojas y sangre en la raíz / Cuerpos negros balanceándose en la brisa del sur / Extraña fruta colgando de los álamos / Escena pastoral del sur galante / Los ojos saltones y la boca torcida / Aroma de magnolias dulce y fresco. / Entonces el repentino olor a carne quemada».

Su carácter ambivalente, aparentemente suave, pero árida en su fuero interno, ejercía el mismo efecto que la propia Holiday. De voz aterciopelada, brillante sobre el escenario, encarnaba lo mejor del sueño americano, pero también sus grietas, no tanto por su adicción al opio, que la convirtió una y otra vez en motivo de chanza y bochorno mediático, sino por aquello que la había generado.

Según recuerda la película de Daniels, la cantante fue violada con sólo 10 años y creció en un burdel como hija de una de las prostitutas que, sin dejarle otra opción, la ofreció a los clientes blancos cuando aún era una niña como moneda de cambio.

Creció sin quererse, relacionándose con hombres que se aprovechaban de ella y, por si los continuos autosabotajes a los que se sometió en vida no fueron suficientes, el FBI del macartismo no se lo puso fácil con una campaña para desacreditarla por exhibir los pespuntes atroces que su sociedad bienpensante había trazado por encima de la mitad de su población.

El relato resulta especialmente punzante por no haber perdido un ápice de actualidad casi 70 años después de los hechos que se narran. El mercadeo chismoso sin trasfondo de las celebridades se mantiene y sigue sacando oro de su ruina. De la situación de la población negra, hablan por sí solos episodios como el movimiento #BlackLivesMatter.

Holiday, a la que reprochaban que no fuese como Ella Fitzgerald, una bella voz agradecida por la posición que había logrado ocupar en un ‘stablishment’ predominantemente blanco y masculino, nunca dejó de cantar su canción, ni después de dar con sus huesos en la cárcel ni cuando le retiraron la licencia para cantar en la mayoría de los estados del país.

‘Lady Day’, como la apodaron y se llamó la gira que emprendió precisamente por los lugares más conflictivos de EEUU, murió a los 44 años a causa de una cirrosis hepática. Ni siquiera en su lecho de muerte el FBI cejó en su empeño de transformar la versión de los hechos.

La película de Daniels recupera esa lucha pionera y unas palabras finales que, con mayor o menor rigor historicista, incluso aunque solo funcionen como licencia poética, no dejan de resonar como advertencia: «¿Creen que dejaré de cantar esa canción? Sus nietos cantarán ‘Strange fruit’».

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