viernes 16/4/21

Borregos que ladran

marina segura ramos

Las anécdotas del día a día de un instituto sirven al profesor Juan Izuzkiza para reflejar la realidad que observa en primera persona y que choca contra los tópicos ligados a la educación, empezando por la idea de que las escuelas pueden salvar al mundo y, por ende, al alumno.

Borregos que ladran (Ed. De Conatus) pretende «reimaginar la educación desde la experiencia de un profesor que nunca supo progresar adecuadamente» y mostrar que en la base de la construcción de esa realidad están unos planes de estudio redactados por pedagogos que no conocen la escuela y que suponen la anulación de la personalidad del profesor, de la relación humana con el alumno, de la confianza entre ellos y, al final, del sentido de aprender. Este profesor de Filosofía de un instituto público de Eibar (País Vasco), cuyo día a día es «extrapolable» a cualquier centro del país, defiende que la escuela es una institución más en la sociedad, «en la que trabajamos y hacemos lo que podemos», y en donde «es insalvable un alumno que no quiere ser salvado». La institución educativa «se niega a reconocer esto y hacemos lo que llama la atención a la diversidad: intentar salvar al que no quiere bailar el baile, descuidando a los que sí quieren. Habría que hacer una especie de cirugía y hacer ver que estudiar es un privilegio. Tenemos que lograr que los jóvenes sientan gusto por estar en la escuela».

«La escuela no está para cambiar el mundo; no tiene la capacidad de mejorarlo ni de empeorarlo, menos mal. Tenerlo claro y limitar su función contribuye a que funcione mucho mejor», razona Izuzkiza, quien ha trabajado en nueve centros y en todos ellos ha visto «más cosas buenas que malas». En su opinión, los alumnos se pueden dividir en dos grupos: una minoría que va bien y que tiene claro que en la escuela se aprende mucho y una amplia masa desencantada que no espera gran cosa de la escuela, más allá del título. El desenganche de estos niños es progresivo, pero «me atrevo a decir que con solo 10 años de edad algunos ya empiezan a desmembrarse de la comunidad de estudio».

Borregos que ladran
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