martes 24/5/22

A la brigada, junto a John H. Elliot

l El egiptólogo Raúl López realiza una semblanza del fallecido decano de los hispanistas, John H. Elliot
                      javier lizón
javier lizón

raúl lópez

Mientras el té verde aún exhala vapor, Oonah nos sirve el líquido candente en nuestras tazas. Tras la apariencia de una adorable anciana, Oonah, cuyo nombre tiene origen gaélico, se esconde una vida apasionante. Nos cuenta, mientras el té se atempera, que su padre pertenecía al cuerpo diplomático y, por ello, vivió con su familia en países tan exóticos como Persia y en ciudades como Rio de Janeiro, Washington o La Haya. No conoces realmente a un hombre hasta que no tienes ante ti a la mujer que ama, el ser que le acompaña -o la ausencia de este-. Escuchamos las vivencias de Oonah con deleite mientras degustamos las delicias de cacao que contiene un plato de loza con decoración floral que acompaña al té. «El chocolate es mi único vicio», afirma John, mientras sonríe abiertamente y degusta con indisimulada fruición una galleta bañada en el fruto de ese árbol consumido por los mayas y traído a Europa en los siglos a los que ha dedicado su vida como historiador. Cuando John cuenta algo divertido, mira a su interlocutor con la cabeza ligeramente inclinada, mueve alternativamente los hombros izquierdo y derecho, y sonríe con una expresión amplia y sincera.

En sus numerosos viajes, movido por el interés por las culturas e historia americana y sus relaciones con el Viejo Continente, ha visitado todos los países de América, salvo Guatemala. Como nos explica mientras inclina la cabeza y mira al suelo, sin ocultar que esto le enoja y entristece. Quizá por el presentimiento de que ese hueco en el mapa nunca se llenará con su presencia. Su relación con América es, incluso, más personal. Después de unos años en el King´s College londinense, tras sus estudios en Cambridge, pasaron juntos casi dos décadas en la plácida Princeton, donde John trabajó en el Institute for Advanced Study. Solo a principio de los noventa volvería al Reino Unido como Regius Professor de Oxford. Fue entonces cuando comenzaron su búsqueda de una nueva casa y, como nos comentan, les sonrió la fortuna al encontrar este idílico remanso de paz.

Mientras charlamos, tomo la taza en mi mano y percibo que el té está aún demasiado caliente para mí en un día como hoy. Eso me hace recordar la sopa de tomate que hace unas horas hemos comido en el restaurante de Ashmolean Museum. John me preguntó qué nos apetecía comer y yo, a penas versado en la oferta culinaria británica, le he pedido que elija él por nosotros. «¡Hoy tienen sopa de tomate!». Le miro sorprendido. Hemos pasado la mañana entre el Oriel College y la Bodleian Library, y en el tránsito entre estas estelares estaciones hemos sido apaleados sin piedad por un sol de justicia, mientras caminábamos entre hordas multiétnicas de estudiantes henchidos de arrogancia juvenil y padres orgullosos camino de sus actos de graduación o de regreso de los mismos. Elementos a los que John se enfrentado, con paso gallardo, simplemente armado con un bastón extensible. Desde mi concepción mediterránea, aunque continentalizada, para aliviar los efectos del bochorno, ciñéndonos a la misma verdura, sería más adecuado un salmorejo. Pero, ¡quién soy yo para enmendar al maestro! Aunque sea en la elección del menú -pienso mientras el vapor de los platos asciende frente a nosotros y perla, solo a mí, la frente de sudor-.

Los años en los que John trabajó en el Oriel College, comía habitualmente con el preboste y sus colegas en la Champney´s Room. Una elegante estancia de paredes con zócalos blancos sobre un azul pálido, en el que cuelgan retratos al óleo de insignes personajes, enmarcados en refulgentes marcos dorados para resaltar su valía. Una sala más recogida que el histórico Hall de Front Quad, de radiante monumentalidad catedralicia iluminada por grandes ventanales vidriados. Más proclive a la contemplación estética, que a la pausa culinaria cotidiana y a la conversación distendida entre iguales.

No podemos irnos a casa sin darnos un paseo por la pinacoteca española del Ashmolean. John ama profundamente la pintura y, en especial, los maestros españoles del siglo XVII. Adora las pinceladas de Murillo, Zurbarán, Valdés Leal y, sobro todo, de Velázquez. «Nadie pintó los perros como Velázquez». Oonah nos espera en Iffley, hemos de ir a por el coche. Los años de John en el Oriel le han concedido la prerrogativa de aparcar frente a la puerta del College, encima de la acera, frente a un vado de la institución. El Nissan Micra plateado de finales de los noventa nos espera, como el Tom Ripley de Highsmith, A pleno sol.

Oxford se encuentra apenas a unos minutos de la casa de John y Oonah. Ambos los transitan a menudo para asistir a conciertos y representaciones teatrales en la ciudad universitaria, o para recoger el correo que John recibe en el Oriel College. Nos ponemos en marcha a media tarde, cuando todo el mundo sale de la ciudad después de su jornada laboral hacia sus lugares de residencia. «Vivir en la ciudad es muy caro e inaccesible a los jóvenes profesores. No ocurría así antes». Nos comenta John. Una caravana de vehículos se extiende más allá de lo que podemos observar. Así que preparamos para una anábasis en un coche sin aire acondicionado con temperaturas de infierno dantesco, pero con el mejor de los Virgilios. El lento avanzar de los vehículos nos permite disfrutar con serenidad de los diferentes tonos de verde de la campiña inglesa, cuartelada por árboles fronterizos, que abraza al Isis en su serpentear hacia Londres como una sierpe que destiñe su verdor y destila su esencia vivificadora a cada caprichosa forma que toma su corriente entre peces, barcas y bañistas.

Los cambios en el régimen de lluvia y el incremento de las temperaturas que ha sufrido el Reino Unido han puesto en peligro el tradicional verdor inglés. Oonah nos cuenta que este año ha sido el primero, desde que viven aquí, en el que el apagado tono del césped hizo que se plantearan regarlo. Aunque finalmente, no fue necesario. El frescor que hoy emana del suelo parece no recordar esa sequía de semanas atrás.

—When is the conference? pregunta Oonah.

—Thursday, responde John-. But I only have to talk for ten minutes in front of a map of the exhibition. It is very little time for such an interesting topic.

En el edificio moderno de la Bodleian Library se exhibe actualmente una exposición de cartografía antigua con decenas de mapas, planisferios y atlas. Entre ellos, destacados ejemplares sobre la América española. Con ese motivo, han invitado a John a ofrecer una charla sobre el encuentro entre Hernán Cortés y Moctezuma. Hemos estado por la mañana viendo la exposición y concretando los aspectos de su participación. No está del todo conforme, no es un hombre de superficialidades, de tratar los temas sin profundidad durante unos breves minutos y quedar satisfecho, pero su cortesía y disposición le obligan a aceptar.

La intensa luminosidad que inundaba el jardín ha menguado su intensidad, los pájaros intensifican sus cantos mientras un aroma nuevo, a frescor sereno y plantas aromáticas, mecido por una brisa fresca, rodea la conversación. La tarde entra en su epílogo. Es momento del paseo diario. Recogemos las tazas y platos en la bandeja plateada y entramos en casa por el invernadero. Un pequeño océano de luz y calidez construido en cristal y acero, con un gusto exquisito, bajo las indicaciones de John. En una repisa de piedra reposan los amplios ventanales, enmarcados en verde ágata, sobre la que se erige una estructura de metal que sustenta un techo abovedado de cristal. La luz de vísperas ilumina las plantas y flores, los premios de John y las obras de arte de Oonah que sustenta el poyete. La sala está salpicada de variopintos y curiosos objetos de cerámica que Oonah elabora con esmero. Dos sillas de mimbre con cojines y una mesa de metal lo convierten en el refugio ideal para las estaciones frías y oscuras. El anexo vítreo y acerado se fusiona a la perfección con la tradicional construcción con fachada de piedra. La casa es una de esas realidades para las que parece haberse creado un adjetivo. En este caso: acogedora.

«Un magnífico lugar para estar a la brigada», le digo. John no conoce la expresión. Le explico que en mi pueblo se utiliza para referirse a un lugar en el que se está a refugiado de las corrientes de aire, iluminado por el sol y donde uno se encuentra a gusto. Le encanta conocer una expresión nueva en castellano. John disfruta aprendiendo y conversando en lenguas diferentes a su inglés natal, en el que se expresa en una corrección elegante e inusual en la actualidad. Estudio lenguas francés y alemán en Eton y los primeros años universitarios. El griego fue por obligación, el párroco de Surrey le instruyó para optar a una beca en Eton College en su adolescencia. Y, cuando pasó casi dos años en Barcelona trabajando en los Archivos de la Corona de Aragón, puso un anuncio en la prensa para buscar una familia que le alquilara una habitación y así aprender catalán. Habla castellano despacio, cuidando cada palabra, como saboreándola. Su forma de suavizar las erres y las jotas, de alargar las eses hacen, aún si cabe, más agradable escucharle.

Antes de salir a la calle, John me insta a ver un libro que tiene en su estudio. Está amueblado con estanterías de madera del suelo al techo. Con sus baldas completamente llenas de libros, pero dispuestos en un orden pulcro. Una gran mesa se sitúa a la derecha de la puerta para recibir al visitante. Frente a ella, otra mesa, más pequeña, frente a la primera, sustenta en pequeñas pilas los libros que no han encontrado acomodo en los estantes. Dos pequeñas ventanas, una que da al jardín a espaldas del escriba y otra frente a él iluminan la estancia. Todo ello presidido por dos retratos: el del Conde-Duque de Olivares y un carboncillo del padre de John. Dos hombres que marcaron su vida. «El Conde-Duque me mira mientras trabajo», esboza una sonrisa cómplice mientras mira el cuadro con satisfactoria familiaridad. Entonces, nos narró la anécdota sobre el valido que cuenta que en el Retiro, entre muchos animales, tenía una gallina a la que profesaba especial aprecio y a la que llamaba doña Ana. Tal era el cariño que sentía por dicho animal que, cuando pasaba ante ella, se levantaba el sombrero en signo de deferencia.

El padre de John era maestro de escuela, como su madre. Impartía clases en Reading cuando él nació. La ciudad donde se encuentra el presidio en el que Oscar Wilde fue forzosamente hospedado y que dio lugar a su famosa Balada. Pronto, nombraron a su padre director de un nuevo colegio en el condado de Surrey. Allí pasó su infancia de la que guarda muy buenos recuerdos, en una gran casa victoriana con un espacioso jardín y como discípulo de su padre. A pesar de que aquellos años estuvieron marcados por la guerra. Desde su casa oían las bombas alemanas horadar Londres y veían las grandes columnas de humo de los incendios que estos producían. Una vez en Eton, paso muchas noches en los sótanos del colegio protegiéndose de los bombardeos, mientras por la mañana le enseñaban profesores jubilados o declarados impedidos para la guerra.

Abandonamos la casa de piedra y comenzamos el descenso hacia el Isis por estrechas callejuelas y aquietadas sendas. Unas silenciosas, discurriendo entre sillares entreverados de hierbas; transidas de ciclistas juveniles, corredores jadeantes y paseantes joviales, otras. Llegamos al río, percibimos la humedad y el zumbar de los insectos. Las aguas se ajetrean con bañistas, piraguas y casas flotantes. La esclusa está cerrada y cruzamos al lado opuesto del Isis.

—Estoy totalmente de acuerdo con lo que escribes en el prólogo sobre la importancia de la historia. Ahora bien, como un austero anglosajón, tengo que confesar que encuentro un poco extravagante tu manera de hacerla. -Asiento-. Personalmente, prefiero algo más modesto. Supongo que se trata de una cuestión de gusto. -Cuánto que aprender de su serena y sabia modestia. Sabe que yo sí luzco pañuelo en el bolsillo de la chaqueta-.

Entre los árboles comienzan a saludarnos las afiladas torres góticas de Oxford y decidimos regresar. La exclusa está a punto de abrirse y cruzamos a nuestro lado del río antes de que una embarcación pase. El operario saluda a John amigablemente en el jardín a los pies de la casa de piedra, de planta en cruz y coronada por una chimenea en su centro que le sirve de hogar y lugar de trabajo. Ascendemos hacia Iffley por el mismo camino, pero decidimos detenernos en St. Mary the Virgin Church. Entramos en el jardín que envuelve la hermosa y serena quietud iglesia del siglo XII. Junto a ella se encuentra un coqueto edificio del siglo XVI, The Old Parsonage, las antiguas dependencias del párroco y que, conociendo que se ha reacondicionado por una empresa hotelera, decidimos que será nuestro alojamiento el próximo verano.

Nos sentamos en un banco de madera frente al arco de medio punto de entrada de la iglesia. Es extremadamente insólito. Está decorado con una doble fila de cabezas y picos de aves en sus arquivoltas. John nos explica su historia. Una fresca brisa y el alterno canto de un pájaro cercano son los único sonidos que motean el silencio que nos rodea. Entramos en el edificio por la puerta coronada por un vidriado rosetón. Ahora, en el alargado edificio el sosiego es armónico y frío. Es momento de regresar a casa. Rodeamos la construcción en silencio pisando el recortado y mimado césped, salpicado de lápidas de piedra erosionada dispuestas en orden incomprensible. Una de ellas, situada junto a una farola de piedra y forja, llama la atención de John. Se detiene, nosotros continuamos unos pasos más antes de girarnos.

A la brigada, junto a John H. Elliot
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