jueves 19/5/22
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cristina fanjul

Apunto de publicar su próximo libro de Diarios, Avelino Fierro expone sus dibujos en la librería Tula Varona y charla sobre su afán de escribir.

—¿Qué te lleva a escribir diarios?

—En el año noventa y tres llevé un diario. Puede que porque había leído El cuaderno gris, de Josep Pla. Este diario está inédito. Pero llegó mi amigo Manuel Vicente González (Manolo Cerebro) y me obligó a escribir Una habitación en Europa, el primero de mis libros publicados, que comienza con esta frase: «Este es un diario por encargo». Y en todo ese libro hay un tira y afloja, continuas referencias al fastidio de tener que escribir: él me pide que le envíe más folios y yo le digo que me deje tranquilo, que no me agobie. Que no soy un escritor profesional. A Manolo ya le había enviado dos cuentos. En uno recordaba un viaje con amigos a los Ancares —creo que lo titulé Llamadas interurbanas— y en otro narraba un suceso verídico, una noche trapisóndica, en la que mi amigo Jose S. y yo nos corrimos una juerga que pudo acabar mal. Lo titulé como aquel cuadro de un surrealista, Dos horas de bondad y tres pecados capitales. En fin, que a mi amigo Manolo —que por aquel entonces tenía una editorial exquisita, Del Oeste— le dije que le iría enviando lo que se me ocurriera. Y para eso el diario es lo más socorrido: no hace falta inventiva, ni personajes literarios, ni trama. Rellenas algunos folios cada cierto tiempo. Buscas las palabras más adecuadas, vas dibujando los personajes y situaciones que te va proporcionando la ciudad, los días y noches, los viajes, la lectura… No se necesitaba mucho músculo para eso.

—¿Se puede escribir sin leer?

—La lectura es esencial. Borges dijo que el que puede pararse ante la literatura como un lector, puede escribirlo todo. Aunque creo que él se refería a la poesía. Y eso es otro cantar. Yo no creo tener el don del poeta. Ni tampoco el de la fábula, aunque haya escrito ya algunos cuentos. Pero está claro que se escribe porque se lee. También lo digo al inicio de aquel primer libro: «Este es el diario de un lector agradecido». Después de Manolo vino Eloísa Otero que me preguntó si quería colaborar en la revista. Y mi amigo editor Héctor Escobar, con quien he publicado todos los diarios, llevó al papel aquellos primeros textos, que yo iba a escribiendo. Ah, también quiero recordar aquí a Alberto R. Torices y al Club Leteo. En su revista publiqué por aquellas fechas algunas cosas. Así que no sé si mis diarios son insustanciales o narcisistas o caen en una asfixiante cotidianeidad, o autocomplacientes o ensimismados, o un modo enquistado de mirarse el ombligo. Creo que no, a juzgar por lo que han dicho de mis libros los críticos, que me han tratado muy bien. Voy teniendo, por suerte, el favor de la crítica y la fidelidad de unos cuantos lectores.

—¿Con qué personaje de novela te gustaría tener una aventura?

—Con cualquiera de los que titulan cada uno de los libros de El Cuarteto de Alejandría. Y también con Alonso Quijano. O con Gustav von Aschenbach, aunque imagino que sería una relación difícil, o con alguno de los personajes de El bello verano de Pavese, con el estudiante Törless, con Alfanhuí… Emma Bovary tampoco estaría mal.

—Qué discusión tendrías con Josep Pla?

—No discutiría. Lo escucharía en una conversación sobre la Barcelona de sus años universitarios (que es la que él retrata en su libro Barcelona, una discusión entrañable). O sobre la de 1961, que es la que va describiendo en el libro de entrevistas con Joaquín Soler Serrano. Allí —al preguntarle sobre qué le sobra a Barcelona—, dice que él derrumbaría el monumento a Colón, que le parece un anacronismo arcaico y anárquico absurdo y que es contrario a la arquitectura de la parte baja de la ciudad. No estaría mal que el señor Pla opinase sobre la estatuaria que tenemos hoy en León, no sé si dejaría algo en pie. En esas entrevistas es donde dice que escribir a mano con pluma, y haciendo cigarrillos, va muy bien para buscar los adjetivos. Yo hablaría poco, me dedicaría a escuchar. Porque Pla te puede contar que lleva tiempo tratando de escribir un artículo sobre el color de Roma, te dirá que lo ha intentado muchas veces, que no le sale. Que si es del tono del pollo asado, que las piedras tienen un color un poco dorado… o te hablará de otros escritores. O de articulistas. Para él, Julio Camba es el mejor. Y también González-Ruano que, decía Pla, cogía un adjetivo y construía con él una pequeña pagoda.

—¿De qué hablasteis la última vez Julio Llamazares y tú?

—Dimos un paseo un día de Semana Santa. Había venido para hacer, con escolares y maestros, ese recorrido literario con personajes de su libro Distintas formas de mirar el agua. Me contó que había viajado con Eduardo Martínez de Pisón, que le había escuchado una conferencia importante y que le había parecido un sabio. Yo le conté que lo mejor de las procesiones de Semana Santa estaba fuera de ellas, esas imágenes de la recogida cuando ha terminado el exhibicionismo, y que estaba leyendo a Eugenio Noel cuando habla de las ondulaciones del encaje negro de las mantillas de las manolas: «Blondas de luto y gloria», dice.

—¿Qué libro estás leyendo?

—Muchos a la vez, como siempre. En la habitación alta, donde está la biblioteca y donde trabajo, hay montoncitos de libros, en la mesa o en el suelo, que voy masticando poco a poco: poesías de Ana Blandiana, La belleza convulsa, de Umbral, el último ensayo de Steven Pinker, dos de arte de Azúa y Nathalie Heinich, otro que me acaba de llegar desde la Universidad de Sevilla, que es un regalo de la revista Cicus de poesía, de un autor argentino que cuenta la vida literaria española de los años veinte… Hay más. Las revistas de literatura o filosofía también están ahí. Y en el dormitorio, en la mesita de noche, otros pequeños zigurats con una antología de Pla, poemas de Miguel d’Ors, el Tratado de no sé qué, de Pepe Mateos, cuentos de Eloy Tizón, un libro sobre música de Alex Ross, Vida de Samuel Johnson, y varios más. Creo que estoy en esto en perfecto estado de revista. Mi amigo Iñaki J., cuando acudía a los levantamientos de cadáver escudriñaba la biblioteca del muerto. Decía que era lo único que merecía la pena, que allí era donde mejor se reflejaba lo que había sido aquella vida.

—Está a punto de salir el próximo Diario. ¿Qué época narra? ¿Cómo te encontrabas cuando lo escribiste?

—Narra los dos últimos años de catástrofe. Sabes que en los diarios anteriores algunos amigos han puesto el prólogo: García Martín, Trapiello, Llamazares… En este no podré encargárselo a nadie; escribiré yo la presentación y puede que la titule Crónica de un desorden. Puede que el virus, al mantenerte tan en orden con controles y horarios, lo que ha hecho ha sido desordenarlo todo al no dejarte vivir. Así que hay ahí escritos del 2020 y 2021, algo del 19, una sección de textos cortos que nombraré Migas de pan, otros Textos dispersos… un cristo, vamos. Puede que lo titule Cicatrices. Y ya le he dado alguna idea para la portada a Fernando Ampudia, que no me hará ningún caso y será lo mejor.

—¿Qué has aprendido desde Una habitación en Europa? Me refiero tanto a la vida como a la literatura.

—Soy diez o doce años mayor. Poco más puedo decir. Sigo, afortunadamente, con las mismas rutinas, llenas de tramos horarios descabalados. El mundo no me está enseñando nada que no supiera. Los filósofos que nos hablaban en la época de la crisis sanitaria desde las ventanas digitales, han vuelto a la caverna. No escudriñaremos en nosotros mismos. Sigue la ceguera de los Estados. La cultura, el humanismo, la música… seguirán orillados antes esas ideologías belicosas, casposas, identitarias e insolidarias. Cada vez más estaremos inmersos en esos mundos digitales exhibicionistas, gritones y mercantilizados, cuando el medio del espíritu es el silencio. Si quieres ser alguien tienes que exhibirte en las redes. Importa más el tener que el ser. Así seguiremos, como un rebaño, y no vamos a cambiar como nos pedía Rilke en el verso final de Torso arcaico de Apolo.

—Dice Elvira Lindo que el diario es una manera de salvarse de un tiempo hostil. ¿Es así para ti?

—Es más o menos así. De eso estábamos hablando. Puede haber cierto ensimismamiento en la escritura diarística, una válvula de escape. Los teóricos dicen que hay factores que vienen ya de lejos que han llevado al hombre a la desestabilización individual, al nihilismo, la racionalización, la pérdida de trascendencia, un mundo demasiado despojado de humanidad… Ante todo eso el escritor se afirma en esa primera persona narrativa, en lo confesional, en la anotación de lo cotidiano, en ese refugio o egotismo del que hablaba Montaigne. Maurice Blanchot tiene anotaciones que a mí me gustan sobre la escritura de diarios. Decía que el recurso al diario es el de alguien que no quiere romper con la felicidad, con la conveniencia de que los días sean verdaderamente días y que se continúen de verdad, de la humildad de lo cotidiano preservado por su fecha. Que el interés del diario reside en su insignificancia. Cada día anotado es un día preservado, así se vive dos veces. Y tiene esa frase que a mí me gusta tanto: «El diario es el ancla que raspa contra el fondo de lo cotidiano y se engancha en las asperezas de la vanidad». Se escribe un diario para buscar algo de felicidad, eso es. Y te vas aproximando a saber quién eres realmente.

—¿Hasta qué punto muestras tu intimidad en los diarios?

—Hace unos días, en un papelito, para paliar algo el desorden, anoté que tendría que escribir de mis problemas intestinales y de entendederas. Relatar cómo me había ido mi resonancia magnética en el hospital, cómo cruzaba el pasillo desde el lugar en que uno se desnuda hacia esa máquina que te engulle y analiza tus latidos y pensamientos, cómo iba con una bata que me quedaba pequeña, abierta por detrás, dejando al aire mis posaderas, de la mano de una enfermera jovencita, un ángel de la guarda, a la que yo le había pedido ese favor –que me guiase– porque mi miopía no me permitía orientarme en aquel lugar ignoto. No voy a contar, ni lo haré aquí, mis pensamientos durante los cuarenta y cinco minutos que duró la prueba. Cuando aquello acabó, en el coche puse unas cantatas de J. S. Bachen vez de rezar. En fin, Cristina, creo que tienes aquí un adelanto, unas buenas dosis de intimidad. Pessoa, Virginia Woolf, Tolstoi, Kafka…

—Parece que no eres escritor a no ser que te atrevas a escribir diarios. ¿Para qué los escribes tú y cuándo saltarás a otro género?

—Déjame que cite a Umbral: «…el memorialismo es la literatura en estado puro; he llegado a odiar el asunto, eso que Bretón llamó ‘la odiosa premeditación de la novela’. Y ya sabes lo de Pla, eso de que leer novelas después de los 35 años es un síntoma de primitivismo muy acentuado. Escribo diarios porque me salen de corrido, aunque te parezca presuntuoso que lo diga. Porque esta novela del ego va más con mi carácter, con aquello del «fondo sentimental del escritor» de que hablaba Baroja. Y quizá no escriba novela porque me considero más lector que escritor. Y desde luego no escribo poesía porque no me llegan las Musas a visitar como a Hesíodo mientras cuidaba sus rebaños en las laderas del monte Helicon. Le tengo demasiado respeto a la diosa, aunque es el género que más leo. Creo que tengo una muy buena biblioteca de poesía.

—¿Y la poesía

—Sí he intentado acercarme algo a ese tipo de escritura poética con mi último libro Calendario, que les ha gustado mucho a los poetas; me siento muy honrado. Fermín Herrero, Luna Borge y otros me han tratado bien en sus reseñas. El crítico de este periódico, José Enrique Martínez ha llegado a decir que esos textos de Calendario están escritos en un estado de «sobreexcitación poética», lo que los antiguos llamaban inspiración o expresión sublime y éxtasis de los místicos. En todo caso poesía, elevación, iluminación; vamos, que estoy encantado con que vean en mí a uno de los suyos, al nuevo místico de la literatura española. Casi nada.

—Dime cuáles son las dos primeras frases de tu Diario de hoy .

—Las palabras del inicio de cualquiera de mis diarios; no vamos a entrar a diseccionar esta actualidad tan prosaica o farragosa. La literatura tendrá que servir para otras cosas. Andrzej Stasiuk, un autor que me descubrió mi amiga Cecilia Orueta, dice que lo único que vale la pena describir es la luz, sus variedades y su eternidad; que los actos le interesan bastante menos. Podemos poner aquí un párrafo de otro diario escrito un anochecer de un día de abril de hace unos años. «Escribir un diario para apurar este tiempo que calla y huye; para notar que los sueños se posan en mis ojos; para no sentir el miedo del futuro; para que mis pies se mojen en la espuma de los días; para sentirme a veces feliz; para transitar un poco más atento por este mes de abril; para refugiarme, sentirme protegido, ovillarme, buscar un lugar más mío, un cobijo; para hacer que cuando salga de esta habitación en penumbra llena de libros y bañada por la luz fría de la luna, quede temblando una luciérnaga, una lucecita azul como esa que protege el sueño de los niños; para que en ella quede habitando un poco el amor».

«Cada día anotado es un día preservado. Así se vive dos veces»
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