viernes 28/1/22
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josé enrique martínez

Con Digan adiós a la muchacha (2018) consiguió el premio Adonáis la poeta Alba Flores Robla. El título suponía, en poemas henchidos de frescura, la despedida de la adolescencia. Azca, su nuevo poemario, es título que responde a unas siglas que esclarece el poema de título homónimo: aluden a una asociación y a un barrio de Madrid, ciudad donde nació la poeta, por más que, oriundos los padres de León, aquí haya crecido, estudiado y ejerza como profesora. El poema Azca apela a un tú que habla de su vida y de sus éxitos y no de lo que a ella le importa, el amor, el primer amor que él encarna. El asunto cobra entidad lírica por medio de un lenguaje novedoso, que suena como si se dijera por vez primera. Escribe otro poeta joven, David Refoyo, que la poesía transforma lo cotidiano en un acontecimiento. Y es lo que hace Alba Flores, sin necesidad de recurrir al énfasis o a la afectación.

El amor es tema universal y cada época lo vive y expresa de modo diferente. En uno de los primeros poemas de Alba Flores se suceden distintas definiciones del amor, gestos sencillos bajo los cuales anida: «no tener que nadar en soledad nunca más»; «el amor es echar una carrera, / llorar de risa...». Algo sencillo, casi voluntariamente ingenuo; pero, como escribió Claribel Alegría, sencillo no es lo mismo que fácil y «trascender con pocos elementos las experiencias vividas es lo más difícil de conseguir».

Otro poema habla de una memoria episódica, porque recuenta menudas circunstancias que abocaron a vidas separadas de él y de ella. El poemario de Alba Flores recoge, en efecto, los sentimientos de un yo que anhela y evoca un amor adolescente que no tuvo posterior cumplimiento. De ahí que se impregne de un sentido temporal, el que separa a la que fue (la adolescente) de la que es (la que se acerca a los treinta años, la propia poeta). Es esta la que evoca un amor que, aunque pasado, aún duele y hace soñar. Invocarlo en el poema «es la única forma decente que tengo de declarar mi amor / sin que me dé vergüenza». El poema se convierte en depositario de las palabras que uno no osaría decir fuera de tal recinto, en la única presencia del tú ausente, el aquí que alega un poema, el único lugar en el que se acumulan los recuerdos, pues, como se titula una composición, «Esto no es un libro de poemas, es un libro de recuerdos», un inventario de los recuerdos del yo en torno a un tú ausente, por lo que, como formula, finalmente, «este poema en realidad no es para ti / sino para mí».

Carne de poema
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