jueves. 07.07.2022
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sergio andreu

Maganta (Astiberri) es un término que se utiliza mucho en la zona de la que es originaria Lorente (Bigastro, Alicante, 1980) y que define a personas algo perezosas, pero también a aquellas pensativas y sensibles como la protagonista de esta obra, una treintañera que busca su sitio en el mundo, pero que, mientras lo encuentra, se refugia en la casa familiar para cuidar de su abuelo, aunque eso conlleve toparse con sus muchos fantasmas interiores.

Lorente que ganó el premio a la autora revelación en el Salón del Cómic de Barcelona 2011 por Sangre de mi sangre, ha dedicado todo este tiempo a encontrar su propio lenguaje narrativo, que combina cierto costumbrismo social —las relaciones con la familias y amigos, el ambiente opresivo del pueblo— con una visión entre surrealista y onírica, «cómo si todo fuera un sueño», explica la autora en una entrevista con Efe.

«Me gusta investigar, ha sido un laboratorio de cómo narrar y de cómo traer elementos de otras fuentes, y eso ha dilatado todo, el descubrir la historia a medida que la iba haciendo..., y por otro lado, he estado estudiando, haciendo oposiciones, pequeños trabajos paralelos», comenta por teléfono sobre la larga gestación de la obra, desde Gran Canaria, donde trabaja de profesora de ilustración.

Lorente sitúa esta historia, en blanco y negro, en el Levante, en parte para plasmar sus orígenes, y aunque subraya que no ha vivido cada una de las situaciones por las que atraviesa la protagonista, que también dibuja, sí evocan emociones que ella misma pudo sentir en carne propia en ese complicado tránsito de la juventud a la madurez.

«No soy yo, pero mi madre me dice: ‘eres tú, claro que eres tú» se ríe la dibujante, que defiende ese momento vital frágil en el que uno «no tiene energías casi ni para moverse» y que suele ser juzgado por quienes te rodean para que adoptes las decisiones consideradas adecuadas y «lógicas» que se esperan de uno.

«Te deberías poner las pilas. Odio esa expresión», se lamenta Mary Pan, cuando sus allegados le animan a que aparque sueños y encuentre un trabajo de subsistencia, lo que hace que rehuya a sus amigas del instituto y prefiera la compañía de su vecino Andreas, un extraño niño que colecciona imágenes de vírgenes y santos, con el que se mete en la piscina vacía de su casa a ver las estrellas. «Me he dado cuenta que mi personaje era eso, que tiene esa connotación, de cómo es ser reconocido por el resto del pueblo, y cómo ella se mantiene firme, casi como un acto casi político, como una especie de autoafirmación, de reivindicación que dotaba de fuerza a la historia», comenta la historietista.

La vuelta de Mary Pan (¿un guiño al nombre del habitante volador de Nunca Jamás?) a ese pueblo un poco inhóspito le sirve en parte a la protagonista de exorcismo para superar el duelo aplazado de la muerte de su madre, —con la que aún se comunica por teléfono— mientras intenta reconducir el desencanto por los objetivos vitales no satisfechos.

No obstante, Lorente sabe dotar al conjunto de un filtro de optimismo que evita caer en el valle de lágrimas. «Para mí es bastante positivo, he intentado hacer humor, crear un mundo peculiar, donde retrato las relaciones que suelen crearse en lugares cerrados, y donde ella, que es un personaje voluminoso, muy sensual, se siente totalmente descontextualizada, rara, incomprendida, obligada a asimilar lo que le ha pasado, y pasar página», desvela la autora.

Lorente ha tomado referencias variopintas para su segunda novela gráfica —la danza contemporánea, la poesía, el teatro, o personajes estrambóticos como el artista performer Leigh Bowery— y con todos estos elementos sortea géneros y clasificaciones.

«No me gusta etiquetar, he dejado espacio al lector para que se mueva en un ambiente misterioso en el que no todo encaja como se piensa, a la vez que quería jugar con el tiempo, con la gráfica y con la forma de narrar, una realidad que cada uno, cuando lea Maganta, puede interpretar a su manera», resume la dibujante.

Crónica de un desencanto
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