jueves 19/5/22
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sergio andreu

¿Qué pasa si la vida en el entorno rural no es, ni mucho menos, la arcadia que se imagina una pareja urbanita? es una pregunta que el leonés Javi de Castro responde en Villanueva (Astiberri), oscura historia de fanatismo endogámico que mezcla el terror y las tradiciones de la España vaciada.

La pandemia ha extendido cierta visión idílica de la vuelta al campo, a lo que muchos llaman «los orígenes», una idealización que la ficción suele comprar, sobre todo en clave humorística, en series televisivas como El pueblo o las entregas noveladas del hispter del escritor Daniel Gascón (Un hipster en la España vaciada o La muerte del hispter).

La novela gráfica de Javi de Castro (León, 1990) que, en principio tiene un punto de partida similar a esos argumentos de «jóvenes con ganas de romper con su mundo acelerado en la ciudad», es realmente un contrapunto en clave de «horror folk», en el que no se encontrará rastros ni de sátira ni de ironía posmoderna. De Castro ganó en 2016 el premio al autor revelación del Salón de cómic de Barcelona y ha sido candidato a los Eisner (los Oscar del cómic) por el webcómic The Eye. Villanueva, más allá de la típica pareja en crisis con una relación tóxica que huye no se sabe bien de qué, ofrece un paisaje de fondo que entronca con el tono opresivo de relatos del tipo La lotería, de Shirley Jackson y especialmente con la asfixia a pleno sol de Midsommar (2019), el film de Ari Aster.

«El germen de mi libro es anterior a la pandemia, me gusta la mezcla del folclore y el terror, tipo The Wicker Man (Robin Hardy, 1973), conozco las tradiciones de León, el Antruejo y tiene que ver con todo esto», explica a Efe, Javi De Castro, al que la idea de una comunidad secta, «que es una cosa que puede dar muy mal rollo», le rondaba por la cabeza hacía un tiempo. «Di unos talleres para chavales en pueblos muy pequeños de León, con la iniciativa de bibliobuses. Llegar allí, con la sensación de ser el extraño, era algo muy potente, recibir las miradas de los pocos habitantes que había... Como me dejaba mucho tiempo, le daba vueltas al pensamiento de que si todos se ponían de acuerdo, de allí no salía, y nadie se iba a enterar.

Cuando el campo no es tan idílico
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