Diario de León

Cuidado, chicas

A las mujeres nos han educado con la máxima de tener cuidado. Cuidado, no salgas hasta tarde. Cuidado, no enseñes la rodilla. Cuidado, no te quedes embarazada... Cuidado, no le enfades.

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León

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Hasta el infinito podríamos recitar el cuidado que las chicas y las mujeres tenemos que tener con la vida. Cuidado de no pasar por zonas oscuras. Cuidado de andar solas por la calle. Cuidado de no parecer unas frescas. Cuidado de no ser respondonas. Cuidado de no enseñar más de la cuenta. Y hasta cuidado de no enfadar a los hombres, ya sean tu pareja, tu jefe o cualquier desconocido que te pita como un energúmeno porque corres poco con el coche o simplemente porque vas delante y no te puede pasar.

El cuidado que las mujeres tenemos que tener para vivir, respirar, crear, inventar o volar se amplía con otro tipo de cuidados que se inculcan desde la más tierna infancia con lacitos de color de rosa atados al cochecito, muñequitas que arrollar o barbies a las que imitar.

En el camino del cuidado te puedes situar a un lado o a otro de la frontera que divide el bien del mal. Si no tienes cuidado y te asalta un violador cuando cruzas la vía del tren o un descampado entonces tienes que activar la alarma del cuidado plan B. Te tienes que resistir y arrancar la piel al agresor como una auténtica heroína. Si te mueres de miedo, y a tu cabeza se pega la idea de que puedes morir allí, entonces eres una zorra y una guarra. Y si te matan habrá alguien que diga que fuiste una imbécil por resistirte.

Íbamos por la vida con esa doble losa de acero del cuidado a las espaldas —la de cuidar y la de tener cuidado— que nos impedía caminar al ritmo de nuestros pies. Nos parecía lo normal. Poco a poco, generación tras generación, con la ayuda de unas y otras, de leyes y de acceso a los libros y a la educación, nos fuimos quitando el peso, tirando a pedazos esa lámina metálica que iba pegada a nuestro cuerpo como un cinturón de castidad, obediencia y sumisión. Tres en uno.

Y en esto llegó la pornografía disfrazada de libertad y liberación. Ese gran negocio de escala internacional mal educa a los jóvenes en unas expectativas sexuales en las que la violencia hacia las mujeres, el falocentrismo y la cosificación son las máximas.

La agresión sexual de una menor en Aranda de Duero por parte de tres futbolistas de 19 a 24 años que jugaban en el equipo local y por la que han sido condenados a penas de 38 años de cárcel cada uno —máximo 20 de cumplimiento— contiene todos estos ingredientes y alguno más. Se trata de una menor de 16 años, pero la condena se agrava debido a que se les aplica la doctrina de cooperación necesaria. El mensaje de la Audiencia Provincial de Burgos, el mensaje de la ley, es que violar en grupo cuesta más caro. Y eso duele, claro.

El Tribunal Supremo había afeado a la Fiscalía de Pamplona que no recurriera a esta calificación en el caso de la violación grupal de una joven en los sanfermines. Y en Burgos hemos visto el resultado. Los condenados, y la gente que tilda de desproporcionada la sentencia, no se han enterado de nada. Se ve que su idea del sexo (y de la fiesta) es una niña atrapada en una habitación a oscuras y rodeada por tres hombres que dirigen la cabeza de la adolescente hacia su polla por turnos... Y no sigo.

Hace 15 años, dicen, estarían echando un parchís. Es verdad. Afortunadamente, el mundo está cambiando y meter goles o ser una estrella no da derecho de pernada, como en tiempos de señoritos que violaban a las criadas y a las hijas de sus criados. Y no pasaba nada.

Violar ha salido gratis a lo largo de la historia. A lo sumo, ha costado la vida a las mujeres. Unas asesinadas otras se suicidaron, como Lucrecia, en tiempos de Roma, para limpiar el honor.

Ahora que las chicas no se callan, al fin, y se aplica la ley, al fin, no se espera que los hombres tengan ‘cuidado’ y vayan con miedo por la vida, no; se espera que hagan su labor en el cambio. Ya sois muchos los que estáis de nuestro lado. Y se nota. Sumad. Actuad. Que tengamos que dejar de cantar ‘el violador eres tú’ con las hermanas chilenas. Y que los cuidados sean vuestros y nuestros. La vida del planeta va también en ello.

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