viernes 27/5/22
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maría g. de montis

Laura Freixas cuestiona en su ensayo «¿Qué hacemos con Lolita?» la pretendida neutralidad de la cultura y utiliza la famosa novela de Navokov como «pretexto» para «hablar de cómo la cultura dominante está elaborada y creada por hombres». Editado en Huso, el libro de Freixas es el resultado de más de treinta años de estudio, reflexión e investigación en el campo de la cultura, en concreto de la invisibilización femenina a lo largo de la Historia.

—¿De dónde nace el libro?

—Viene de muy atrás, por lo menos de 1991, que es cuando yo llego a Madrid dispuesta a emprender una carrera literaria y me doy cuenta de algo de lo no de lo que no me había dado cuenta antes: que en un congreso de novela todos los participantes son hombres. Y veo que pasa lo mismo con ciclos de conferencias, festivales literarios, etcétera. A partir de ahí, empiezo a reflexionar sobre esto, a informarme, y de ahí van naciendo todas las reflexiones que al final componen el libro. Si me preguntas por el artículo de Lolita, te diré que a mí me gusta mucho la polémica. Tomé Lolita como un pretexto para hablar de lo que me preocupa, que es cómo esta cultura dominante está elaborada y creada por hombres. Es una cultura que casi inevitablemente refuerza la desigualdad y legitima el patriarcado, concretamente la violación. Sabía que éste sería un ejemplo polémico porque todo el mundo lo conoce. Y lo que quería era preguntarme cómo puede ser que un libro que cuenta cómo un hombre de 40 años rapta, viola y agrede físicamente durante mucho tiempo a una niña de 13 años, fuera descrito una y otra vez como una historia de amor.

—Con esa columna sobre «Lolita» tuvo una respuesta muy emocional, ¿por qué cree que ocurrió?

—Hay una parte muy visceral, efectivamente, porque la cultura es el último reducto de la ideología patriarcal, es intocable. Hay toda una ideología de la calidad y la libertad artística y del arte y una serie de personajes que son como héroes patriarcales. El problema es que pensamos unas cosas y las ponemos en las leyes, en la Constitución, supuestamente las enseñamos en la escuela, pero luego, a través del arte, de la literatura infantil, de los vídeos o de las películas de Disney decimos todo lo contrario. Y esa es una contradicción que creo que tiene que salir a la luz. Yo creo que la cultura provoca estas respuestas tan viscerales porque apela a las emociones, a unas emociones que muchas veces nos hacen sentir mal, en el sentido de que no las podemos justificar racionalmente y que, es más, sabemos que contradicen nuestros valores, pero no queremos renunciar a ellas.

—El libro tiene una voz muy socarrona. ¿Es parte de su registro cotidiano o una herramienta específica para este ensayo?

—A lo largo de este tiempo he pasado por varias fases. Empecé con la fase de sorpresa y decepción, porque creí que la cultura era algo completamente igualitario, meritocrático, y me llevé una gran decepción cuando comprobé que no. Luego pasé por una etapa de furia, de impotencia, porque ves aquello y nadie te hace caso, a nadie le parece importante. Pero después me asocié para crear «Clásicas y modernas», empecé a leer mucho y descubrí toda una bibliografía en inglés y en francés que no estaba traducida y me pareció interesantísima. Y ahora me lo paso muy bien, porque es un desafío intelectual.

«La cultura está creada por hombres»
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