«En el desierto de Sonora, la puesta de sol está untada de sangre»

fernando otero perandones

cristina fanjul

Ni luz ni llanto es la historia de las desapariciones y asesinatos en Ciudad Juárez de cientos de mujeres y niñas, trabajadoras den las maquiladoras que suplen a empresas de Estados Unidos. Su autora, María Cureses, ha levantado un relato prodigioso en el que una prosa silenciosa y el preciosista revelan el terror y el crimen que viven los habitantes de estas ciudades en la frontera con Estados Unidos.

—El desierto es uno de los protagonistas de la novela. ¿Cómo has conseguido reflejar de manera tan bella y polisémica el paisaje?

—Me gusta mucho esta pregunta, porque significa que has comprendido lo que yo quisiera que todo lector entendiese: que el desierto es un protagonista más de esta novela. El desierto siempre me ha parecido un lugar muy inspirador: vacío, misterioso y espiritual. No es casualidad que las tres religiones principales del mundo, las monoteístas, hayan nacido en el desierto. En la novela, ese «desierto que se traga a las mujeres, ese desierto cabrón que no tiene llenadera», aparece como cómplice de los crímenes, los propicia y los encubre. Como a un protagonista más, hay que describirlo y esa descripción no puede ser aséptica, neutral, porque está «contaminada» por los sentimientos del narrador. Por eso, su mirada encuentra en el desierto ocres sangrientos, heridas en el suelo lamidas por el sol, colores en agonía, corroídos por el óxido, como llagas secas, y a la noche, el reposo de la oscuridad, que precipita lutos. Le parece que la puesta de sol está untada de sangre y, otras veces, el desierto, sin límites ni orillas, es una trampa inmensa de donde no se puede salir. Yo no he vivido en el desierto de Sonora, pero he conocido otros, como el de Mohave, y he vivido muy cerca de uno, el del Sáhara, que también guarda muchos secretos…

— El tema de las mujeres en Ciudad Juárez se ha vuelto a opacar. Ahora parece como si no existiera. ¿Cómo te documentaste para contarlo de una manera tan certera?

—Los asesinatos de Juárez continúan. Hace solo unas semanas se ha producido el asesinato en la calle, a plena luz, de una mujer que llevaba varios años buscando a su hija desaparecida. Quizá se estaba acercando demasiado a la verdad. Después del horror que sacudió a todo el mundo a principios de los 90, las intervenciones políticas y las luchas de activistas civiles, es cierto que se habla mucho menos de ellos. Pero esa lucha continúa, existen muchas asociaciones que siguen pidiendo que se busque a los verdaderos culpables. Quizá por eso, por el tiempo transcurrido, es momento de hacer una reflexión más pausada, un análisis más ajustado de las verdaderas causas y de los auténticos autores, que no son simplemente los ejecutores, sino algo mucho más escondido y más siniestro. Es también ahora cuando es posible documentarse mejor, con más rigor, pues hay ya muchos estudios publicados de antropólogos, criminalistas, juristas y especialistas de todas clases, incluso periodistas que han arriesgado, y a veces perdido, sus vidas investigando este asunto. Esto, en cuanto a la parte académica de la documentación. En cuanto a los hechos, mi fuente han sido los periódicos mejicanos, y llegó un momento en que leía tantos cada día, que empezaron a saltarme automáticamente en el ordenador los avisos de todos los crímenes relacionados con los asesinatos de Juárez. Todas las mañanas me aparecían en pantalla los titulares de periódicos de cada hallazgo de asesinadas, tiroteos, «narcomantas», «encobijados», aparecidos en cualquier ciudad del norte de México. Esa ha sido mi fuente principal: la prensa local.

—Empleas el lenguaje de una manera muy sutil para conseguir que nuestras emociones se acerquen al miedo, la incertidumbre.... ¿Cómo lo consigues?

—El lenguaje es una pasión, más que una afición. Decir que las palabras son un arma es ya un lugar común. Creo que las palabras, como le hice decir hace tiempo al protagonista de un relato mío, son una droga que hay que mezclar cuidadosamente, sabiendo lo que conviene en cada momento, para obtener un resultado, que es simplemente la emoción del lector. En esta novela, además, me apetecía experimentar con el lenguaje de México. Tengo amigos y primos mejicanos y les escucho anotando mentalmente cada palabra y preguntando mil veces por el uso de cada una. El español de América me deslumbra, siempre me ha fascinado, me parece un prodigio que una lengua se haya trasplantado a la otra punta del mundo, y allí, bajo otros climas y otros aires, además de conservarse, haya evolucionado de una forma tan conforme, tan propia de eso que los filólogos llaman «el genio del idioma», que aunque usen palabras distintas, basta una fracción de segundo para entenderlas aunque nunca antes las hayamos oído.

—¿Has vivido en México?

—No he vivido en México, pero me he atrevido a hablar de este país y no me acompleja demasiado el no haber estado allí. Un gran escritor, Roberto Bolaño, dedicó una parte de su obra 2666 a los asesinatos de Ciudad Juárez, y ni era mejicano ni estuvo nunca en Juárez. Alberto Durero nunca vio un rinoceronte en la realidad, y su dibujo del Rhinoceron, que hizo a partir de las descripciones relatadas por viajeros, es un prodigio de exactitud zoológica. De todas formas, y aunque se trate de una obra de ficción, he tratado de documentarme con el mayor rigor posible. Es un tema tan doloroso para muchísimas personas que, en lo que se refiere a los hechos, he preferido no inventar nada. También he procurado acercarme con el mayor respeto a una realidad que es muy penosa para una nación entera. No quisiera hacer una crítica trivial, ligera, a un país o a un sistema judicial, he huido del sensacionalismo y he tratado de ceñirme a las verdades comprobadas, sin generalizaciones que son siempre falsas.

— Los feminicidios son moneda común en todos los países, pero en las maquiladoras de la frontera se han convertido en ley. ¿Crees que a las mujeres desaparecidas las matan o pasan a formar parte de trata de esclavas?

—Desgraciadamente, está comprobado que en la inmensa mayoría de los casos las desaparecidas han sido asesinadas. Debo decir algo que puede parecer extravagante, pero sería faltar a la verdad el omitirlo: no creo que se trate de feminicidios en sentido estricto. No me gusta el término feminicidio, me parece horroroso como palabra, y creo que, en el caso de Juárez, pensar que las víctimas son mujeres por el solo hecho de serlo es simplista, reductor. Peor aún: ha sido utilizado como pantalla para desviar la atención, para evitar que se investigue la verdadera causa y los verdaderos autores. Por supuesto que existen muchos asesinatos de género en muchos países, pero los de Juárez pertenecen a una categoría particular. No son asesinatos monocausales. Son crímenes políticos, crímenes de poder, a los que la condición femenina de las víctimas, se superpone, se añade, al verdadero motivo.

—¿Qué relación hay entre el narco y la matanza de mujeres?

—Una relación extremadamente compleja en el fondo, y ese es justamente el asunto de la novela. Son asesinatos de «segundo Estado», de Estado paralelo. Son crímenes de lesa humanidad. La posición oficial fue, durante algún tiempo, contar que eran crímenes machistas, o la obra de un psicópata sexual, o la consecuencia lógica del peligro de salir de noche o vestir de cierta forma. No es una cuestión de género, aunque la mayoría sean mujeres del tipo que hemos descrito, simplemente porque son fáciles de atrapar. Son físicamente frágiles, vuelven solas a casa, atraviesan lugares peligrosos, a muchas no las buscará nadie. En toda la región afectada por el problema se ha asesinado a adolescentes, niños, hombres, periodistas, investigadores, siempre en relación con lo mismo. Las víctimas no son antagonistas de los asesinos, simplemente están en el fuego cruzado de una guerra de cárteles, o de cárteles (y no solo de narcóticos : lavado de dinero, tráfico de órganos, snuff movies, contrabando de todo tipo) contra el Gobierno y se las utiliza para dar una prueba de fuerza y de crueldad. Violar y matar en grupo, y de la forma más horrenda posible, compromete la fidelidad de todos los partícipes. Son el lacre de un silencio riguroso, sellan pactos que garantizan la lealtad necesaria en los negocios ilícitos y altamente peligrosos que tienen lugar en esa región. Esta es la tesis de muchos investigadores y a mí me parece la más probable. Las muertas de Juárez son un mensaje, un recado, una exhibición de dominio y de horror. Son la prueba de que la ciudad tiene dueños, y matan para ostentar su poder, sus medios, sus influencias, sus apoyos sólidos, que les garantizan la impunidad. Esta es mi conclusión. Me gustaría que el lector sacase la suya.

—¿Consideras que el machismo está remontando todo el terreno perdido?

—No. El machismo está en retroceso, gracias a Dios. Puede parecer lo contrario, porque nuestra sensibilidad se ha afinado mucho en los últimos años, lo detectamos antes, lo reprobamos más. Quedan, por supuesto, enormes lagunas de machismo arraigado, pero se hace mucho por combatirlo y las mentalidades cambian, lentamente pero sin retroceso. En esta cuestión es más fácil cambiar las leyes que cambiar una conciencia colectiva milenaria, una cultura no se modifica radicalmente en cincuenta o setenta años, pero cada logro es irreversible. Ahí tenemos el problema racial, por ejemplo. El racismo resiste, pero está minado. No tiene apoyos firmes, es cada vez más insostenible, intelectual y vitalmente. Desaparecerá y será solo un mal recuerdo.

—¿Por qué todas las desaparecidas de la novela son iguales? ¿Al final todas somos la misma mujer? ¿Los hombres nos deshumanizan?

—Las víctimas de Juárez se parecen mucho entre sí. Esto ha llamado mucho la atención de los investigadores. Oí decir a una activista de Juárez que su hijo pequeño, viendo los noticiarios, le preguntó: «¿Por qué matan todos los días a la misma chica?» Es lógico. La mayoría de las desaparecidas y asesinadas pertenecen al mismo segmento social, económico, étnico, laboral y de edad. Esto, unido a la forma homogénea de vestirse y arreglarse de todas las jovencitas, hace que tengan un perfil muy similar. Y sí, en efecto, hay una deshumanización en cuanto a que los depredadores buscan un tipo de presa fácil e impersonal: frágil, morena, joven, pobre. Y saben bien por qué: más allá de su apariencia física, se busca a alguien cuya familia carece de medios para buscarlas, para acceder a instancias «que le muevan a eso» como ellos dicen, para dar publicidad al caso, más allá de la noticia de un día, carecen de medios para acusar, para investigar, para buscar. El tipo de presa que garantiza la impunidad.

—¿Cómo comenzaste a pensar en la posibilidad de hacer de las desapariciones en las maquiladoras mexicanas una novela?

—La gente que ha leído Ciertas Cenizas, mi libro de relatos, sabe que muchos de ellos contienen una reflexión sobre el poder como forma de violencia, más o menos blanca, que ejercemos sobre las personas. Me pareció que ese espacio temporal y geográfico (Juárez, las maquiladoras, los crímenes) eran un buen escenario para hablar una vez más sobre el Poder, con mayúscula esta vez, y la forma en que nos enfrentamos, o nos sometemos, a él. Eran también un escenario muy atractivo para situar la historia de mi protagonista, y para contar las historias de los amigos que le acompañan. No es solo la historia de una venganza, es la historia de una misión, la de un hombre que, sin medios de ninguna clase, se enfrenta a todo para llevar a cabo el propósito que él considera superior incluso a su propia vida.

—¿En quién te inspiraste para escribir esta novela?

—La inspiración es clara, y se anuncia al principio de la novela con una cita de Antígona. Ella desafía a las leyes civiles, a la tiranía de Creonte, al miedo de su hermana y al suyo propio, para llevar a cabo una misión de amor fraterno y de respeto a las leyes divinas, o morales, diríamos hoy. Una mujer cuyo valor la coloca por encima del tirano y por encima de sus iguales, y que camina hacia su muerte «sin ser llorada, sin amigos, sin haberse desposado, miserablemente sola», como dice la tragedia griega, como han caminado todas esas mujeres en el desierto.