Diario de León

ESCUELAS SECRETAS PARA NIÑAS

El Emirato cerró las aulas de Secundaria a las menores lo que ha hecho florecer las clases en casas particulares de Kabul

Esta es una imagen del año 2011. Tres niñas recogen libros entre los escombros de un colegio público de niñas en Bara (Pakistán) cerca de la frontera con Afganistán. Los talibanes fueron los atacantes que bombardearon este colegio así como muchos otros.

Esta es una imagen del año 2011. Tres niñas recogen libros entre los escombros de un colegio público de niñas en Bara (Pakistán) cerca de la frontera con Afganistán. Los talibanes fueron los atacantes que bombardearon este colegio así como muchos otros.

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Es un primer piso de un barrio céntrico de Kabul. La habitación de Negin Gafari se ha convertido en un aula a la que cada día acude un grupo de diez estudiantes de entre 16 y 18 años. Son casi todas del vecindario, conocidas de la familia que se juntan en la habitación de Gafari para hacer durante dos horas lo que los talibanes no les permiten hacer desde hace un año: ir a clase. A falta del permiso de los islamistas, en las ciudades de Afganistán florecen las aulas secretas como esta que desafían a los nuevos gobernantes y tratan de seguir, dentro de sus posibilidades, el curso que le tocaría a cada estudiante en una situación normal. «Es una actividad clandestina que no sería necesaria si les dejaran ir al colegio. No quiero pensar lo que nos pueden hacer los talibanes si ven esta clase. ¿Qué tiene de malo educar a una mujer? ¿Cuál es el pecado?», pregunta Gafari, a quien le cambia el rostro cuando se pone ante sus alumnas. Seria y cercana al mismo tiempo, emplea un tono dulce para poner orden. Tarda un segundo en imponerse a unas estudiantes sentadas sobre la alfombra de su habitación, cubiertas con velo y mascarillas y que se abanican con los cuadernos para soportar el calor. Lleva ocho meses con esta actividad que le puede costar muy cara.

El primer aniversario de los talibanes en el poder, que se cumplió el 15 de agosto, marca también el primer año de las estudiantes de Secundaria sin poder ir al colegio. Las niñas de Primaria acuden a las aulas cada día, como lo hacen las jóvenes en edad universitaria, aunque ahora el campus recibe a hombres y mujeres en días alternos. A Gafari, de 24 años, le queda un semestre para licenciarse en Económicas. Soñaba con pedir una beca para hacer un máster en el extranjero y convertirse luego en profesora de la Universidad de Kabul, «pero los talibanes han sepultado nuestros sueños y esperanzas. Me conformo con poder dar clase a estas chicas porque la educación es un derecho del que no se puede privar a la mujer», opina bajo la mirada de su hermano.

El ritmo de vida en este piso ha cambiado, pero todos los miembros de la familia apoyan la labor docente de Gafari y asumen el riesgo que corren por albergar un aula secreta. Cada día cambian de materia. Gafari tiene todos los libros de texto que se empleaban con el anterior Gobierno y trata de avanzar lo máximo posible. Al dejar a las estudiantes sin Secundaria se les cierra también el acceso a la Universidad. Es una cadena. Las alumnas tienen que superar exámenes y se llevan deberes a casa cada día. Al final de curso no tendrán un título, pero «es mejor que estar en casa cruzadas de brazos. Veo avances en muchas de ellas, se esfuerzan por no fallar cada día y superar los exámenes, hacen las tareas. Pero lo que más nos pesa a todas es la desesperanza. ¿Qué nos espera mañana si los talibanes no cambian de mentalidad?»

Hasta nuevo aviso

Ante la presión internacional y la necesidad de obtener reconocimiento exterior, en marzo parecía que los talibanes iban a permitir la reapertura de las aulas de Secundaria a las mujeres, pero no lo hicieron. Justificaron el cambio en la falta de personal docente y pidieron más tiempo porque necesitaban crear un ambiente apropiado para que las niñas estudiaran y decidir qué uniformes deberían vestir. El Ministerio de Educación emitió un comunicado para anunciar que la apertura de escuelas se pospondría «hasta nuevo aviso cuando se desarrolle un plan integral, de acuerdo con la Sharia y la cultura afgana». Gafari recuerda ese momento, como recuerda las promesas de los islamistas a su llegada sobre el respeto de los derechos de las mujeres.

Doce meses después han quedado excluidas de la mayor parte de trabajos en organismos públicos. «Mienten, siempre lo hacen. No quieren mujeres educadas porque de una madre educada no puede salir un hijo talibán y eso les aterroriza. Cuando se cumplen las dos horas, las alumnas recogen sus cuadernos y salen poco a poco de la casa. En este vecindario se sienten seguras y en caso de que un talibán les pare por la calle, la respuesta es que van a visitar a un familiar. «No sé qué nos puede pasar si nos pillan, pero habrá merecido la pena», afirma Gafari.

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