jueves 13/5/21

«EL HOSPITAL SE CONVIRTIÓ EN UN GRAN CASTELLET»

Imagen de una enfermera con un enfermo de Covid en la UCI

¿Qué cómo fue? Había un miedo terrible, terrible. Al principio moría gente mayor y pensamos que era una gripe porque las informaciones eran contradictorias. No había ni mascarillas ni guantes y la psicosis comenzó a adueñarse del hospital. Todo se soportó por el reconocimiento que veíamos en la sociedad. Todo era voluntariedad. Pero entonces, aparecieron transtornos emocionales y decidimos poner en marcha un programa para atender a todos los que estaban sobrepasados de trabajo, que afectaba sobre todo a Urgencias, Covid, etc. Sin embargo, aún era tolerable a pesar de que el ritmo de trabajo se había disparado, a pesar de todo, el clima de trabajo aún era bueno. Pero poco a poco comenzamos a darnos cuenta de que dábamos palos de ciego, de que la gente se moría, de que los protocolos de tratamiento cambiaban casi cada día, así que el Sacyl decidió que había que ahorrar combustible porque no sabíamos cuánto iba a durar la crisis. Así fue como pusimos en marcha los turnos, para permitir ventanas de descansos a los profesionales. Los médicos se prestaron voluntarios para asistir en plantas Covid y ayudar a los internistas y neumólogos. Se recuperó la filosofía del compañerismo. Enfermería también estaba muy implicada. En realidad, es siempre la que se lleva todo. Se crearon los grupos Covid para pacientes ingresados y todos tuvimos que reconvertirnos. Hubo anestesistas que se convirtieron en intensivistas y los pacientes que conseguíamos estabilizar eran tratados por médicos que no eran internistas. Pero por entonces, ya había graves crisis de ansiedad y en Psiquiatría barruntamos la posibilidad de poner en marcha un plan de ayuda. Montamos un grupo de psicólogos y psiquiatras que atendían de manera telefónica a quien precisaba ayuda. Y los médicos de Atención Primaria empezaron a caer en problemas de miedo y ansiedad. ¿El paso del Rubicón? Cuando murió Antonio. Vimos que nosotros también éramos vulnerables y eso que ya habíamos visto cuadros muy graves entre médicos y enfermeras. Al principio, andábamos a ciegas y tratamientos cuya evidencia se había demostrado en marzo se contraindicaban un mes después. Al final, nos dimos cuenta de que lo importante era el control de la inflamación, de la sobreinfección y que el paciente ventilara. Pero ya habían caído muchos. También los familiares de los muertos necesitaban ayuda porque su situación era terrible. Fue entonces cuando se puso en marcha el protocolo de humanización que les permitió acceder al Hospital a visitar a los enfermos…

El tiempo fue pasando y con él, aparecieron secuelas que no eran propias del bicho, sino del cansancio y la sobreexposición al miedo, y cuando la curva de la enfermedad comenzó a descender, la de los problemas psiquiátricos empezó a escalar. Por esa razón, al final del confinamiento la Gerencia del Caule decidió que el programa no debía abandonarse y contratamos a dos especialistas que, de manera específica, son los que ahora coordinan el programa. ¿Qué qué hay? Hay de todo. Hay estrés postraumático, depresión… y todos en una u otra medida nos hemos visto sobrepasados por la enfermedad. Todos. Los que habíamos estado porque sabías la situación a la que abocaba el virus, los que no, por el sentimiento de culpa y la cantidad de trabajo que tuvieron que asumir. Esto, en realidad, nos ha servido para conocernos un poco más. Verá, los que estaban al pie del cañón terminaron espantados con lo que vieron, pero siempre digo que el Caule fue como un castellet. Sin el trabajo de los que soportan el edificio, los que estaban arriba no habrían podido mantenerse en pie mucho tiempo...

—¿Y que le parece que hayamos dejado de aplaudirles?

—[Sonrisa y cierre...]

«EL HOSPITAL SE CONVIRTIÓ EN UN GRAN CASTELLET»
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