domingo 29/5/22
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alfonso garcía

Me encanta la novela corta. Y más, como en este caso, cuando es intensa y, desde la realidad de un personaje, abre interrogantes en el lector por su final inesperado sobre «el mito de un hombre que no podía sobrevivir a ninguna forma de reclusión». Santos Babancho se llama. «… se le reconocía, de lejos, por el andar torpe y despacioso. Por estar en el mundo sin estar en él. Por las ropas raídas y amontonadas, prenda sobre prenda, fuese cual fuese la estación del año. Pero, sobre todo, por la rehala de perros tristísimos que lo seguían a todas partes». Vivía en una de las cuevas del castillo en un pueblo al sur de la provincia de Ciudad Real. Cuenta el autor su día a día, los rincones, las costumbres, la forma de vivir o sobrevivir del hombre al que le corroía el mal, escenificado en alguna medida en la banda del Sardinilla, que revolvieron, destruyeron, robaron lo poco que había en la cueva de Babancho.

Excelente el perfil del protagonista, que hacía lo que quería y era, por tanto, libre a su manera, siempre, eso sí, agradecido a los pocos gestos de cariño. Se completa el friso de personajes del pueblo con algunos entrañables de difícil olvido (La Catalana, don David, el médico…). En la atmósfera cerrada se respira un mundo de miserias y soledades, de desamparados a los que tampoco falta el compromiso de algunos ciudadanos. Todo ello da a la obra un aliento de capacidad narrativa y convierten la novela en hermosa y atractiva. Se asienta el Premio y el arraigo del género como muestra de interés lector.

La prosa, pausada, sabrosa y ajustada, como requisito de intensidad requerido en la novela breve. Esta en concreto y además, en los brevísimos capítulos, numerados, alternan las voces del narrador y el protagonista, dos miradas de la historia que nos ofrece el autor. Un acierto

Imperiosa necesidad de libertad
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