viernes 05.06.2020

La distancia social

El Covid-19 ha mutado nuestras vidas, a veces de manera trágica, y ha contagiado el lenguaje con su propagación invisible. Así, llamamos distancia social a la distancia física para cuidarnos del virus.
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En los cuarenta minutos posteriores al hundimiento del Titanic los gritos de la gente ensordecían aquella noche blanca y gélida. Cuando la muerte dejó paso al silencio, el balance de supervivientes fue de 706 personas sobre las 1.517 que perecieron. De primera clase, se salvaron 199 y fallecieron 130; de segunda sobrevivieron 119 y murieron 166 y de tercera, lograron salir con vida 174 mientras 536 cadáveres quedaron en su mayoría como pasto para los peces. Lo cuentan las crónicas periodísticas y forma parte del relato museístico de la tragedia en la ciudad de Halifax, la capital de la provincia canadiense de Nueva Escocia, también conocida como el cementerio del Titanic.

El coronavirus ha mutado nuestras vidas, en algunos casos de manera trágica, por la pérdida de seres queridos —un daño irreparable e incomparable con cualquier otro— o por la ruina económica. Un daño que sí se puede y se debe subsanar para que la distancia social no se convierta en un lastre añadido.

La crisis sanitaria ha mutado tantas cosas que nos están haciendo creer que la distancia social es distancia física. Y no es así. La distancia física que imponen la cuarentena y la desescalada —para no despeñarnos— nos cuida de contagiarnos del virus y nos acerca como seres humanos solidarios y responsables. La distancia ha demostrado el potencial de la tecnología salvar barreras.

El Gobierno yerra con esta confusión de términos y es una pena. Porque, a pesar de los errores, que no son pocos, el Estado y los servicios públicos son el colchón de la grave crisis económica que el parón de actividad, para preservar nuestra salud, no lo olvidemos, ha traído consigo.

Los Erte son el gran escudo contra el paro en Europa. Hay 42 millones de trabajadores y trabajadoras afectados. En Francia (47%), Alemania (27%) y España (24%), con cuatro millones de personas. En Italia hay 12 millones de personas y la mitad no han cobrado nada en dos meses. Esta semana se echaron a la calle jóvenes con carritos de supermercados para denunciar su situación. En España salen envueltos en banderas que no les pertenecen, al menos en exclusiva. No sé por qué será. Ni voy a entretenerme en pensarlo.

Lo importante es salir de esta crisis con salud y menos desigualdades que las que ya arrastramos. La distancia social es la que media entre el 1% de la población que tiene el doble de riqueza que 6.900 millones de personas de este planeta, entre los 22 hombres más ricos del mundo y todas las mujeres africanas o entre Ana Patricia Botín y las empleadas de hogar que cobrarán por primera vez el paro. La distancia social es la que hay entre los trabajadores y trabajadoras en Erte o los autónomos con cese de negocio y los bancos y grandes corporaciones que reparten beneficios en plena crisis sanitaria.

La distancia social es la que hay entre los funcionarios protegidos física y económicamente en casa y la trabajadora de la limpieza operada de corazón privada de una baja justificada. La distancia social es la que habrá entre las mujeres que se han de quedar en casa para cuidar a la prole mientras las escuelas estén cerradas y los hombres volverán a su puesto porque cobran más o tienen un empleo de más calidad.

La distancia social es la que hay entre hosteleros con casoplones y coches de alta gama y sus empleados con jornadas que exceden los contratos, frente a los autónomos y autónomas que levantan cada día la trapa de su establecimiento, cocinan las tapas y sirven en la barra, en muchas ocasiones con un mimo y un humor que alimentan el alma.

La distancia social es la que separa, sí, crea marginación, más pobreza y desigualdades a pesar de que la lucha obrera y la educación fueron los ‘ascensores sociales’ del siglo XX. Hasta que se dieron cuenta de la ‘tragedia’ que suponía acabar con la distancia social y Margaret Thatcher inventó el neoliberalismo.

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