Diario de León
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León

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josé enrique martínez

Diez son los poemarios publicados por la colombiana Piedad Bonnet. De algunos hemos dado cuenta en este suplemento. Y de todos ellos hay buena muestra en esta antología titulada Lo terrible es el borde. La selección corre a cargo de Malola Romero, autora a la vez de un prólogo muy certero en el que nos dice que la poesía de Bonnet es de signo emocional e intelectual, de modo que más que poetizar una emoción o una experiencia, intenta desvelar el proceso de comprensión de las mismas. El comienzo fulgurante de algunos poemas atrae la atención de inmediato: «Oye cómo se aman los tigres / y se llena la selva con sus hondos jadeos / y se rompe la noche con sus fieros relámpagos»; pero aunque nunca falta el prodigio de la imagen brillante, la poesía de Bonnet tiende a la mesura. Parece lógico en una poeta que reflexiona a menudo sobre el verbo, sobre las «Miserias de la palabra», inútil ante la muerte, desorientada ante los viejos recuerdos, pero necesaria «para llamar la luna, / para hablar del deseo, / para llorar a Dios». La palabra sirve también para hablar del cuerpo, del cuerpo femenino sobre todo, un asunto candente en la poética de Bonnet, con sus humores y sus órganos, con «labios al beso expuestos» y senos que son «duendes dormidos», con sus infortunios también pues es «terreno de gangrenas» y, al fin, «polvo y polvo y polvo / que soñó ser eterno». Lección de anatomía se titula un poemario publicado en 2006. Uno de los poemas detalla no las partes nobles del cuerpo, sino las que normalmente omite la poesía: la nuca, las vértebras, el hígado, el cráneo, las uñas, las vísceras «que libran sus pequeñas batallas cotidianas». El cuerpo va unido al dolor, pero también al deseo y el amor, que es cantado con pasión. Y no menos atañe a Las herencias, título de un poemario de 2008, las que recibimos y las que dejamos, entre ellas, el miedo, herencia del padre y palabra muy reiterada con generosas connotaciones. Pero pensar en el cuerpo es pensar en la muerte de la materia. Y no solo la muerte propia, sino la de los otros, también la muerte violenta que en una escritora colombiana es difícil de soslayar. La poesía de Bonnet no busca la complacencia. En ella, la felicidad nunca es completa; siempre acecha el dolor o el odio, la culpa o la incertidumbre. De ahí que los poemas ahonden en la complejidad de lo dual. No hay belleza sin dolor, como «no hay cicatriz, por brutal que parezca, / que no encierre belleza».

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