sábado. 26.11.2022

Cossío se comprometió a comprar los libros importantes que la biblioteca no poseyera y llevó la selección de libros. Se lo escribía a Don Segundo: «Le ruego diga a A. Marco que hace días se dio orden a París para que enviaran a la Biblioteca directamente toda la Sección Francesa de la Nelson, que es lo mejor, por ahora. Espero que lleguen a tiempo. Irá además lo otro que desea.Ya hay un buen lote comprado». En 1928 los señores Oliver enviaron a la Biblioteca Azcárate un cajón con los volúmenes de los Congresos para el Progreso de las Ciencias. También en 1929 los fondos de la Biblioteca Azcárate se incrementaron con los libros del leonés Don Mariano Santos del Trigo, legado que la Fundación agradeció e hizo constar en acta.

Marco Rico, experto bibliotecario, había pedido varios l ibros, a los que se refiere Cossío, que el Patronato compró. Cossío envió a Segundo Álvarez las papeletas necesarias para catalogar los libros, indicando a Marco Rico que separase los libros de la Biblioteca Azcárate y los de la bilioteca de la escuela. Al final se hizo un catálogo conjunto, y la única distinción entre unos y otros fue por el género, eminentemente jurídicos los libros del primero y pedagógicos los de la escuela.

En septiembre de 1921 concluyó Marco Rico la catalogación provisional de los libros. Se la envió a Cossío, que estaba veraneando en San Vitorio, éste la aprobó y dió indicaciones de dónde debían de ser colocados: las revistas sin encuadernar, los folletos y papeles incompletos, en las escalerillas; los libros en los estantes, pero no por orden alfabético, sino por materias —Derecho, Historia, Literatura, Filosofía, etc.— en cada armario. Después envió fichas desde Madrid para hacer el catálogo definitivo, incluyendo el inventario de los libros de la biblioteca de la escuela, más modesta, y la particular del fundador. Al final todas ellas acabaron refundidas en la Biblioteca Azcárate.

Se preocupó Cossío de que la biblioteca tuviera una temperatura agradable en el crudo invierno leonés; envió de Madrid una estufa de serrín que sólo era preciso cargar dos veces en veinticuatro horas para mantener la biblioteca siempre caliente y poder utilizarla también durante el día y no sólo por la noche como era habitual. Si aún así no tuvieran bastante calor, autoriza que pongan otra estufa de la escuela y les aconseja que cuiden del desván por donde pasan los tubos, para prevenir incendios.

El legado de Gumersindo de Azcárate
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