miércoles 14/4/21

La literatura leonesa viaja en tren

l León es una estación obligada para algunos de los autores más destacados
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gonzalo garcival

La línea férrea de vía estrecha más larga de Europa es una estación donde hacen parada autores relevantes —solo por hablar de leoneses,Antonio Gamoneda con su poema El tren de Matallana´, tan querido de José Luis Rodríguez Zapatero— y sobre la marcha Juan Pedro Aparicio con El Transcantábrico, editado por Penthalon en 1982 y reeditado por Jesús Egido en 2007 con preciosas ilustraciones de Pepe Carralero y posteriormente reimpreso por Diario de León en cuadernillos coleccionables. Más modernos en el tiempo son los relatos de Jesús Díez, primero en El Niño del Tren Hullero (Ed. Alfasur, 2002), ilustrado, al igual que su precedente, Anteayer y la nieve (Huerga&Fierro, 1999), por el inolvidable Tino Gatagán; y de ahí en adelante. Luego montan en el mismo Hullero, en mayor o menos medida, gentes como Antonio Pereira, Jesús Fernández Santos, Andrés Trapiello, Luis Carandell, Julio Llamazares o José Luis Martín Descalzo, que ensanchan el registro literario con base en el Transcantábrico, sin dejar atrás precedentes como el palentino Tomás Salvador, que en su novela Cuerda de presos (Luis de Caralt, 1953) ‘asiste’ en La Robla al término de las obras de construcción de la nueva línea (1892). Asimismo, algún extravagante viajero inglés que, bajando de los Picos de Europa, da con sus huesos en la estación de Cistierna.... Díez Fernández halla su correlato en el extinto tren Ponferrada-Villablino —muy querido también del compaisano Luis Mateo Díez— de la mano de Pablo Andrés Escapa, mediante su libro de cuentos, tocado de similar lirismo, Voces de humo.

Sería bueno dejar constancia de un curioso fenómeno que afecta por igual a dos importantes escritores leoneses del siglo XIX. Son ellos Enrique Gil y Carrasco y Modesto Lafuente, editor —primero en León, finalmente en Madrid— de la revista Fray Gerundio. ¿Y en qué coinciden los dos? Pues en el hecho de ser los primeros en dar noticia de la implantación del ferrocarril en Europa años antes de que comenzara a funcionar en España. Son los trenes que circulan ya en Francia y en Bélgica, que pasan como centellas ante los ojos atónitos del romántico villafranquino —el Cisne sin lago del astorgano Ricardo Gullón— en sus Diarios de viaje (1844). O por las páginas regocijantes de Los viajes de fray Gerundio por Francia, Bélgica, Holanda y orillas del Rhin (1842), libro de mucha miga que Lafuente no firma con su identidad personal, sino con el indicativo de la afamada revista que dirigía.

Hay que volver al principio para comprender la trascendencia que para la sociedad leonesa de entonces tuvo la llegada del nuevo medio de transporte (1863) y su impacto sobre el desarrollo cultural, más bien deprimido, de la región entera.

León comienza a abrirse al mundo exterior gracias a los raíles. Eduardo Saavedra Moragas (1829-1912) fue el proyectista de la ferrolínea desde Palencia a León, el mismo que obsequió a la capital del Viejo Reino con el puente de hierro sobre el Bernesga para conectar la Estación del Norte con el núcleo urbano. La relación de Saavedra con el famoso jesuita arqueólogo Fidel Fita, residente en el convento de San Marcos, resultó muy fructífera en cuanto al estudio de nuestra antigüedad. En justicia, la nueva terminal del AVE debería llevar el nombre de Eduardo Saavedra, verdadero localizador geográfico de la Numancia histórica. Antonio de Valbuena —crítico, a pesar de todo, muy respetado por la Pardo Bazán—, es autor de una aguda y caústica crónica (Asperges, 1901) de la fiesta inaugural de una estación que surte la inspiración de casi todos los representantes del Parnaso provincial (Mateo Díez, Merino, Aparicio, Panero, Crémer, Torbado, Pereira...).

También el inglés George Borrow, se da un garbeo por aquí en La Biblia en España; la Legio milenaria la avista desde la ventanilla del tren Ortega y Gasset (diputado por la circunscripción leonea en las Cortes de la II República), quien apunta en sus Notas de viaje: «Cuando el tren sale de León es la alborada. La ciudad, irradiando reflejos, tiene un despertar de joya. El tren avanza entre chopos por la vega. León es la ciudad de los chopos, del árbol fiel a toda la meseta, árbol leonés y castellano». Y otro viajero excepcional más es Azorín, que se acerca columbrando: «La Catedral es fina, frágil y sensitiva» (en Castilla, 1912).

Vías y vidas paralelas

En este paso a nivel de la industria literaria nos cruzamos con dos novelas surgidas ya en el ecuador del siglo XX, libros cuyo aparejo se sustenta en el ferrocarril, en sus andares y andenes por el territorio leonés. La más temprana, El tren (1968), Premio Internacional Calibo de Novela Corta, y reeditada por Ediciones Internacionales Universitarias (1997), ahora con el título En el tren, una obra de César Aller, poeta y antaño asíduo colaborado de Diario de León Aller fue crítico literario en el diario madrileño El Alcázar, a las órdenes de Manuel Cerezales, que era por aquellas fechas el esposo de Carmen Laforet. En 1974 aparece Después de la tormenta, novela larga del ‘eterno finalista’ —así se autodefinía el propio escritor— de los grandes premios de narrativa española, Severiano Fernández Nicolás. Ambos libros, miscelánea de realismo social y de naturalismo ambiental, nos desnudan escenarios y paisanajes de los duros años de la postguerra: lucha por la vida, hambre, estraperlo, con los agobios y penurias características de una existencia de estrechos horizontes.

De un modo u otro merodean además por ese vasto dominio leonés Cela y Juan Benet, divagando este último a su manera —tanto en Volverás a Región, como en el cuento titulado Viator)— sobre el trágico accidente ferroviario de Torre del Bierzo. Y por lo que mira al Premio Nobel, por demás vinculado estrechamente al medio ferroviario, debemos enmendarle un error flagrante en su Mazurca para dos muertos: la catástrofe ferrroviaria (31-I-1944) no tuvo lugar en el llamado Túnel del Lazo, en Albares, sino en la estación de Torre del Bierzo, concretamente en el interior del túnel 20. Nuestro particular convoy se va acercando a la estación llamada Carmen Laforet (¿la Pardo Bazán del siglo XX?) y a su libro La mujer nueva. Las meditaciones llevadas al papel en primera persona por su protagonista, la enamorada Paulina Goya, nos deparan sentencias como: «Siempre algo muy grande me sucede en el tren».

Ya en la primera parte la autora de Nada nos relata la travesía en tren por rutas del Bierzo (Ponferrada repetidamente, Villablino, pueblos de Laciana...). Y su llegada a la capital: «Llegaron a León ya de noche. Se iban a bajar en León. Paulina pensaba continuar el pueblo en una línea de autobuses que salía a la mañana siguiente muy temprano». Las cuitas y desventuras de Paulina Goya no concuerdan demasiados con las que sufre la pobre y malmaridada Lucía, la heroina de Un viaje de novios, de Pardo Bazán, si bien el atrezzo y la atmósfera social en que se desenvuelven las dos novelas coinciden en bastantes aspectos, tics de la burguesía incluidos. Carmen Laforet, al igual que la Pardo Bazán, estaba muy viajada.

Otro capítulo son los inventores e innovadores del ferrocarril, como el agustino de Santiago Millas Teodoro Rodríguez, inventor del Teledikto; o Trinitario González, natural de Ciñera. Sin olvidar la saga ferroviaria de los Durruti. Las primeras logias másonicas —como aquélla a la que se adscribió el capitán Lozano, abuelo de Zapatero— las fundaron empleados de la antigua Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España. El tren, igualmente, nos trajo a finales de la década de 1940 a un tipo muy sugerente y un tanto misterioso, el ingeniero d y matemático Cirilo Benítez Ayala. La UGT leonesa confeccionó en 1994, por iniciativa de su entonces secretario general y culto sindicalista Fermín Carnero (1938-2013), un precioso cuadernillo, El humo de los trenes, que reune prosas y poemas de autores sobresalientes que ponen su inspiración al servicio de los trenes.

La literatura leonesa viaja en tren
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