Diario de León

Andrés Trapiello. Escritor

«A Madrid todo el mundo viene llorado de casa»

Andrés Trapiello abre ‘Madrid’ con la historia de la huida que emprendió junto a su hermano Pedro tras un choque generacional. El escritor nos deja entrar en el útero de su memoria para hacer con nosotros el papel de Virgilio a través de todos los círculos de una ciudad que es mucho más que eso.

raquel p. vieco

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León

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En París era una fiesta, Ernest Hemingway escribió que la ciudad Luz no se acababa nunca. Con Madrid ocurre lo mismo pero en lugar de los escenarios como Les deux Magots, La Coupole o Les Marais, los personajes se gritan en corralas, discuten sobre el asesinato de Prim o mueren en la plaza de la Cebada.

—¿Madrid puede vivir al margen de los madrileños?

—A Madrid lo hemos hecho entre todos, viajeros y estables, los de aquí y los forasteros. Es una ciudad hecha de sumas, más que de restas, al contrario de lo que ocurre en tantas partes, no solo donde gobiernan o imperan los nacionalistas, cuyo proyecto es siempre de restas (hacer extranjeros a parte de sus vecinos, desprecio a los que no son del terruño). No solo eso. También lo vemos en otras ciudades, muy fascinadas consigo mismas, de un gran narcisismo, incapaces de concebir otra cosa que no sean sus bellezas locales, sus monumentos, sus tradiciones, sus guisos, sus jotas, sus celebridades que se pasan el día comparando con las del resto, naturalmente para darse a sí mismo la medalla de oro. Madrid no es así. Madrid va a su aire. Tres cuartas partes de los que vivimos aquí hemos venido de fuera, y a todo el mundo le parece bien de donde eres. Igual eso ha hecho que nadie se haya tomado nunca la molestia de mirar por Madrid como de cosa propia.

— ¿Es Madrid ‘troppo vero’?

—Es ‘troppo vero’, sí, pero también poético, lo cual, con toda esa realidad un poco desconchada tiene más mérito. Y como es una ciudad grande con mucha gente, suceden más cosas extraordinarias e increíbles que en otras partes. Por eso es una ciudad tan literaria, da para cien novelas al año.

—¿Cómo es posible que una ciudad, un lugar, moldee a sus habitantes? ¿Cómo es posible que tenga ese efecto aglutinante que no se da en las provincias?

—En provincias también se produce ese efecto aglutinante, solo que a veces no tiene efectos benéficos. Piense en la Orbajosa de Doña Perfecta, de Galdós, o en la Vetusta de La Regenta. Por eso decía Rafa Latorre que a Madrid vamos a que nos dejen tranquilos. Y de la misma manera que el carácter de Madrid es el de no tener carácter preciso, el efecto aglutinante como lo llama usted es ninguno. Aquí no estamos pegados unos a otros, no hacemos una masa. Cada cual es como es y está al lado de otro que lo mismo, y entre todos formamos algo especial. Quiero decir que Madrid no es una mayonesa, sino un buen cuscús, cada grano por su lado, pero todos juntos. O si lo prefiere, por tirar de símil madrileño, los garbanzos del cocido.

—Me da la impresión de que, al contrario de lo que ocurre en Europa, donde el espíritu nacional se respira en pueblos y ciudades pequeñas, en España es Madrid el estandarte de lo español.

—Eso es así desde 1561, desde que Felipe II trajo por un capricho no del todo explicado la corte a esta ciudad. Desde entonces ha sido la capital del reino, del Estado, de la República, de España… Es el centro político, financiero, cultural, económico de España. No hay que darle más vueltas. Contra eso se han rebelado algunas élites nacionalistas desde el siglo XIX. Ortega y Gasset escribió un libro extraordinario, La rebelión de las provincias, que lo cuenta muy bien.

—¿La historia de España es la historia de Madrid?

—Sí, pero no es toda la historia de España. La historia está en otros muchos sitios, pero lo que ha hecho Madrid ha condicionado siempre al resto. La guerra civil duró tres años, hasta que cayó Madrid.

—¿Hay un Madrid o son innumerables?

—Hay muchos madriles. Casi tantos como mdrileños, o sea, como gentes que viven aquí. Porque cada uno de los que llegamos a Madrid encontramos un nido en la ciudad, en la que reproducimos también un poco de nuestra patria chica. Y al cabo Madrid es la suma de todas las pequeñas provincias de España, conviviendo.

— ¿Qué autores encierran mejor la idea de Madrid?

—El primero de todos, Galdós. Y su Madrid sigue vivo. Si alguien quiere saber qué es Madrid ha de leer Fortunata y Jacinta. Pero ahí no sólo sale el Madrid de la Restauración, sino el carácter de Madrid hoy.

—¿Estamos ante una reacción de España contra sí misma? Lo digo por la madrileñofobia que parece inundar España.

—La madritirria esa es muy vieja, muy antigua, desde el momento en que en provincias se organizan quienes quieren disfrutar de las ventajas de la capitalidad, pero de ninguno de los inconvenientes. El libro de Ortega. ¿Qué desventajas? Madrid es la ciudad de la lucha por la vida. La gente viene a Madrid a ganarse la vida y la competencia es grande. Por eso puede decirse que a Madrid llega todo el mundo llorado de casa. En Madrid la gente se queja poco, llora poco, al contrario de los que quieren arrebatarle esa capitalidad, que se pasan el día quejándose y llorando.

—¿Qué le parece que la guerra se desarrolle ahora en las estatuas y el callejero de Madrid? ¿Dejó Madrid de ser Madrid durante la guerra?

—Lo de las estatuas y el cambio de nombre de las calles tiene también su tradición, viene de antiguo, del XIX. Bueno, no hay que volverse loco con eso. Yo soy partidario siempre de pocas estatuas y nombres tradicionales de calles (Bordadores, Cuchilleros, del Pez), más que de personas. Esa simonía municipal fue cosa de Mesonero, que quiso hacer de Madrid una cartilla pedagógica, y empezó a dar calles y monumentos a políticos, escritores, obispos… Y claro, desde él, cada uno quiere hacer su propia pedagogía y poner a los suyos.

— ¿Cómo le cambió Madrid? ¿Qué queda del joven que dejó León para atender la recomendación de Baroja?

—Nos cambia más bien la vida. En Madrid y en cualquier villorio. Y unas veces para bien y otras para mal. Madrid no garantiza nada.

—¿En Madrid se difumina el ‘yo’?

—Hombre sí, descollar en Madrid debe de ser más difícil. Si quieres descollar. Ahora, si lo que quieres es llevar una vida anónima y tranquila, Madrid te ayuda. Para los que nos gusta la tranquilidad, Madrid mejor que un pueblo. Ya lo dice el refrán, de corte o de cortijo.

—¿Dónde encontramos a Pérez Galdós, a Unamuno o a Machado en Madrid?

—En muchos sitios aún. Tenemos esa suerte. A Cervantes, en cambio, es más difícil, porque de todo el Madrid de los Austrias quedan apenas un puñado de casas tan restauradas y sitiadas que parecen cualquier cosa menos de aquel tiempo. En cambio a Galdós te lo encuentras en muchos sitios. A Baroja menos, porque sus arrabales están ya destruidos. Y a Unamuno supongo que en el Ateneo, pero yo allí no he ido mucho.

—¿Cuánta distancia hay entre León y Madrid? ¿Cambia cuando regresa? ¿Cómo describiría la ciudad con la distancia de los años? ¿Es un lugar mejor? ¿Igual?

—Casi todos somos sentimentalmente hablando bilingües. De hecho nacemos siendo bilingües, papá y mamá. Y sin salir de nosotros mismos también, la infancia y la edad adulta. Dos lenguajes que hemos de cultivar. Hay quien olvida la lengua infancia muy pronto, y pierde la mitad de sí. Yo llevo León por dentro, como mi infancia. Los que hayan tenido la curiosidad de leer mis libros lo saben. Cientos de páginas de León. Un León y una infancia que sólo en la distancia parecen fijarse con mayor nitidez.

—¿En qué lugar de Madrid se siente más en Madrid?

—En mi casa, y cuando salgo en muchos sitios. Mi arco es muy abierto, desde el Museo del Prado al Rastro.

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