miércoles. 05.10.2022
Serie exclusiva para Diario de León sobre la invasión de Ucrania

Marxhin, ciudadano de Kiev: «La muerte no da miedo»

«Aquí se resisten a hablar sólo de guerra, quieren hablar de futuro», le dice al equipo de La 8 León un ciudadano de Kiev, uno de los que prefieren luchar a imaginarse la vida de sus hijos como súbditos del Kremlin. «Morir no duele», le dice una madre ucraniana a su hija. Esta es la segunda parte de la serie de reportajes de Juan Francisco Martín para Diario de León.

Más de cuarenta entrevistas y decenas de conversaciones con población ucraniana y todos coinciden en lo mismo, todos: no tienen miedo a la muerte, tienen miedo a vivir sometidos y retroceder en el tiempo. Kiev se mantiene entre esa extraña convivencia de resistir y vivir, convencidos de que morir no les asusta porque saben que su futuro solo puede ser uno, aliarse con la libertad y las oportunidades que ofrece Europa.

En enero de este año la población ucraniana se dividía entre quien se sentía más prorruso —muy escasos y residuales en aquel momento— y quien apostaba por un modelo de convivencia diferente. Los porcentajes de unos y otros variaban en función del momento, por eso los partidos políticos aquí no se identifican por ser de derechas o de izquierdas, se identifican por los modelos de convivencia.

A partir de marzo de este año todo ha cambiado. Ya no hay duda de que Putin ha conseguido que prácticamente la totalidad de los ciudadanos de Ucrania ya quieran ser europeos. La ley marcial impuesta por el gobierno en el país impide actividades de los partidos más sovietizados y el resto se dedican a ayudar a su población, mezclados unos con otros. «Los políticos, en estos momentos, sólo podemos ayudar a la población, no hay nada más que hacer, apoyar a nuestras fuerzas armadas» dice Iurii Suyiga, diputado por la región de Darmkniskii, nacido y criado en este distrito de kiev, que tiene más de 400.000 habitantes.

Preguntamos a la persona de seguridad que nos acompaña si tiene miedo, y su respuesta es contundente: «He pasado dos meses en el frente y nunca pasé miedo, nunca pasé sed, nunca pasé cansancio, solo quería luchar. No quiero que mi hijo viva sometido a Putin, por mi hijo cómo voy a tener miedo». Esto nos cuenta Marxhin que, mientras nuestro coche para en un semáforo, abre la puerta, pone un pie a tierra y la mano a la pistola. Cada esquina de Kiev, cada puente sobre el río Dnieper, tiene una trinchera o un puesto de control de acceso. Kiev se prepara para un nuevo intento de invasión: Bielorrusia está a escasos ochenta kilómetros.

«Cuando se marcharon, introdujeron una granada en una muñeca para que, cuando regresáramos, explotara a nuestros hijos

Y mientras esto pasa en la capital, la televisión ucraniana informa 24 horas al día de cada suceso, hoy un ataque en una pequeña ciudad con siete muertos, dos de ellos niños. Las imágenes impresionan. Visitamos el canal y Daria Kudimov, su presentadora principal, nos dice entre lágrimas que se siente culpable: «Dije a mis espectadores hace ocho meses que estuvieran tranquilos, que Rusia no se atrevería a atacarnos. Me equivoqué, y ahora mi país tiene miles de muertos». Sus lágrimas cuentan el dolor de enfrentarse cada día a la crónica negra de una devastación, sus noticias siempre son iguales desde hace meses, datos terribles e imágenes dantescas. Mykola Kalashnyil, es uno de los personajes vitales en la gestión de la ciudad y hombre de confianza de Vitali Kriskot, alcalde de Kiev. Y se muestra contundente: «Nuestra población es fuerte, saben que la muerte no duele, duele ver cómo nuestras familias han tenido que huir, por eso luchamos, para que regresen a un país libre, nacimos en Ucrania y queremos ser ucranianos, no rusos». Mientras paseamos, Mikola nos muestra los terrenos donde plantea hacer un hogar de infancia. Los misiles rusos destruyeron el anterior y trescientos niños no tienen un lugar para ser educados, simbolismo de lo que busca Putin y sus ‘ejercicios militares’. Aquí se resisten a hablar sólo de guerra, quieren hablar de futuro.

La visita al triángulo del horror, Gostomel, Irpín y Bucha, nos sumerge en las entrañas del terror. Aquí, aquel 24 de febrero, treinta y cinco helicópteros y trescientos hombres comenzaban su avance con el objetivo de tomar Kiev en apenas unas horas. Los vecinos nos muestran imágenes de aquellos primeros minutos en sus móviles, y asusta ver la contundencia del ataque de los helicópteros arrasándolo todo. Hoy pasear por esos lugares hiela la sangre. En apenas unas horas, cientos de muertos, personas que dormían en sus casas. Eran las cuatro de la mañana.

Pero los planes de Putin no contemplaban que la resistencia ucraniana se movilizara en un par de horas y saliera a su encuentro ayudada por un ejercito de voluntarios armados con todo tipo de utensilios. En este triangulo, durante días, se mantuvo la batalla más dura, que consiguió retener aquel avance exprés. Estamos sobre el terreno, nos describen los movimientos de los tanques y de los vehículos de defensa, nos cuentan las estrategias, pero lo que vemos es tierra desolada, huellas que deberían sonrojar al ser humano. Durante días se disputaba cada metro de tierra y eso obligó a las fuerzas rusas a reforzar su ataque. Así es como vimos en televisión aquellas hileras de tanques y miles de soldados rusos.

Nos llevan a un complejo residencial en el que vivían casi 500 familias. Nos cuentan que este lugar fue tomado por el ejercito ruso, obligando a mujeres y niños a abandonar sus casas. Hoy vemos, incrédulos, cómo dejaron este lugar, hogares violados, ascensores tiroteados, ventanas destrozadas, e incluso muestran cómo aparcaban los tanques en los portales. Ivana nos cuenta como aquellos días su hija de diez años le preguntaba si iban a morir, y ella le contestaba que «morir no duele, no te preocupes».

Recorremos Irpin como símbolo de la resistencia y ciudad «héroe» de Ucrania. Todos aquí saben que gracias a Irpin, a sus ciudadanos y a su resistencia, hoy Kiev es libre. Hablamos con su alcalde, Oleksandr Martkushyn. «Aquí ocurrieron atrocidades que asustarían al mundo si las conocieran», nos dice. Visitamos una vivienda, las huellas de la barbarie son espeluznantes. «Cuando se marcharon introdujeron una granada en una muñeca para que, cuando regresáramos, explotara a nuestros hijos». Nos lo cuenta Irina, dueña de la casa donde los soldados hacían sus necesidades sobre los juguetes de sus hijos. «Los rusos no soportan que vivamos mejor que ellos».

El día llega a su fin y nuestro responsable de seguridad nos lleva al hotel. De repente suena su teléfono. Aparca el coche y nos dice que tiene que marcharse: su madre está en un búnker y los rusos están bombardeando su barrio. Tiene que ir por ella. Marxhin se despide. Vlad coge el coche y seguimos. Vlad nos dice: «cuando oigas que la vida sigue es que algo malo ha pasado». En Irpin, en Bucha, en Kiev y en Gostomel la vida sigue.

Marxhin, ciudadano de Kiev: «La muerte no da miedo»
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