lunes 23/5/22
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josé enrique martínez

En diferentes ocasiones he escrito que es Jesús Munárriz, desde sus ediciones Hiperión, quien más ha contribuido a la difusión del jaikú (con jota como él prefiere) y a su cultivo en España, con un sorprendente auge en la actualidad. Por otro lado, creo que Munárriz mismo es quien mejor conoce y practica la poética del jaikú derivada de su origen nipón: brevedad, intuición, finura, revelación de «la música del instante» como anota el prologuista, concreción, evitando elementos abstractos o el suministrar ideas, sino intuiciones y sensaciones momentáneas; el jaikú debe aludir, además, a un elemento de la naturaleza condensado en una de las cuatro estaciones, algo que conoce muy bien Munárriz, en cuyos cuatro libros de jaikús estos van agrupados por ciclos estacionales. Los títulos de sus poemarios de este tipo llevan títulos que en sí mismos copian el laconismo del jaikú: Capitolinos (2018), Escaramujos (2019) y, ahora, Fugacidades, del que comenta en su también breve introducción Aitor Francos que «permanecerán porque son fugaces. Porque pueden prescindir del tiempo». Los jaikús de Fugacidades van del invierno al otoño y en unos y otros casos se alude a la estación y se trazan intuiciones, apuntes, la visión momentánea y concreta, la sensación del instante revelador; y se hace con sutileza y finura, trasladando el poeta ese relámpago que nos hace percibir las cosas en un instante que por serlo, es fugaz, en efecto, aunque el poema tenga la virtud de conservarlo para los lectores. Escojo algunos jaikús de cada estación; del invierno: «Nieve en la sierra. / Flores en los almendros, / sol de febrero»; «El sol declina, / se incendia el horizonte, / cruzan dos cuervos»; «Entre las ramas / atrapada en la red, / la luna llena»; de la primavera: «Débiles, frágiles, / ¡cómo burlan al viento / las hojas nuevas!»; «Sol a poniente, / luna llena a levante, / todo florece»; «Con luna llena / las flores del ciruelo / iluminadas»; del verano: el primer jaikú, fechado en julio de 2019, nombra a una poeta «antes de tiempo y casi en flor cortada» como cantó Garcilaso: «Ampara un roble / Carmen Jodra Davó, / tu sueño eterno»; «Todo el rebaño / debajo de la encina. / Tarde de julio», «Sobre la iglesia / parroquial, desafiante, / la media luna»; jaikús del otoño por fin: «Siembra el otoño / de hojas secas la entrada / del cementerio»; «Graznan dos cuervos / en la copa del álamo. / Suenan campanas». Diecisiete sílabas cada poema: tal es el esquema del jaikú.

La música del instante
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