martes 24/5/22
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josé enrique martínez

En del otoño de 1977 Antonio Colinas se traslada a Ibiza, donde iba a permanecer veintiún años, hasta que en el verano de 1988 retorna a la Meseta, concretamente a Salamanca, donde reside desde entonces. Ibiza va a ser desde aquel momento la isla por excelencia, un nuevo espacio vital, con una intensa y dedicación primera a la creación del poemario Astrolabio (1979). Como he escrito en alguna otra ocasión, en la isla se agudiza la conciencia ecológica del poeta, lleva a cabo actividades arqueológicas, penetra en el pensamiento primitivo oriental, ahonda en la vieja cultura mediterránea y acoge una nueva simbología que agranda las dimensiones de su obra (el mar, la isla, la luz, el bosque, la gruta, la nave, el faro, los delfines, Tanit…) y escribe algunos de sus más densos e intensos poemarios, como Noche más allá de la noche o Jardín de Orfeo. Pero dentro o fuera de la isla, esta formará parte para siempre de la vida de Colinas (allí pasa familiarmente parte del verano) y de su poesía, pues de la llamada de la isla, por así decir, brotan poemas en todos los libros posteriores a 1977, hasta llegar al último, En los prados sembrados de ojos (2020), en el que hay hermosos poemas como «Bajo las alas negras de los abetos», por ejemplo, o el «extraño misterio» de «Enigma».

Las líneas anteriores vienen a cuento de Los caminos de la isla, libro en el que Alfredo Rodríguez recoge los poemas ibicencos, que sobrepasan el centenar. El propio antólogo traza un prólogo que nos hace entender mejor las sendas isleñas de los poemas colinianos.

Y Colinas mismo escribe unas líneas preliminares iluminadoras, en las que señala que el motivo primordial de los poemas isleños reside en ponerse en sintonía con el espíritu vivificador que nace de las costas mediterráneas, de «esa mar, que es la de nuestros orígenes, no solo poéticos, sino culturales»; los poemas brotan de las vivencias en la isla, con un afán primordial que «he procurado hacer desde que comencé a escribir: ser fiel a mis raíces telúricas, al origen de mi tierra leonesa, pero proyectando mi voz, universalizando mi voz».

Es lo que ocurre con los poemas de Los caminos de la isla, entre los que hallamos algunos de los grandes poemas de Colinas, como «El camino cegado por el bosque», «Noche de San Juan en Frumentaria», «Me he sentado en el centro del bosque a respirar», «A nuestro perro, en su muerte» o «Por escala nocturna», por citar algunos.

Las músicas de entonces
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