domingo. 14.08.2022
                      Alberto González Llamas con su obra
Alberto González Llamas con su obra

cristina fanjul

Alberto González Llamas recuerda que la noche antes de entrar en la mina no pudo dormir. Piélago del Moro acaba de publicar Los días del carbón más brillante, un libro de relatos de Alberto González Llamas en el que el escritor y exminero vuelca la lírica y el terror de un modo de vida perdido. Son historias como la de lla mula enterrada en la escombrera cuya carne fue arrancada para comer, una alegoría tan brutal como la propia muerte.

—¿Por qué has llamado a tu libro de relatos ‘Los días del carbón más brillante’?

—Trata de lo que ocurría en las cuencas mineras, en la mina y en la calle; lo que sucedía en tiempos en que el carbón, la mina, absorbía gran parte de la vida en estos territorios y cómo lo condicionaba. Sin embargo, pretendo mostrar algo más que la mina. De hecho no entro a fondo, en realidad, en lo que es el oficio minero. No pretendo aburrir con tecnicismos, sino narrar con buena dosis de ficción como se desarrollaban las cosas entre personajes que en su mayoría han dejado su tierra para venir a los valles minero, la vida de las mujeres, y los demás oficios. Por otra parte, la definición de “más brillante” tiene un doble significado. Uno es el que hace mención al carbón de mayor dureza y brillo, que es la antracita, y que en su mayoría se encuentra en los yacimientos del Bierzo y Laciana, ya que en otras cuencas sel carbón que abunda es la hulla. El otro, simbolizaría la época de mayor asentamiento de población en busca de empleo, la llegada del ferrocarril, el teléfono, la electricidad y contraponerlo con las carencias y condiciones de vida de la época.

—Son 62 relatos en los que aparecen personajes de todas las cuencas leonesas. ¿Cómo has equilibrado las historias?

—Hay narraciones, cuentos y leyendas. Hasta crónicas con intención de que tengan valor literario. Por ejemplo, sobre la marcha negra del 92, la primera; encierros reivindicativos; huelgas en la época en que estaban prohibidas. También un suceso frecuente: el atrapamiento por un derrumbe, a veces con consecuencias funestas. Pero, al igual, aparece el colchonero, el hojalatero, el parapléjico, taxistas, barbero, la carnicera. El cartero. En resumen, los adultos, mineros y otros profesionales, las mujeres, los niños y adolescentes.

—¿Hay historias reales?

—Sí. Hay una que he llamado el renacido, que me contó un viejo minero, ya retirado, que quedó enterrado y al que dieron por muerto. Consiguió sobrevivir y desde aquel mismo día, cada aniversario de la misma fecha, le daban permiso porque decían que había vuelto a nacer. Otra es la de la mujer que enviuda, porque su marido se ha suicidado. Ella ha quedado al cargo de sus nueve hijos, y debe dejar la vivienda, porque es de la empresa y han de darla a un productor en lista de espera. O la del joven caboverdiano al que dispararon por error y mataron.

—¿Cuáles son las que más te apetecía contar?

—Hay acontecimientos como el accidente del pozo María, en el que fallecieron diez mineros a causa de una explosión de grisú; nunca en mi vida vi tanta gente en un entierro y a la población del valle tan alterada, incluso después. Y también las de los espectáculos circenses o los ilusionistas, que llegaban a las cuencas por el verano. Los juegos de niños y el despertar de adolescente. El ritual de respeto, cuando había un muerto en la mina y había que ir a notificarlo a la familia.

—¿Qué vigencia tienen hoy las historias sobre la mina?

—Creo que estas historias tienen plena vigencia, porque es lo que ocurre y ocurrirá siempre: la niñez y su modo ver el mundo, la vejez, la muerte, la aventura, el riesgo, la pena y la alegría, el amor…

—¿Qué ha quedado en las cuencas tras la ‘desamortización minera’?

—Queda un pesar por cómo se las ignora, porque parece como si esta provincia y el país entero no se hubieran enriquecido con la minería, no hubiera servido para modernizarse. Cuando necesitaron energía eléctrica o vapor, el carbón se la dio, se la dieron las cuencas mineras. Se podían haber traído proyectos que dieran empleo, relacionados con las energías renovables, fábricas de componentes o ensamblaje. Por lo demás, queda algo del patrimonio, aunque también hay que pelear para que no eliminen los castilletes, los ramales mineros, edificios. Hay asociaciones que tratan de poner en valor las bocaminas, y todo ello. Otras, han echado a andar un aula de geología. Aún quedan inmigrantes que llegaron de Portugal o de Cabo Verde, y algunos de sus descendientes.

—¿Cómo influye entrar en la mina en la vida? ¿Qué perspectiva vital te ha aportado?

—Yo, en la víspera de entrar, no pude dormir imaginado cómo sería. Luego te acostumbras y no te das cuenta de que es un trabajo con unas señas propias, necesitas de los demás y eso crea un vínculo solidario fuerte. Tienes un uniforme azul y tienes tus herramientas, y vas a utilizarlas dentro y fuera de la mina, el pico y la pala para una obra o para la nieve, el hacho para los concursos de entibación o para el cierre de un prado, etc.

—¿Te contaron de niño tus padres alguna de las historias que ahora publicas? ¿Cómo influyen en el desarrollo de los miedos infantiles?

—Hay una historia en que una mula ha quedado agonizando en una galería por una descarga eléctrica y obstruye el paso de las máquinas con vagonetas y del personal. Paraliza la producción y deciden amputarle parte de las patas para echarla a un lado y facilitar el paso. Me la contó mi suegro, que lo vio. La enlazo con otra que me contó mi padre: en los años del hambre y el racionamiento, sobre el 41, una mula se murió en la mina y la enterraron en una escombrera, al poco, apareció desenterrada, y le faltaban partes que habrían llevado para saciar el hambre.

—¿Qué es Laciana sin la Mina?

—Es algo difícil de definir, no hay pobreza, pero le falta la pujanza de otros tiempos y los jóvenes tienen que irse fuera. Los que se quedan y están jubilados, tienen la pensión garantizada y no cambian demasiado su modo de vida, es difícil hacerlo de un día para otro. Los jóvenes que no se van, intentan emprender en ganadería, hostelería, turismo, deporte o cosas diferentes, pero eso no es algo que dé para muchos de ellos. Sin embargo, la mina sigue estando presente, y nadie deja de pensar en este Valle como un valle minero.

«Nadie deja de pensar en el valle minero»
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