viernes. 27.01.2023

NÓMADAS DIGITALES PARA PUEBLOS DE LEÓN

Informáticos e Ingenieros de Ineco desembarcan en León para hacer un voluntariado para la digitalización social y económica de los pueblos. Formación tecnológica a la puerta de casa. Carlos y Javier en San Emiliano. Imanol en Carrizo, su pueblo y el de sus padres. Son los pioneros
                      Javier Gonda resuelve una consulta durante el café. FERNANDO OTERO PERANDONES
Javier Gonda resuelve una consulta durante el café. FERNANDO OTERO PERANDONES

A una hora y 36 minutos de San Emiliano, Imanol García coloca su ordenador en una de las salas del centro social de Carrizo. Tiene casi 60 personas apuntadas. Ganan por aplastante mayoría las mujeres. Es la otra vertiente del programa de Ineco, aquí más social que económica, diseñada para poder garantizar la comunicación con los familiares, realizar gestiones administrativas, hacer compras online y aprender a manejarse con la banca electrónica o con la aplicación de Sacyl, el servicio público de sanidad, para pedir cita al médico o acceder a la receta digital.

Al taller llegan súper puntuales, con su herramienta en la mano: el teléfono móvil. Cuentan con desparpajo sus experiencias — «malas», anuncia— en internet. No pretenden construir páginas ni analizar posicionamientos web, quieren navegar con tranquilidad por la red. Como si fueran a la vuelta de la esquina.

«Tienen miedo, temores...», reconoce Imanol García. Y ya más en profundidad, nada que no nos inquiete al resto de los ciudadanos: no caer en fraudes, proteger los datos personales, no ser víctimas de hackers... «Tener la tranquilidad de saber que has entrado donde tienes que entrar», resume este ingeniero de Caminos, Canales y Puertos que vive entre tecnología y se dedica a la rama de obra civil dentro de Ineco.

A Imanol lo conoce todo el mundo en la clase. Nació, vivió y estudió en Carrizo. «Desde que era un chaval», cuentan a coro. Sentados en el aula que ha cedido el Ayuntamiento, en un discreto segundo plano, están sus padres, Manuel y Agustina, y sus tías Trini y Jovi. Y en la última fila, el primer teniente de alcalde, Iván Iglesias García. «Con el Ineco todo han sido facilidades», cuenta. Unas videoconferencias, intercambio de documentos online, ajustar calendario e Imanol García de regreso a su pueblo, ahora como nómada digital.

«No nos ha sorprendido la respuesta de la gente del pueblo», cuenta Iván Iglesias. Tampoco le ha sorprendido a Imanol García el interés. Ni que sean mayoritariamente mujeres. «Suele pasar. Son muy activas, quieren aprender, se les ponen pocas cosas por delante», reflexiona.

Es lo que le pasa a Josefa González Yebra. «Quiero saber qué hay dentro», dice agitando suavemente el teléfono. Y hasta parece que, efectivamente, tuviera vida propia. Josefa aprendió hace tiempo a comunicarse con sus hijos y sus nietas por videollamada. «Les veo la cara y ya sé cómo van las cosas». Pero quieren aprender mucho más.

Lo mismo le sucede a Rosa Sánchez, que quiere comprar online pero no se atreve. «Pasan tantas cosas... quiero sentirme segura». A su lado, Celia Castellanos cacharrea con el móvil. Es viuda y desde hace poco tiempo, también jubilada. Se maneja en muchas aplicaciones pero se pierde en las gestiones administrativas y ahora que ha vuelto a su pueblo, le da pereza ir hasta León.

A Carrizo ha llegado Imanol con su mujer y su bebé de pocos meses. Una oportunidad de estar más en familia, sin perder tiempo en traslados y desplazamientos. Teletrabaja desde el coworking municipal, con vistas a una pradera, rozando casi el río, equipado con todo lo necesario para no echar de menos las facilidades de una gran ciudad en velocidad de conexión o acceso wifi. Se nota, a diferencia de San Emiliano, que está a un paso de la capital, que es ribera y no montaña y que tiene cuatro veces más vecinos.

«¿Habéis ido al río?», preguntan.

Aquí el Órbigo lo es todo, el agua que fertiliza la tierra. Como en Babia los picos, los ‘dosmiles’ que rozan el cielo.

Arranca el taller. Al contrario que en otras ‘escuelas’, aquí es obligado tener encendido el teléfono, estar pendiente del móvil. Imanol aborda la seguridad y la privacidad. Después lo hará con las gestiones con las administraciones públicas, la banca digital, las compras online, los accesos a las aplicaciones de sanidad y las comunicaciones sociales.

«Nos vamos a quedar con ganas de más», anticipan ya en la sala. «Es corto», apostillan. Y se giran hacia el primer teniente de alcalde. «Llama al Ineco», instan. «Que vengan más», añaden. El mejor resumen, quizá, del éxito de este programa.

«Queremos articular, con la tecnología, una palanca fundamental en las políticas de asentamiento de población en el entorno rural, generando una puerta de acceso al retorno de los habitantes de los grandes núcleos hacia un modelo de vida más sostenible», dicen desde Ineco.

Para los habitantes de los 55 pueblos seleccionados para este programa, que ha arrancado en León, en los municipios de San Emiliano y Carrizo, es un acceso «a talleres de formación en digitalización social y económica para ellos y para las pymes de sus municipios», señalan desde la sociedad estatal del Mitma, el Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana. Para sus trabajadores, «una experiencia pionera y novedosa que les permitirá disfrutar de las ventajas del entorno, acercarse a la exclusiva oferta turística y al patrimonio natural y cultural de los pueblos», añaden.

Imanol, Carlos y Javier no se conocían —normal, porque Ineco ha multiplicado por catorce su número de profesionales en la última década—, pero coinciden en el interés por la divulgación, por compartir sus conocimientos. Son parte de una gran comunidad de técnicos de alto conocimiento en aplicación de las tecnologías e inteligencia artificial, de los que Ineco cuenta con mil perfiles diferentes, que quieren devolver a la sociedad, de manera directa, los conocimientos que han adquirido a lo largo de su carrera profesional. Creen en las posibilidades infinitas del intercambio del saber. Son nómadas digitales volcados en una causa social.

Carlos Menéndez y Javier Gonda han cargado sus coches con cecina, miel, pastas, mantequilla y embutidos para su viaje de regreso a sus despachos en Madrid. A Imanol García no le hace falta, se lo envían sus padres y sus tías Trini y Jovi. Imanol regresa cada poco a su pueblo. Javier y Carlos quieren volver a estar en Babia. Es un comienzo.

Una palabra le bastó. «Vete». Se lo dijo Pilar, su esposa. Y así fue como Carlos Menéndez cambió su despacho en Madrid por estar en Babia. Es un nómada digital. Ha emigrado durante dos semanas a San Emiliano para ayudar a los emprendedores del municipio a entender ese ente que se ha colado en nuestras vida y que sabe más de nosotros mismos que nosotros de él: el algoritmo

Forma parte de un proyecto innovador, Ineco RuralTic, que esta sociedad mercantil estatal de ingeniería y consultoría del Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana —referente y actor clave en la modernización de las infraestructuras en España y protagonista en el proceso de transformación que atraviesa el país en las Administraciones Públicas— ha puesto en marcha para contribuir a la digitalización rural y, también, para fomentar el teletrabajo. Así que Menéndez tiene ahora como fondo la silueta formidable de Peña Ubiña. Al natural, aunque uno de sus alumnos le ha pedido que se la ponga de fondo de pantalla cuando regrese a su labor como informático de Ineco para el Ministerio de Justicia. No lo descarta. Le gusta estar en el paraíso que los reyes leoneses eligieron durante siglos para desconectar, aunque él tiene la cabeza ocupada en mil tareas y muchas preocupaciones, las más importantes en este momento ligadas a «servir de algo» a los emprendedores de los 14 pueblos de San Emiliano y sus pedanías.

Para esa tarea de impacto social ha llegado a San Emiliano también Javier Gonda Souto, administrador de sistemas en Ineco, que busca compartir junto con Carlos Menéndez sus conocimientos y, como él, servir de utilidad.

Inmersos en la vida rural de esta comarca leonesa a 76 kilómetros de la capital de la provincia, han descubierto las dificultades de teletrabajar cuando no hay fibra y la velocidad de conexión baja y, también, la maravilla en forma de pastas de mantequilla, cecina y una forma de vida ocupada pero más pausada.

Es lo que busca Ineco con su programa RuralTic, implantar un modelo colaborativo que sirva no sólo a la digitalización social y económica de los pueblos y a construir un modelo de gestión sostenible que contribuya a mejorar cómo se vive en los pequeños municipios sino también intercambiar experiencias y acercar el teletrabajo a sus ingenieros e informáticos, una especie de simbiosis de lo mejor de ambas formas de vivir.

Y en eso están Menéndez, Gonda y los 14 emprendedores que se han sumado al proyecto en San Emiliano. Las clases, por la tarde en el salón de plenos que el alcalde, Basilio Barriada, ha cedido para este plan «que es vital para nuestros pueblos y para quienes vivimos en ellos», recalca con énfasis. «Una gran oportunidad», apostilla.

Los dos informáticos del Ineco ya han descubierto que la formación se da en cualquier momento y cualquier lugar. En el bar, por ejemplo, mientras se toma un café. O en los establecimientos de sus alumnos, un término que ellos se niegan a usar porque, dicen, «saben mucho y nosotros estamos aquí también para aprender». Pero, sobre todo, saben ya que no es necesario coger el coche para hacerlo. A unos pasos de distancia está la clase en marcha. Sin más protocolos.

«Mira el chisme este que me han mandado». Beni, la lotera de La Majúa que tiene administración en San Emiliano, enseña a Javier Gonda un llamativo dispositivo rojo. «De China viene», dice, como añadiendo dificultad a su manejo. Un vistazo y una solución inmediata. «Nada, no te preocupes, llévalo por la tarde al taller y mañana ya lo estás manejando». A Beni, que vende suerte, le parece una fortuna que ellos estén allí, en el pueblo. Guarda el paquete y se le escapa un suspiro de alivio, sólo imaginar las instrucciones en mandarín...

Llueve a mares en Babia, en un goteo interminable de nubes grises que casi se pueden tocar con las manos. Es el anuncio de un invierno que aún no se ha asomado, ni a León ni a la montaña leonesa, pero que a Javier y Carlos les parece ya frío. «Es que en Madrid hacía calor», cuentan. Y se sorprenden de que esos 10 grados de finales de noviembre sean aquí una mañana «templada».

Intercambio de sensaciones y también de palabras, porque el español se conjuga aquí con patsuezu, leonés en otros pueblos de esta provincia, un patrimonio cultural que también hay que cuidar. Se han hecho al oído y a la idea. Tanto que ya les ‘presta’ vivir en el pueblo.

Alguna sorpresa más. Lo involucrados que están los emprendedores babianos y su nivel de conocimiento. «Son conscientes de las oportunidades de negocio que se les abren, tiene experiencia y mucha curiosidad», cuenta Carlos Menéndez. «Saben que tienen que estar», añade Gonda señalando un ordenador, la señal inequívoca de que hay otro mundo ahí dentro. «Y lo quieren explorar», dice.

«Si tú ayudas a Google, Google te ayuda a ti». Es la primera lección que se ha aprendido de memoria Laura Fidalgo Álvarez, de Villasecino, que vive en Abelgas de Luna y tiene un kiosco en San Emiliano. A los talleres de formación va junto con su cuñada, «que vende la mejor miel del contorno», anuncia Laura, y busca difundir su negocio más allá del límite geográfico natural de la comarca. «Lo vende todo aquí, en las tiendas y eso. Es una miel increíble, es una pena que sólo lo sepamos los de aquí», añade.

Para eso han llegado a San Emiliano Carlos Menéndez y Javier Gonda, para ayudarles a desarrollar su negocio y comprender las claves del posicionamiento web. No se trata de que estén en internet sino de que se queden. Menéndez y Gonda tienen ahora un dato más, fundamental quizá, para extender los negocios locales: han probado la miel.

Se alojan además en una de las viviendas de uso turístico del pueblo. Y tapean en los bares. Allí escuchan de primera mano las dificultades de vivir en un pueblo en la era digital. Un largo listado de necesidades no cubiertas y otras que tenían y que están en peligro de extinción. El banco que queda ya sólo tiene un agente comercial, la farmacia no abre los fines de semana, el autobús ha suprimido paradas y frecuencias y no se sabe si vas a poder regresar en el día de León porque no se respetan —denuncian— los horarios, las escuelas cerradas, el internet renqueante que no dejar hacer operaciones bancarias o comprar online porque se cuelga, los teléfonos sin cobertura...

«¿Quieren o no quieren que nos quedemos en el pueblo?», brama Pedro Álvarez, que cría mastines y caballos en Villargusán, un puñado de vecinos en verano, él solo en invierno «y cuando estoy». Sus hijos, que teletrabajan en León, no pueden ir a vivir allí porque no hay cobertura. «Tres kilómetros tengo que ir andando para poder hablar».

Las reivindicaciones las tienen claras. También lo que buscan en este programa desarrollado por Ineco. «Salir al mundo y que el mundo venga aquí», resume Conchi Colado Rodríguez, que ha convertido la casa en la que nació en ‘Bajo los nidos’, una vivienda de uso turístico.

Son productores, ganaderos y comerciantes que buscan conocer más oportunidades. El Ineco les ha llevado a la puerta de su casa la formación tecnológica. Ha movilizado a sus trabajadores para que se apuntaran a esta especie de voluntariado social que llega a 135.000 habitantes de 55 municipios españoles. Son sus nómadas digitales, pioneros como Carlos Menéndez y Javier Gonda, comprometidos con la igualdad de oportunidades entre las dos vidas, la rural y la urbanita.

Su implicación va más allá de estos días, de los talleres, de la vida en un pueblo o del grupo de Whatsapp creado en San Emiliano. Quieren tutelar, de manera personal, el despegue digital de los emprendedores del municipio.

NÓMADAS DIGITALES PARA PUEBLOS DE LEÓN
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