martes 07.04.2020

PALACIOS, ZARINAS Y POETAS

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Piensa el viajero, cuando el autobús está recorriendo las últimas calles para abandonar San Petersburgo, en esa frase proverbial —«Los árboles no dejan ver el bosque»— que alude al momento en que no se puede ver o valorar una situación o realidad en su conjunto. Pero a su vez piensa lo contrario. El bosque no deja de ver, al menos con nitidez, todos los árboles. Dicho de manera concreta, la belleza esplendorosa de la ciudad de los zares limita con frecuencia el acercamiento a lugares que tanto merecen la pena, sin hacer muchos kilómetros. En sus alrededores, sin superar la treintena al sur, el interesado tiene suficientes motivos para la admiración en los palacios imperiales que se levantaron en su momento, uno de ellos como referencia especial. El conjunto representa en buena medida lo que fue el esplendor de los grandes zares. Un recorrido breve por una zona curiosa, llena de bosques, donde cada cual puede ver las dachas, las antiguas construcciones campesinas, o las isba, las típicas casas de madera. Tome note, si le interesa, de que en la ciudad sobre la que pivota este conjunto geográfico y patrimonial, Pushkin, vivieron muchos de nuestros llamados «niños de la guerra». La historia, las historias encerradas en el fondo de este relato pueden convertirse en las añadiduras, o en las curiosidades, de cada viajero. Aquí solo encontrará una mínima provocación para la visita. Merece la pena.

Todos sabemos, por ejemplo, que muchas ciudades, burgos, nacieron al amparo de los monasterios. Otro tanto ocurrió aquí bajo la tutela de los palacios. A sus alrededores fue creciendo con el tiempo un pueblo en que se alojaban sirvientes, jardineros, cocineros… del palacio principal sobre todo, pueblo que evolucionó con los años hacia una ciudad pequeña y tranquila que a partir de 1937 recibió el nombre de Pushkin, en honor al escritor considerado el fundador de la literatura rusa moderna y de notable influencia en muchos artistas contemporáneos y posteriores. Pushkin, a la que ha de añadirse la curiosidad histórica de ser la primera ciudad del mundo que contó con luz eléctrica, forma hoy parte del conjunto histórico y monumental de San Petersburgo.

De aquí al Palacio de Pávlovsk, apenas cinco kilómetros. Como tantos otros, un regalo, en este caso de Catalina la Grande a su hijo Pablo, que no pudo disfrutarlo durante mucho tiempo, pues fue asesinado pocos años después de haberse terminado. Cuentan que tanto él como amigos y familiares pasaban largas jornadas de caza, una de las diversiones más habituales de la época en parajes tan propicios para su práctica. Cuentan también que, dada la tranquilidad que se respiraba en el entorno, el músico J. Strauss pasaba largas temporadas paseando y componiendo. Sea como fuere, lo cierto es que el Palacio de Pávlovsk, construido con un estilo diferente a los otros, posee una buena colección de elementos decorativos y estatuas en sus parques y jardines. Es vedad que no tiene ni la escala ni la talla del próximo que visitaremos, pero merece la pena pasear por su bosque de diseño al que no falta ningún detalle. Nada de extraño tiene que los viernes de verano sea fácil coincidir con diversas bodas. Para que el viajero tenga conciencia más detallada de la situación, quizá sea conveniente subrayar dos breves anotaciones. La primera tiene que ver con la llegada de la Revolución, que prácticamente convirtió todos los palacios en museos. La segunda reside en el hecho de que durante la Segunda Guerra Mundial muchos de estos palacios fueron seriamente dañados cuando no destruidos. La reparación o reconstrucción se llevó a cabo con absoluta fidelidad.

Llegamos al Palacio de Tsárskoye Seló, que, vertido al castellano, viene a significar Aldea Real o Pueblo del Zar. Sin duda el más impresionante. «El nombre de Tsárkoye Seló —escribe Marc Marte— se refiere a todo el parque, que contiene varios palacios, pabellones y baños, aunque el punto de principal interés es el Palacio de Catalina, bautizado así en honor a la zarina Catalina, la madre de la emperatriz Isabel I». Ay, si las paredes hablasen de una y de otra, de otros y otras…

El magnífico retiro campestre pudo haber pasado a la historia como «el palacio de las zarinas», pero fue, es y seguramente será conocido como la residencia de Catalina II, la esposa de Pedro el Grande, «el gran refomador». Tsárskoye Seló y también, aunque menos, Palacio de Pushkin, por la ubicación. Llámese como se llame, el espacio rezuma lujo y belleza. Oro, opulencia. Un paseo por sus jardines impresionantes atestigua lo dicho, que se completa, sin duda, en la contemplación exterior del palacio, con infinidad de filigranas decorativas, no pocas cubiertas de oro, refulgiendo de manera sobresaliente las cúpulas de la iglesia palaciega.

Nada mejor que recorrer detenidamente su interior para comprobar su fastuosidad, que se concreta de forma especial en la Sala o Cámara de Ámbar, conocida como la octava maravilla del mundo, pero también uno de los misterios sin resolver más famosos del mundo. ¿Dónde está el ámbar que los nazis se llevaron durante la Segunda Guerra Mundial? La restauración (2004) se basó siguiendo testimonios de acuarelas, diapositivas, fotos –ni intente sacar la cámara-… Los paneles, compuestos de trocitos de ámbar —seis toneladas en total— y cuadros de mosaicos confieren insólita belleza a las paredes. La vista evita cualquier palabra. La exposición museística como conjunto es una buena muestra de la vida a lo largo de los distintos momentos del palacio.

Por cierto, en una de las alas vecinas se alojó el Liceo Imperial, en el que pasó niñez y adolescencia Pushkin —hoy le da nombre—, que tiene en el jardín uno de los monumentos más notables, creado por Roberto Bach con motivo del centenario de su trágica muerte. Si le interesan los valores y aspectos de la literatura, el poeta tiene museo en San Petersburgo —Rusia entera siente profundamente el amor por lo literario—, un lujoso piso al lado del canal Moika. Y si se tercia, el Café Literario (Literaturnoye Kafe), que aún pervive y que frecuentaron él mismo, Dostoievski y otros escritores allí recordados. Disfrútelo. Disfrute este día, sin desperdicio.

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