domingo. 04.12.2022
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josé enrique martínez

Con título cervantino («la pluma es lengua del alma»), Javier Huerta Calvo publica un tercer volumen de poesía, después de Razones coloradas y Manual de literatura. De acuerdo con el título, una primera parte se acoge al rótulo de «La lengua» y una segunda al de «El alma», con un intermedio de «Dos diálogos imposibles y una epístola». Teniendo en cuenta los afanes investigadores del profesor leonés Javier Huerta, sorprende esta faceta de creador que con lucidez, ingenio y espíritu crítico ofrece poemarios cuyo interés no debemos silenciar, como él, lógicamente, no silencia los ecos de sus lecturas y saberes, en un atractivo ejercicio intertextual. No busca con sus versos el halago sino que escribe «con la esperanza de encontrar un día / el favor de un lector que me entienda y ame».

De ahí la crítica a El poeta público, sea quien sea, que impulsado por la vanidad, la impostura y el engaño, pretende ocultar una vida hueca y vana. De igual modo que concibe el acercamiento al poema con alma y no desde el análisis frío. Poesía, pues, entrañada en la vida, en una vida que se siente familiar con los que convive y con los que ha sido objeto de sus estudios (Cervantes, Lope, Tirso, Los Panero…); entre aquellos destaca la evocación de la madre con motivo de su muerte en uno de los más hermosos y conmovedores poemas del libro; de igual modo, comparecen personas del teatro con los que se relacionó o relaciona, sin dejar de lado otras preocupaciones, como el lamento por la destrucción de Palmira o el dolor por el «Niño sirio» solo y «varado en la playa».

Subrayo ese sentido de solidaridad y de denuncia, que vemos por ejemplo en «Insomnio 2020», evocando el poema inicial de Hijos de la ira y aplicado el Madrid de hoy, «de más de tres millos de cadáveres / según las estadísticas».

Apenas queda espacio para aludir al intermedio de los dos diálogos, del poeta en uno y del pintor en el otro con sendos representantes del poder (el Emperador y Felipe II respectivamente), configurando la difícil relación entre el artista y los poderosos; aludamos también a la «Carta del maestro Unamuno al General Franco» en la que le reconviene, con la pasión acostumbrada, contra los que, en aquella España ensangrentada por la discordia, gritan «viva la muerte» y «muera la inteligencia».

Así se nos muestra el poeta Huerta Calvo: «sabio irónico» y «cómplice letraherido» como le llama otro poeta, Álvaro Tato, en el excelente prólogo a La lengua del alma.

La pluma es lengua del alma
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