jueves. 07.07.2022

En estos momentos de incertidumbre que vivimos toda la población mundial, motivada por la devastadora pandemia del coronavirus (Covid-19), científicos y médicos han iniciado una carrera contra reloj para encontrar un remedio que cure, o al menos alivie las graves complicaciones que produce en determinados pacientes, este nocivo virus.

Entre las sustancias que se están ensayando en España y otros países, la hidroxicloroquina, derivado de la quinina, por su potente acción antiinflamatoria e inmunomoduladora, parece un fármaco prometedor en el tratamiento de esta nueva enfermedad. España no es ajena a la historia de la quinina como medicamento salvador de epidemias, concretamente contra la del paludismo o malaria (término que proviene de ‘mal aire’).

Para recrear la historia de cómo se difundieron los efectos beneficiosos de la quinina a través de personajes españoles debemos remontarnos en el tiempo hasta el año 1631 y viajar hasta Lima-Perú. Entramos en un camarín del palacio del Virrey don Luis Jerónimo Fernández de Cabrera Bobadilla y Mendoza, conde de Chinchón. Lo que sigue es una versión resumida de los hechos, descrita por Ricardo Palma, autor de la obra ‘Tradiciones Peruanas’.

La acción de la corteza de la quina era uno de los secretos bien guardados de la medicina inca que fue entregado a los españoles

«Una tarde de junio de 1631, las campanas de todas las iglesias de Lima plañían fúnebres rogativas, y los monjes de las cuatro órdenes religiosas que a la sazón, existían, congregados en pleno, entonaban salmos y preces. En su palacio, el conde de Chinchón, silencioso, miraba con avidez hacia la puerta de escape, la que al abrirse dio paso a un nuevo personaje. El doctor Juan de Vega, nativo de Cataluña y recién llegado al Perú en calidad de médico de la casa del Virrey, era una de las lumbreras de la ciencia.

-¿Y bien, Don Juan? - le interrogó el virrey, más con la mirada que con la palabra.

- Señor, no hay esperanza. Solo un milagro puede salvar a doña Francisca.

- La condesa de Chinchón estaba desahuciada.

- ¡Tan joven y tan bella…! - decía el desconsolado esposo.

- ¡Pobre Francisca¡ ¿Quién te habría dicho que no volverías a ver tu cielo de Castilla ni los cármenes de Granada? ¡Dios mío! Un milagro…

-Se salvará la condesa, Excelentísimo Señor - contestó una voz a la puerta de la habitación.

El virrey se volvió sorprendido. Era un sacerdote el que había pronunciado tan consoladoras palabras. El conde de Chinchón se inclinó ante el jesuita. Éste continuó:

- Quiero ver a la virreina; tenga vuecencia fe, y Dios hará el resto.

El Virrey condujo al sacerdote al lecho de la moribunda. Un mes después se daba una fiesta en palacio en celebración del restablecimiento de doña Francisca. La virtud febrífuga de la cascarilla quedaba descubierta. (Fin del relato del tradicionista peruano).

Para conocer sus beneficios hay que remontarse a 1631 y entrar en el camarín del conde de Chinchón en Perú

La condesa había sido tratada con una pócima preparada con la corteza del árbol de la quina. Tras la curación de su esposa, el conde de Chinchón ordenó de inmediato que el amargo remedio, cuidadosamente molido y preparado, fuera administrado gratis a todos los pacientes necesitados que sufrieran de fiebres tercianas en Lima (terciana es un término antiguo que hace referencia a las ‘calenturas’ producidas por el paludismo, que aparecían cada tres días). El milagroso polvo fue conocido en el mundo de entonces como ‘Los Polvos de la Condesa’. Al parecer, el conocimiento de la acción de la corteza de la quina era uno más de los secretos bien guardados de la medicina incaica que posteriormente fueron entregados a los españoles a través de la indiscreción de algún herbolario convertido al cristianismo.

En esos tiempos, la medicina europea estaba sumergida en un caos de diversas teorías sobre el origen de las fiebres, y el tratamiento de la malaria no tenía ninguna base científica. Los pacientes eran sometidos a purgantes y sangrías. En 1639, la malaria produjo una gran hambruna en Inglaterra al diezmar a la población dedicada a la agricultura. Los jesuitas del colegio San Pablo de Lima habían creado un laboratorio farmacéutico para difundir la quinina y ésta se empezó a exportar en 1631.

Según Cabieses Molina, el Cardenal Don Juan de Lugo y Quiroga (Madrid 1583-Roma 1660) propició la introducción de la corteza peruana en la Santa Sede de Roma. A través de rigurosos experimentos de su médico el doctor Fonseca, se dedicó a convencer a los representantes de la ciencia médica sobre la bondad del remedio, que llegó a denominarse ‘Los polvos del Cardenal’. Pero el descubrimiento de los hechiceros de un país de herejes y salvajes no podía hacer mella en las poderosas tradiciones occidentales. Con la muerte del cardenal de Lugo, el remedio proveniente de la selva peruana quedó en el olvido. Cabieses Molina apostilla: «Triunfó el prejuicio, el dogmatismo, la resistencia al cambio. Un triunfo que llena de oprobio y de vergüenza a la llamada ciencia médica de entonces».

Sin embargo, seguía habiendo interés por su uso, ya que era el único remedio específico contra el paludismo. El Gobierno español se encargó de organizar la comercialización de la droga hasta formar el cabildo de la Quina. Las embarcaciones que cubrían la ruta comercial entre las colonias y España, desde el puerto del Callao, además de oro, plata y lana de vicuña, traían cargamentos de la corteza de la quina, junto a otras plantas medicinales (véanse, como ejemplo, los tesoros de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes, hundida por la armada Británica en Octubre de 1804, lo que motivó la declaración de guerra contra el país agresor).

España formó incluso el cabildo de la Quina y los barcos traían además de oro, plata y lana de vicuña corteza de este árbol

Los botánicos españoles Hipólito Ruiz y José Pavón viajaron al Perú entre 1777 y 1788 para recoger información científica sobre la flora del Perú y escribieron un tratado sobre Quinología. Los científicos franceses Joseph Pelletier y Joseph Bienaimé aislaron el principio activo de la corteza de la quina, la quinina, en 1817.

Los nombres originales de la quinina utilizados por los chamanes indígenas fuero: yara chucchu o ccara –chucchu (chucchu: enfermedad caracterizada por fiebres y escalofríos intermitentes; yara: corteza). Posteriormente ha tenido múltiples denominaciones, como quin-quina, cascarilla, polvos de los jesuitas, corteza de las calenturas o china-china, lo que dio origen a la teoría de que los polvos milagrosos procedían de la China. Finalmente, el científico y botánico sueco Carlos Linneo (1707-1778), creador de la taxonomía de los seres vivos, clasificó al género botánico de la corteza de la quina con el nombre de Cinchona (era costumbre de la época italianizar los nombres españoles), en homenaje a la condesa de Chinchón, pero pasó a la historia con el término Chinchona, con el que este remedio pasó a engrosar la farmacopea universal.

Posteriormente, la quinina fue sintetizada por los químicos americanos Woodward y Doergin en 1944. Desde entonces existen múltiples derivados, entre otros, las quinonas (colorantes), la primaquina (antipalúdico), cloroquina (antipalúdico, antipirético, analgésico, antiinflamatorio), quinidina (antiarrítmico), etc., todas nietas de la Chinchona. Es posible que aún no se hayan descubierto todas las propiedades de este alcaloide. Ahora, el mundo entero espera que se confirme su eficacia en este nuevo ‘mal aire’ que nos aterra.

* José Cosamalón es neurocirujano y fue jefe del Servicio de Neurocirujía del Hospital de León

La quinina, un remedio ancestral para una nueva enfermedad
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