domingo 27/9/20
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Retablos floridos de león

Son legado de una época en la que el suroeste de León era un territorio floreciente, próspero, por la pujanza de las cosechas agrícolas y la lana, el fruto de la Mesta. Diez pueblos del arco este leonés abren ahora la puertas para este plateresco, que es tesoro
Imagen del retablo de Valdescapa. DL
Imagen del retablo de Valdescapa. DL

Hay un viaje en León al interior del arte, al intimismo eclesial que se plasmó al albur del desarrollo de una zona del territorio que tomó relevancia y acompasó la inquietud cultural con el avance económico. Relevante para la época del siglo XVI; relevante para un entorno alejado de la pujanza de la Corona de Castilla. Esta puerta se abre por la ruta de los retablos platerescos del Sureste Leonés, que forman la cabecera de las iglesias de diez pueblos: Gordaliza del Pino, Vallecillo, Sahagún, Joara, Celada de Cea, Valdescapa, Villaselán, Valdavida, Yugueros y Cistierna. El retablo plateresco, nexo de unión del llano a la montaña. El retablo es la estructura arquitectónica, pictórica y escultórica que se sitúa detrás del altar en las iglesias católicas de rito latino; La palabra deriva de la expresión latina retro tabula (‘tras el altar’). Para designar el mismo término se emplea también la expresión «pieza de altar» (más propia de la lengua inglesa –altarpiece–, donde se distingue retable de reredos) o la italiana pala d’altare (o ancóna), según el relato académico que versa sobre el término.

Suele establecerse una periodización cronológica del Renacimiento en España entre el Alto y el Bajo Renacimiento español, aunque las etiquetas estilísticas son de uso problemático: «plateresco» se aplica a las producciones del primer tercio del siglo XVI, caracterizadas por el horror vacui, que se comparaban con el trabajo de los plateros, y en el que se encuadran tanto los últimos maestros de tradición gótica o hispano-flamenca como la introducción de nuevos elementos de origen renacentista italiano; «manierista» se aplica al tercio central del siglo (aunque es un adjetivo que puede aplicarse tanto a los discípulos de las grandes figuras italianas de comienzos del XVI como al periodo post-tridentino y hasta el comienzo del siglo XVII); «romanista» se aplica al tercio final del siglo, caracterizado por las formas sobrias de Gaspar Becerra y el gran proyecto escurialense.

En España, la estética renacentista tardó en imponerse, debido al arraigo de las formas góticas o hispanoflamencas. En un primer momento, las formas italianizantes aparecen tímidamente en los retablos (al igual que lo hacía en la arquitectura), en forma de detalles decorativos. Sólo avanzado el siglo XVI se conforma una estética novedosa: el estilo plateresco, del que León no fue ajeno; y tampoco esa línea que forma ahora el este de la provincia, el sures, especialmente, si se excluyen los ejemplos más septentrionales de Yugueros y Cistierna.

El retablo plateresco combina elementos gotizantes con otros de raigambre italiana, caracterizándose por su carácter narrativo (relieves o pinturas) y el desarrollo del tabernáculo que adopta una posición central y prominente. Los retablos platerescos son generalmente muy planos, configurándose mediante pilastras o semicolumnas, con la novedad del balaustre como soporte. La decoración suele ser estilizada y menuda, en forma de grutescos, veneras, cabezas de querubines, angelotes o roleos..., con la aparición de nuevas tipologías formales, como los relieves circulares o los realizados en stiacciato.

Para comprender la expansión del arte plateresco en los retablos leonesas hay que abrir una ventana al quehacer de Juan de Flandes; relevante, desde que se trasladó a Palencia, tras la muerte de Isabel la Católica, e impulsó una floreciente escuela de pintura, cuyo centro más representativo se localizó en Paredes de Nava; la corriente pictórica llegó al sureste Leonés, y avanzó Cea arriba, hasta dejar huella artística en los asentamientos más importantes, en los valles de paso hacia el Esla. La razón por la que el plateresco llegó a estas localidades leonesas responde a la posición floreciente de estos asentamientos, que se puede explicar por la riqueza de los pueblos en aquella época, con una economía basada en la recolección de materias primas, de la agricultura o derivados. Riqueza achacable a unas buenas cosechas y también al mercado de lana con Flandes; varios seguidores de este pintor, instruidos al amparo de la escuela creada en torno a Palencia, recrearon en retablos la vida y pasión de Cristo, contenido y discurso esencial en muchas de las recreaciones de estos armazones artísticos, dominados por el empeño de ensambladores y de esa otra dedicación del dorador, tan relevante para enfatizar el contorno de los episodios del relato.

La nómina de pintores que llegaron hasta las vegas bajas el Cea contratados para ilustrar las iglesias con este legado del plateresco, se forma con artistas tan representativos como a Cristóbal de Colmenares, Jean de Agnes, Guillermo Doncel y Martín Alonso. Su talento se refleja en los retablos leoneses del plateresco que ahora forman parte de una ruta artística que repercute de forma notable en la puesta en valor de los recursos endógenos del sureste de la provincia leonesa, desde el corazón de Campos a ese vértice de la montaña leonesa, al que se llega Cea arriba, en un serpenteo por los recovecos del floreciente siglo XVI en una zona castigada especialmente por el abandono y el olvido. Su reserva cultural ejerce de motor, de reclamo para un viaje íntimo, en el que desborda la belleza de las piezas únicas; únicas hace casi siglos; únicas ahora para los protagonistas de este viaje fascinante.

Retablos floridos de león
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