miércoles. 07.12.2022
                      Vincenzo Penterian
Vincenzo Penterian

cristina fanjul

Marta del Riego ha escrito una obra que se lee como los clásicos, con la conciencia de que estás ante una historia que es mucho más que eso, ante una novela en la que el eco de todo lo perenne está escrito con la voz poética de lo trágico y hermoso.

—¿Hasta qué punto la infertilidad de la protagonista es un trasunto del territorio leonés?

—Antes, una mujer infértil se consideraba como tierra baldía, tierra improductiva, tierra que no daba fruto. Fíjate que las viñas siempre se plantaron en esos terrenos, si un terreno no valía para el trigo o la cebada se sembraba de centeno, que era lo único que ruchaba en las peores tierras. Y si no valía ni para centeno, se ponía una viña. Así que las vides crecían entre cantos o sobre arena, y el milagro es que daban un fruto mágico, cargado de zumo. La protagonista de mi novela no puede tener hijos y piensa que la fertilidad de la tierra, de las uvas, sustituirá a su propia fertilidad. Es una especie de justicia poética. Y vuelve a su tierra, a León, para rescatar las viñas de la familia y hacerlas fértiles. Así que, claro que podría ser una metáfora de nuestra tierra. Una provincia que se está quedando vacía, yerma. Pero no es una tierra improductiva, es una tierra que da fruto, buenos productos agrícolas y ganaderos, buen vino y, desde luego, fruto intelectual, talento, escritores, poetas, artistas, yo diría que es una tierra a la que se está maltratando, le están haciendo un tratamiento de infertilidad, casi una esterilización forzosa. Se queda fuera de cualquier plan de mejora, se cierran las minas, las estaciones, se vuelan las centrales térmicas, y se planean cientos de parque eólicos que arrasarán uno de los patrimonios naturales más ricos y salvajes de Europa.

—El libro puede leerse como una trama policiaca pero, en el fondo, rezuma tanta poesía que no deja de ser una obra de emociones. ¿Cómo lo fraguaste al comenzar a escribir?

—La verdad es que esta historia me sobrepasó. Empezó a crecer y a oscurecerse. Tardé más de cuatro años en terminarla. Tiene una trama negra y hay violencia porque la violencia está en nosotros, en el campo y en la ciudad. Se habla del suicidio porque lo he visto y lo veo a mi alrededor. No es una novela de género negro, la trama negra es parte de la vida. La sangre es parte de la vida. La gente sufre, la gente pelea, la gente se equivoca. Yo no juzgo. Dejo que los personajes actúen y comentan errores. Nadie es bueno o malo, todos tienen una cara de luz y una cara de oscuridad. Es una obra de ficción, pero muchas historias son historias que he escuchado desde niña. Parientes que se suicidaron. Compañeros del colegio que se metieron en la droga. Leyendas y supersticiones leonesas que me contaba mi abuela…

—Me fascina cómo has construido el personaje de la madre. Es como una heroína griega. ¿Tiene base real?

—La madre es un personaje muy contradictorio, quizá por eso sea tan magnético. Es una científica de mente brillante que poco a poco va cayendo en la locura, que ve cómo su mente se aleja de la realidad y se deja atrapar en ese mundo mágico de leyendas y sucesos inexplicables que le contaban de niña. Además, siempre rodeada de pájaros, los pájaros tienen una cosa muy ancestral, son seres libres que están a nuestro alrededor, pero muy lejos, son capaces de volar, de ver el mundo desde otra perspectiva. Luego está ese amor incondicional que siente por su marido, un amor superior al que siente por sus hijos. ¿Le hace eso ser mala madre? Me interesa la idea del amor de pareja entre los padres. ¿Cuándo tienes un hijo dejas de ser pareja y te conviertes solo en madre? Ella tiene un conflicto con la maternidad, cree que al perder a su madre en la infancia, nunca aprendió a ser buena madre. Pero, ¿qué es ser buena madre? Todo eso son preguntas que están ahí. Y son preguntas que yo me he hecho como madre. Pero el personaje no tiene base real. Pienso que es el menos «real» de mis personajes. Como yo perdí a mi madre hace muchos años, me puedo permitir fantasear con ese personaje. Con mi padre es distinto, murió cuando estaba terminando mi novela, así que sigue ahí, intacto en mi imaginario, por eso en ese padre de Icia hay mucho del mío. Del amor que me inculcó por la tierra, del respeto por las gentes que la trabajan.

—Las vides, el Prieto Picudo, el arraigo a la tierra son el verdadero protagonista de la obra, como en las grandes novelas clásicas. ¿El hombre no es más que quien cuenta la historia del territorio?

—Exacto, una idea muy buena. En esta novela, y en la próxima aún más, la tierra manda, manda el paisaje, la naturaleza. Los personajes lo son porque están insertos en un paisaje. Eres la voz antigua de la tierra, eso me lo dijo Juan Pedro Aparicio en una presentación y me apropio de la frase. Quiero serlo, pero no de una forma costumbrista, si no de una forma auténtica. Creo que todos tenemos dentro esa voz y en estos momentos de emergencia climática, debemos escuchar esa voz. Y yo, donde más la escucho, es en los paisajes en los que me crié, quizá porque entiendo su lengua, su luz, en La Cabrera, en las riberas del Órbigo, en Luna, Babia, en la montaña. Pero es un sentimiento universal. Me gustaría que si esta novela la lee alguien de, pongamos, Montana, se sienta tocado por la misma emoción que si la lee alguien de aquí. Miguel Torga dijo que lo universal es lo local sin paredes y creo absolutamente en esa afirmación.

—Tú eres periodista. ¿Cómo ves la profesión ante este cambio de era que estamos viviendo y del que no somos conscientes del todo? ¿Es posible hacer periodismo hoy en día o es un esfuerzo inútil?

—Creo que el periodismo es necesario. Pero su función ha cambiado ligeramente: no es la de informar, sino la de enseñarnos a discernir la verdad. El periodista es un profesional que te cuenta la actualidad de una forma objetiva, es una fuente fidedigna. Con este magma de información en el que nadamos, tener ese faro que nos guíe es esencial. Tenemos que formar a los nuevos periodistas en las nuevas realidades digitales, pero sin dejar de lado que su función es y será contar la verdad e ir a las fuentes primarias de la noticia.

—La esperanza podría ser la protagonista de la novela, de hecho parece el motor de la historia pese y contra todo. ¿Lo buscaste o la historia te fue llevando hacia allí?

—(Se ríe) Mira, un día mi hermano, que es siempre mi primer lector, me dijo: eres una optimista irredenta. La verdad es que nunca lo había pensado, pero quizá tenga razón. A pesar de la negrura y de la tensión y del dolor que hay en la historia, creo que la terminas con una sensación de luz. Es un «hay que vivir, y además, ser feliz», como dice el padre de la protagonista y como me dijo mi padre una vez en un momento duro en mi vida. Es un lema que me acompaña siempre.

—¿Crees que León, el territorio del Viejo Reino tiene alguna posibilidad o acabará diluyéndose de manera irremediable?

—Difícil pregunta. Y más para los que crecimos con la sensación de que esto estaba muerto… No sé tú, pero en mi adolescencia, ese sentimiento era el que predominaba a mi alrededor. Yo sabía que me iba a tener que ir de La Bañeza y eso me producía una grandísima angustia. Y cuando me fui no lo hice convencida y contenta de irme, lo hice porque una voz en mi interior repetía todo el rato «esto está muerto hay que irse». Partiendo de ahí, ser optimista sobre nuestra tierra se convierte en un ejercicio de voluntad. Existe un sentimiento de injusticia tan arraigado y tan global y transversal entre nosotros, que es imposible pasarlo por alto. Está claro que hay algo que no funciona en la estructura geopolítica en la que nos integramos. Lo dicen las cifras de despoblación, las cifras económicas, y nos lo dice el corazón. No sé si en algún momento esto tendrá solución. Veo un resquicio en esas ganas de vuelta a lo rural que nacieron durante la pandemia y la posibilidad del teletrabajo. Y, curiosamente, en el cambio climático. Con veranos de 50 grados, León es un oasis. ¿Quién no querría venir a vivir a una tierra cruzada por ríos, con noches frescas y bosques y montañas? Pero claro, un oasis amenazado por incendios, parques eólicos y solares que hay que proteger y cuidar.

—Se explica mejor la realidad desde la literatura que desde el periodismo ¿verdad?

—Yo la explico mejor; a mí me la explican mejor. Quizá porque una novela es un universo entero y puede ofrecer una visión muy global. Mientras que el periodismo no deja de ser la foto finish, el retrato de un instante congelado en el tiempo. Sin embargo, a mí me encanta el periodismo y era muy feliz escribiendo reportajes y, sobre todo, entrevistas. Esa intimidad que consigues con el entrevistado, esas intuiciones sobre él, el análisis psicológico. Me gusta muchísimo el género del perfil largo, como lo los de Svetlana Alexiévich en Voces de Chernobil o los de Leila Guerriero. De hecho, hice mi tesis doctoral sobre ello. Me gustaría escribir un libro de perfiles sobre la gente del campo. Creo que visto de cerca, nadie es normal, como dice el periodista Julio Villanueva Chang, es decir, todo el mundo es especial y tiene algo interesante que contar. Pero lo que me falta es tiempo…

—¿Cuánto hay de realidad en la obra? ¿Hasta dónde eres tú?

—En la indagación de los personajes siempre entras dentro de ti misma y llevas al extremo sentimientos que han sido tuyos alguna vez. Utilizo materiales que tomo de aquí y de allá, como una urraca que coge todo lo que brilla. Me apropio de historias que escucho. Que leo en el periódico. Y luego está la parte de mis deseos y aspiraciones íntimos que he volcado ahí: ese querer volver a la tierra. Que me hace estar con un pie en Madrid y otro aquí.

—¿Nuevos proyectos a la vista?

—¿Qué sería de una escritora si no estuviera ya pensando en su próximo libro? Estoy terminando una novela ambientada en la Cordillera Cantábrica, en el norte de León, que transcurre entre rebaños trashumantes y osos. También he puesto textos a un libro-joya de fotografía sobre las minas abandonadas en la Cordillera, en León y Asturias. Es un trabajo en blanco y negro, con cierto aire gótico, de peli de Tim Burton, y estamos en busca de editorial. La Cordillera me parece un concepto literario precioso: el paisaje de montaña pelada y de prados y de bosques; sus habitantes, los pastores, los vaqueiros, las yeguadas; la lengua y la música folk; tanto la parte leonesa, Babia, Luna, Alto Sil, Laciana, como la parte asturiana. Además, en breve voy a publicar un poemario con Eolas, que tiene mucho que ver con mi novela, se titula Flores de Sangre sobre la Hierba. Un poemario sobre una mujer que son muchas mujeres, y su relación con la tierra y la naturaleza. Ya ves, me siento tan fértil como las viñas de mi novela.

«Ser optimista sobre nuestra tierra se convierte en un ejercicio de voluntad»
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