jueves 24/6/21

‘Stuka’

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ALAS DE GAVIOTA INVERTIDA. tren de aterrizaje carenado. El fuselaje de duraluminio, completamente metálico. Y los flaps de aleación.

Pernos de acero para soportar la tensión. Mallas de amianto como cortafuegos. Dos depósitos de refrigeración, entre la hélice y el motor y bajo el propulsor. Carlinga doble, para el piloto y el artillero. Y el morro afilado sobre la boca abierta del radiador, igual que un tiburón hambriento.

Que devora el aire.

La primera vez que Heiko Weber contempló un Stuka en el hangar de la fábrica de Junkers en Dessau pensó que el diablo había adoptado la forma de un avión. Este es el modelo 87, le dijo el ingeniero que se lo enseñó. En cuanto aprendas a volarlo podrás lanzarte en picado contra un objetivo en tierra y soltar una bomba con la máxima precisión.

Y Heiko, que vestía el uniforme de la Luftwaffe y había aprendido a volar en biplanos mucho más lentos, se imaginó lo que sería tentar a la muerte en aquel aparato que le miraba desafiante, como un perro salvaje, y decidió que había llegado la hora de domesticarlo.

AL DIABLO HAY QUE DARLE DE COMER, pensó Heiko Weber, teniente de la nueva aviación alemana, la primera vez que se sentó en la cabina del piloto, unos días después, y puso sus manos en los mandos del modelo 87. Hay que alimentarlo bien.

Y el ingeniero le explicó que en la sección central de las alas en voladizo había dos tanques que inyectaban el combustible al motor mediante una bomba hidráulica. Si la bomba falla lo puedes hacer de forma manual, le dijo. Y esta luz roja te avisa de que vuelas por encima de los límites de los depósitos.

A Heiko le gustó comprobar que el demonio también encontraba la forma de quejarse cuando tenía hambre.

Pero primero quería saber con quién estaba hablando.

Todavía no me has dicho tu nombre, le soltó al ingeniero mientras rozaba el altímetro de contacto con los dedos, concentraba la vista en la hélice de tres palas que coronaba el morro del escualo de duraluminio, y se imaginaba otra vez lo que sería caer en picado con aquel avión sobre una columna de suministros.

Tobias Schneider, le respondió el técnico. Soy algo más que un simple mecánico, aclaró a continuación, por si acaso.

Y Heiko Weber, que conocía el significado de los apellidos más comunes desde la escuela y estaba deseando que llegara el momento de elevar aquel pájaro del suelo, apartó la vista de la hélice y sonrió con sarcasmo al hombre que le mostraba las tripas de su nuevo avión.

Un sastre y un tejedor, le dijo, siempre forman un buen tándem.

Ilustracion de Juanjo Albares.

‘Stuka’
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