Diario de León

Memorias vividas (Capítulo 5)

Aquellos tiempos felices

Nació en una era convulsa, en plena República, en vísperas de varias guerras. Tiempos de dificultades, sacrificios y esfuerzo. Así fue la vida de Antonio Díaz Carro y así la recuerda

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Antonio Díaz Carro
León

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Como veníamos diciendo, eran tiempos de enormes carencias. Las viviendas estaban parcamente acondicionadas y el mobiliario, muy justito, se heredaba de los mayores. No había en el pueblo ninguna mueblería. Si se precisaba algo, se encargaba al ebanista. Casas con calefacción no habría más de tres; por regla general, se calentaban con la lumbre de la cocina económica, la bilbaína de hierro, que aquí se alimentaba con carbón, antracita en El Bierzo y hulla en otras zonas de la provincia. También se usaban estufas con el mismo carburante y braseros de carbón vegetal que solían colocarse en el interior de una mesa camilla. Cuando su calor descendía, enseguida encargaban a alguien ‘echar una firma’, que no era otra cosa, sino remover un poco las brasas con una badila.

Los dormitorios estaban helados. Cuando conseguíamos vencer la pereza, abandonábamos el calor de la cocina para ir a la alcoba con una bolsa de agua caliente o un ladrillo macizo envuelto en un paño o una hoja de periódico, única forma de calentar la cama.

Tampoco era muy satisfactoria la energía eléctrica. Había sido instalada a principios de siglo gracias a la fuerza de las aguas en un molino. Bastaba una ‘chubascada’, una pequeña tormenta, para quedarnos sin luz unas cuantas horas. Por eso se hacía necesario tener siempre a mano velas, quinques y candiles de carburo como los utilizados en la minería. Posteriormente, fueron sustituidos por lámparas eléctricas por el peligro de las explosiones de grisú.

Puede pensar el joven lector que vivíamos tristes… Nada más lejos de la realidad. La verdad es que estábamos contentos. a nuestra manera, éramos felices. No conocíamos más mundo que el que nos había tocado vivir. No había llegado la televisión para mostrar otras vivencias, otras formas de ser y de estar

La luz, al parecer de casi todo el mundo, era muy cara. En algunas casas iluminaban dos habitaciones con una sola bombilla conmutada que colocaban en un pequeño hueco abierto en la parte superior del tabique que separaba ambas estancias.

Los jóvenes aspirábamos a conseguir una linterna. Nos daba seguridad y cierta importancia. Competíamos con ellas para ver cuál iluminaba más lejos y el objetivo más deseado era la cumbre de la espadaña de la iglesia.

Puede pensar el joven lector que, a tenor de tantas carencias, vivíamos tristes, pesarosos, afligidos, acongojados… Nada más lejos de la realidad. La verdad es que estábamos contentos, risueños; a nuestra manera, éramos felices. No conocíamos más mundo que el que nos había tocado vivir. No había llegado la televisión para mostrar otras vivencias u otros espacios; otras formas de ser y de estar. A través de la prensa escrita y los informativos radiofónicos, llegaban del exterior solo noticias de guerra, revoluciones y otras catástrofes. Aquella era una vida tranquila y estable. Apenas había delincuencia, todo lo más pequeños hurtos y alguna pelea entre jóvenes con un vino de más. Destacaba una gran cohesión familiar, típica de los pueblos mediterráneos y también una gran solidaridad entre el vecindario. La diversión se buscaba en las fiestas patronales de los pueblos. Los domingos, en el cine, con cierta preferencia ya por las películas americanas. Solía decirse, no sé con qué fundamento, que las de La Metro se valoraban en virtud de los rugidos del león: si daba uno, regular; si dos, buena; tres, excelente…

FOTOS FAMILIA CARRO

Era costumbre disfrutar en verano con las meriendas campestres. Los domingos llenábamos grandes cestos con vituallas diversas y nos dirigíamos a las praderas cercanas a la orilla del río, para bañarnos a pesar de que las aguas bajaban negras.

En septiembre, las labores de vendimia se convertían siempre en un gran festival familiar. En El Bierzo, al contrario que en La Mancha, solían ser de tamaño reducido y diseminadas por los cuatro puntos cardinales, por eso la vendimia se prolongaba durante varios días. En los propios pequeños lagares se procedía a pisar y exprimir la uva, que se convertía en mosto y, en dos o tres meses, en vino. Como se mezclaba toda clase de uvas –blanca, negra, garnacha, mencía, tempranillo y hasta jerez–, el resultado ofrecía un vino clarete que, a veces, estaba bueno. Cuando la cosecha era muy abundante y había excedentes, existía la costumbre de abrir las bodegas particulares al público y se daba a conocer con una bandera blanca en la puerta. El vino se vendía vaso a vaso, cuartillo a cuartillo. El boca a boca anunciaba también las bodegas abiertas y, sobre todo, la calidad del vino.

La matanza del cerdo constituía también una gran fiesta. Se celebraba en invierno, generalmente en noviembre, de ahí el dicho de ‘hacer el sanmartino’, en clara referencia al día 11, onomástica del santo.

El ritual comenzaba ya a primera hora de la mañana, con la llegada del matarife. Provisto del instrumental adecuado, sacrificaba al animal mientras los hombres lo sujetaban y los niños tiraban del rabo. Después se quemaba con paja, para rasparlo y dejarlo bien pelado. A continuación, se abría el cuerpo por la mitad, en canal, para limpiar los intestinos y recuperar las tripas que, una vez bien limpias, se utilizaban en la fabricación de los embutidos. El gocho terminaba colgado de una viga en la bodega, donde pasaba la noche para orearse.

A la mañana siguiente, comenzaban los trabajos de preparación de las carnes. Generalmente, la mujer más entendida preparaba el mondongo y, acto seguido, se embutían los chorizos, los lomos, el botillo y las morcillas. Todas estas viandas y los restantes aprovechamientos se almacenaban en un sitio adecuado para hacer una fogata con madera algo verde, para ser curados con humo. En las zonas de alta montaña, la matanza –como se llamaba a todo aquel condumio– se secaba con las heladas.

Y cómo no recordar los magostos, fiesta juvenil por excelencia. Chicos y chicas apañaban en el campo un puñado de castañas que ponían a asar en una gran fogata preparada a base de sarmientos y palitroques. Cuando las castañas empezaban a saltar (explotaban), se retiraban del fuego y se dejaban enfriar tapadas con hojas verdes y piedras. Después, dándole marcha a la bota de vino, pelábamos y comíamos el fruto y nos manchábamos las manos y la cara, para terminar retozando, si se podía, los unos con las otras.

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