domingo 29/5/22
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josé enrique martínez

Cuando leo la poesía de Claudio Rodríguez, pongo por caso, me dominan sensaciones de fluidez, de percepción de un ritmo melodioso, sin quiebras ni rutas escabrosas; hay, en cambio, otra poesía más áspera, que parece discurrir por terrenos abruptos, con rupturas y ritmo ajenos a lo previsible, caso de Gamoneda y varios otros. No es la una mejor o peor que la otra. En los dos casos citados se trata de formidables poetas, tan apreciados por mí tanto el uno como el otro. Pero son opciones poéticas diferentes. La de Diego Vaya (Sevilla, 1980) y su Pulso solar pertenece al primer tipo: melodía acordada por medio del ritmo tradicional del endecasílabo y la sucesión de suaves encabalgamientos que favorecen la naturalidad del discurso expresivo. Cuando termino la lectura me queda esta impresión: ante las tormentas de la vida (tiempo, dolor, muerte…) uno va elaborando paraísos, y ninguno más personal que el que construimos con los que amamos en un espacio íntimo y familiar. Como escribe el poeta, la idea de paraíso va cambiando con cada tiempo, pero «quizás aquí seamos capaces de encontrar, / entre cuatro paredes y unas zonas comunes, / una nueva versión del Paraíso, al fin / hecha a nuestra medida». Un paraíso en el que habitan los seres más cercanos, un niño y una mujer. Al hijo aluden, no sin ternura, los primeros poemas, y no sin melancolía, pues siempre está sobrevolando la nube temporal afectando «a todo lo que alguna vez amamos» hasta el punto de sentir a veces cierta desesperanza tras «las manos, las palabras, la memoria», verso que puede resumir algunas incitaciones del poemario. El primer poema es uno de los más atractivos, guiado por una emoción transitiva, cuando «el tiempo no se oye», porque para el niño aún no existe, al igual que no percibe ese sentir del padre sobre «quién de los dos recibe o da la vida». La sombra temporal entenebrece incluso los poderosos impulsos del amor que cantan poemas como «Respiración del fuego». Otro hermoso poema es «El agua rota» en torno a una fotografía en la que el poeta se ve niño abrazado a la madre como empeño de apresar «todo lo que queremos que no se acabe nunca»; pero siempre el tiempo eclipsa el paraíso, y en otro poema se alude a la urna con la cenizas de la madre. Otra idea se reitera en los poemas, la de que nada vuelve. Es otra punzada más en la tela melancólica de un poemario en el que lo emotivo no empaña la cavilación sobre asuntos que tanto nos conciernen.

Todo lo que alguna vez amamos
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