lunes. 28.11.2022
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Estamos a tan solo unos días de que nuestras calles se engalanen de puestos para la venta de flores de todos los tipos y colores, sin embargo, una visión que en principio puede parecer tan festiva deja de serlo en cuanto la connotación cultural de este día, el 1 de noviembre cala en nosotros. Cuando tenía cinco años acudí por primera ver a un cementerio a llevar flores a mi bisabuelo y, lejos de recordarlo como un momento triste, tengo un recuerdo muy agradable de cómo la familia nos reunimos para hacer esta ofrenda floral. Esto me ha llevado a pensar muchas veces, cómo con el paso de los años y la influencia cultural de nuestro entorno, nuestra familia, la religión que procesamos, nos hace cambiar la manera de ver y entender tradiciones como puede ser la de conmemorar a nuestros difuntos o aún más complejo, nuestra visión sobre la muerte. De aquella visión infantil en la que las flores les llegarían a esas personas que ya no estaban entre nosotros y a las que les hacíamos un regalo, a una visión triste en la que el sentimiento de soledad y añoranza se intensifica. Y al observar cómo cambiamos nuestra percepción a lo largo de la vida, e incluso observando otras culturas, no puedo evitar preguntarme, ¿qué nos hace tan vulnerables ante la muerte y el recuerdo de nuestros seres queridos que han partido? ¿Somos acaso los seres humanos tan diferentes a lo largo y ancho de la tierra? En lo que a la vulnerabilidad se refiere, la visión sobre la muerte de la niñez a la adolescencia y estado adulto está marcado por el desarrollo de nuestra identidad que se forja en las fraguas de ese miedo a la muerte de nuestro entorno, miedo a lo desconocido, ese deseo de cosas materiales que no podremos disfrutar al morir, ese apego por lo terrenal, las lágrimas que observamos en los que nos rodean y la amenaza con ir al infierno si no somos buenas personas.

Y a la pregunta de si los seres humanos somos tan distintos, la respuesta es un sí rotundo en lo que a nuestras creencias en torno a la muerte en general y la festividad a nuestros difuntos en particular se refiere. Las diferencias son marcadas en función del lugar en el que vivimos, la familia en la que crecimos, el colegio, las amistades… todo influye. Así por ejemplo, mientras que en España y gran parte de Europa, países católicos y cristianos, tememos a la muerte por el castigo divino que podamos esperar si no somos fieles cumplidores de las tablas de la ley y nuestra tradición de recordar a los difuntos está llena de sufrimiento y lágrimas, otros países como México celebran el día de los difuntos decorando los cementerios con la intención de reunir en torno a las lápidas a toda la familia para recibir el alma del difunto que vuelve a casa, fortaleciendo así el recuerdo frente al olvido y convirtiendo esta tradición en un momento de disfrute.

En Latinoamérica la vitalidad que encierra sus rituales de despedida y costumbres en torno a la muerte, parece dejar de lado las despedidas dolorosas para celebrar la esperanza de una resurrección o de una mejor vida después de la muerte. Conocidas tradiciones también como la norteamericana Halloween, cada vez más presente en nuestro país, nos muestran como nuestra influencia cultural determinan nuestro sentir en torno a la muerte.   Ni que decir tiene la visión de otras culturas como las de tradición budista, hinduista o taoísta donde la muerte es necesaria para seguir alcanzando la iluminación tras ciclos de reencarnación, y no ajenos al dolor que supone la muerte de un ser querido, su carácter reflexivo y meditativo les ayuda a entender la muerte como camino a una nueva vida, llegando a considerar que las sociedades que niegan la muerte están negando también la vida. Países como China, Singapur, Japón, Camboya o Tailandia prolongan la festividad en honor a los difuntos durante varios días incluso meses en los cuales tratan de dirigir las almas aún no reencarnadas hacia su destino. Y aunque está clara que la influencia cultural y tradición familiar determina nuestras creencias, pensamientos y modos de actuar en torno a esta festividad del Día de los Difuntos no debemos pasar por alto que no existe ninguna certeza, ni verdad absoluta conocida en torno a la muerte, y por ello una de las mejores estrategias puede ser sin duda creer lo que a cada uno le haga sentir mayor bienestar y tranquilidad en torno a esta, y elegir lo que cada uno desea sentir sobre el reencuentro o no con sus seres queridos. Tampoco podemos perder de vista cómo el tiempo y el cambio generacional cada vez más acelerado, en esta era de la información variada y cambiante a la que actualmente nos enfrentamos, están provocando un giro de trescientos sesenta grados sobre cómo las nuevas generaciones ven la muerte y festejan estos días de honrada tradición familiar, algo que para los más bucólicos como yo puede resultar melancólico, el pensar cómo tradiciones de tantos años pueden perderse en el olvido.

Todos los Santos. Tradición con marcado carácter cultural
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