viernes. 27.01.2023

La venganza de los bibliotecarios

El escocés Tom Gauld es un maestro de la síntesis, un don que traslada a sus viñetas, donde utiliza la ironía y el humor para acercarse a mundos tan a priori estancos como la ciencia o la creación literaria, diana de su último libro ‘La venganza de los bibliotecarios’.
                      El escritor escocés Tom Gauld
El escritor escocés Tom Gauld

sergio andreu

GGauld (1976), un confeso apasionado de los libros, ha visitado estos días Barcelona y Madrid para presentar esta recopilación de algunos de los trabajos que publica en The Guardian.

Con ese reconocible y sencillo estilo gráfico –en ocasiones, simples monigotes, apenas perfilados— pero con una profunda, flemática, carga de sarcasmo, Gauld es capaz de poner patas arriba, una a una, todas las estancias del elitista mundillo literario. «La idea de la ‘venganza’ surgió cuando el gobierno británico anunció recortes a las bibliotecas, quise hacer una tira apoyándoles y, como estas personas suelen ser unas personas encantadoras, pensé en convertirlos en villanos, que se apoderaran del mundo, así todo sería más divertido», comenta en una entrevista con Efe. Para Gauld, los bibliotecarios son «un verdadero símbolo del amor más puro hacia la lectura y los libros, libres del ego del autor», o incluso, de la vertiente comercial que ofrecen las librerías. Esta «venganza» parte de los bibliotecarios pero no se detiene ahí, exhibe el circo de tres pistas del mercado editorial, sus rituales, sus combates de vanidad, de falsa modestia o directamente de envidia por el éxito ajeno, que Gauld trata de forma compasiva, sin olvidar en esta «kermesse» a autores, editores, personajes novelescos, críticos y, por supuesto, lectores.

Y lo hace todo con la diversidad formal que le caracteriza, en la que igual cabe un microrrelato pandémico inspirado en Kafka que unos tronchantes pasatiempos como el sistema para crear tramas de novelas de suspense o títulos de superventas, mezclando palabras de forma aleatoria, o «tuneándolos» directamente para una versión veraniega («Jane Airbnb», «Historia de dos ciudades de fin semana»...).

O, por qué no, se atreve a especular sobre supuestos momentos de la historia de la literatura: esa visita de Joyce a su editora para presentarle el «Ulises», quien a cambio sugiere al escritor irlandés que convierta a su Leopold Bloom en detective, porque los thrillers, obviamente, venden mucho, mucho más que el «modernismo literario». Es difícil por eso encasillar a Gauld, creador que juega además con el continente, con el formato de la tira, desde una sola viñeta a un mosaico de ventanitas, laberintos secuenciales en los que el lector se ha de dejar guiar como un juego, una fórmula visible también en su anterior recopilatorio «El Departamento de las teorías alucinantes», donde ponía a los científicos bajo la lupa de su microscopio gráfico.

«Me gusta hacer una tira cómica con 25 paneles, u otra que se lea al revés... cuando estoy encallado con las ideas pienso en el formato, a veces surge una idea y es a tres viñetas y en otras lo interesante es ver cómo se traslada a algo visual. No podría haber hecho una tira diaria durante 17 años si no pudiera ir jugando con el formato, me hubiera aburrido», comenta el autor, premio Eisner en 2018 por En la cocina con Kafka. Y el humor como médula, un humor que surge, dice, de la imperfección. «El humor se basa en que las cosas no vayan bien, yo me centro en lo peor de cada cosa. Los autores han de ser arrogantes; los críticos, malas personas; pero a veces me siento mal cuando represento crueles a los editores, porque los míos siempre han sido fantásticos conmigo», se justifica Gauld, riendo.

El autor, que también colabora con The New Yorker y New Scientist, va siempre con varias libretas encima —tiene decenas guardadas— donde apunta las ideas que le surgen mientras «hace cosas» en su día a día, y aunque algunas no funcionen al principio, las guarda como «compostaje» por si, «quién sabe», las puede reutilizar más adelante.

«Lo más importante es que se te ocurra la idea. Tengo un estilo muy sencillo, dibujo como cuando tenía doce años, muy esquemático, diagramático. Cuando la idea me viene, ya está casi todo el trabajo hecho. La mayor parte del tiempo lo dedico a pensar, es muy difícil tener ideas, no puedes ponerte a ello. Lo que hago es pasear, hablar conmigo mismo, escuchar... con el libro de bocetos abierto», explica acerca de su (productivo) método de trabajo.

Recientemente ha dado el paso a la literatura gráfica para niños con «El robot de madera y la princesa tronco» (Salamandra Kids), que es en el fondo, desvela, una especie de guion de actuación para madres y padres poco habituados a contar cuentos, una historia que se inventó para que sus propias hijas se durmieran y en la que explora también, de refilón, otra de sus filias, el mundo robótico -»me gustan, son más fáciles de dibujar que los humanos»- y la tecnología. «No quiero que los cómics se vean como algo de la Edad Media, de alguien que está todo el día quejándose del hombre moderno por sus tik tok y sus instagram. Me gusta jugar con la tecnología en mis tiras y reírme de ella, pero sin parecer un negacionista tecnológico», remarca Gauld.

La venganza de los bibliotecarios
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