miércoles 18/5/22
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josé enrique martínez

Sigo la senda lírica de Ioana Gruia desde que conocí en Granada su joven entusiasmo científico y su fervor por la lengua y la literatura de adopción. Nació en Bucarest, se formó en España y aquí ha publicado novelas, ensayos críticos y poemarios amparados por algún premio de relieve, entre ellos Carrusel (2016) y el que ahora comento, La luz que enciende el cuerpo. Comienzo leyendo los versos que dan título al libro: «Hay una luz que solo enciende el cuerpo, / igual que las ventanas en la noche, / trozos de resplandor en la tiniebla». Lo que el poema celebra es, en efecto, el cuerpo, no en abstracto, sino en un acto de amor, de pasión carnal que ilumina los cuerpos enredados en el placer, «un cuerpo-resplandor al que me agarro / si me amenazan turbias las tinieblas». «Ventana» es una palabra esencial en el poemario. La ventana es el límite entre la intimidad y lo de fuera, puede abrirse a la luz o cerrarse al frío; por la ventana miramos el mundo, como la célebre Muchacha en la ventana, de Dalí. Pero Ioana Gruia se detiene en Las mujeres de Hopper, título de la primera sección del poemario. El norteamericano pintó cuadros con mujeres solitarias que desprenden no sé si un cierto desamparo. La sección la componen cinco poemas sobre sendos lienzos del pintor, lo que da pie a pensar la lectura con una reproducción del cuadro ante los ojos. El poema es un ser autónomo, pero el brotado de una figura pictórica no deja de tener una naturaleza vicaria, pues si nace del cuadro, a él remite. El intercambio entre poesía y pintura atraviesa todas las épocas, pero en la actualidad conoce una verdadera hipertrofia. Se suele hablar en estos casos de écfrasis o descripción, pero lo que hace la poeta es interpretar, no técnica sino poéticamente, añadiendo a la figuración pictórica pensamientos, imaginación, sueños, deseos, proyectando en ella la propia sensibilidad.

La mujer en la ventana, en la que se reconoce el yo de la poeta, sigue estando presente en muchos otros poemas, reflejando momentos de reflexión o de ensoñación, de recuerdos empañados por el vaho de la infancia. Otras palabras van dando unidad al poemario, como cuerpo, fuego, incendio, luz, también fracaso. Los poemas últimos alumbran símbolos fértiles en connotaciones, como el faro al que tal vez no se llegue nunca y ni siquiera exista, o el jardín, imagen acaso del algún paraíso ya cerrado si no es a la memoria, al ensueño o a la añoranza.

De vez en cuando miro por la ventana
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