martes 07.07.2020
Desconfinados en la aldea

Cómo vivir una pandemia a los 93 años en soledad

Gumersindo Santín cuenta su peripecia de encierro en su casa de Chan de Villar (Balboa) y los desvelos de su cuidadora a domicilio
Gumersindo Santín Santín, en su casa de Chan de Villar, donde se conserva bien y vive solo M. FÉLIX
Gumersindo Santín Santín, en su casa de Chan de Villar, donde se conserva bien y vive solo M. FÉLIX

Gumersindo Santín es un claro ejemplo de vitalismo y esperanza ante la adversidad. A sus 93 años, su mochila de vida la lleva cargada de trabajo y sacrificios, con miles de experiencias que enmarca en su positivismo.

Los momentos históricos de este país han sido caprichosos con él. Parecen haberlo situado en los extremos: Con 9 años le estalló la Guerra Civil Española; y ahora, con 93, está pasando la pandemia del coronavirus en soledad. Eso sí, ayudado por Adela Mouriz, la cuidadora que acude a su domicilio, como al de otros ancianos de pueblos del entorno, para que no le falta de nada.

El señor Sindo vive solo en uno de esos casones de pueblo pensados para albergar familias numerosas. Vive rodeado de castaños y robles en la aldea de Chan de Villar, situada en un privilegiado mirador de naciente hacia el valle de Balboa, municipio al que pertenece. Sindo perdió hace tiempo a su mujer, pero no quiso ir a una residencia. Tiene cuatro nietos y tres hijos; el pequeño en Bilbao y los otros dos en Madrid (uno es Pedro Santín Fernández, que fue concejal socialista en el Ayuntamiento madrileño y también exdiputado por la Asamblea de Madrid).

A sus 93 años, Santín quiso contar sus vivencias de pandemia tras ver en este periódico a otro Santín —a Manuel, el de Balboa— plantando tomates a sus 95 años el primer día de la fase 1 de confinamiento.

Descubrir la videoconferencia

Gumersindo Santín dice que ha visto mucho en la vida y que ahora no tiene miedo a nada. «No tengo miedo y eso que sé que me toca irme, porque este bicho va a por los mayores. Sé que tengo que marchar como todos, unos antes y otros más tarde. Pero ahora, lo único por lo que siento es por mis hijos, por los jóvenes, por el futuro de ellos».

La entrevista con Santín se produce en la amplia terraza de su casa, en una improvisada tertulia en la que participa el que fuera alcalde de Balboa, José Manuel Gutiérrez Monteserín. El exalcalde retirado de la política lleva una botella de buen vino casero y unos chorizos, de esos de matanza de pueblo. Sindo también se anima a probar el vino y Adela, su cuidadora, ante el ofrecimiento del segundo vaso, le recuerda la medicación que toma. Sindo acepta el consejo y sigue con su relato. «Esta mujer es muy buena, me cuida mucho y en estos días de encierro ha sido muy importante para llevarlo mejor; para mí y sé que mara muchos más». Cuenta incluso que le ha descubierto las nuevas tecnologías, ya que pudo ver a sus hijos y a sus nietos a través de una videoconferencia por el teléfono móvil. «¡Una cosa algo impensable hace tiempo, ver a mi familia ahí al lado, moverse y hablando conmigo por el teléfono!».

La casa de a troba

Santín conserva una memoria de elefante, tan grande como su estatura. Recita sin titubear los nombres de los vecinos de los pueblos circundantes, y casi la lista completa de su parentesco, con datos precisos. No se olvida de historias y vivencias de tiempos difíciles de postguerra, de su vecina Encarnación Santín López, conocida como A Troba, por ser una integrante de la casa de As Trobas, procedente del pueblo de Pumarín. A Encarnación le mataron al marido y a ella la encarcelaron, dejando prácticamente en la calle (luego los recogió el hospicio diocesano y varios hicieron carrera) a su prole de ocho hijos. El único delito de Encarnación fue tener siempre un puchero caliente y la casa abierta para los huidos al monte, —los que llamaban rojos, incluso sin serlo, y también para los nacionales, incluso sin serlo también—. Su casa era la casa de A Troba y la fiesta y la sana alegría no se desdeñaba. Hoy, en Chan de Villar aún se pueden ver los restos de aquel humilde caserón de A Troba, cuyo su único mal cometido fue dar cobijo a todos.

Chan de Villar aparece con 14 habitantes censados en 2016 y hoy es el claro ejemplo de la vida pausada del pueblo. Hay casas viejas que se están perdiendo, pero también las hay nuevas, construidas por hijos de esa tierra que no renuncian a sus raíces. Sindo Santín cree que esta pandemia ha dado más valor a los pueblos, porque los que viven en la ciudad lo pasaron muy mal encerrados en sus pisos pequeños, sin ver el sol y la naturaleza.

La libertad

«La libertad se nos cortó con esta epidemia. El trabajo veremos si lo vuelven a recuperar y yo creo que las ayudas del Gobierno no dan para tanto; la vaca no da leche para tanta boca y habrá que intentar buscar soluciones, porque ahora la política ya no es ni nacional, ni europea, es mundial ante lo que nos está pasando», reflexiona Santín. «Yo, si no me quitan la pequeña pensión que cobro, con eso voy comiendo, pero los hijos, ¿qué pasará con ellos? Aunque tengo que decir que siempre se sale adelante».

Cómo vivir una pandemia a los 93 años en soledad