Diario de León

Día 63

El pintor de los abrazos

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Ponferrada

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Es una paradoja muy triste que Juan Genovés, el pintor de los abrazos y las multitudes, haya muerto estos días en que no podemos tocarnos.

«Yo nací en 1930, por lo que la guerra atravesó mi infancia. Los hechos que viví en ese periodo se me quedaron como un hachazo en el cerebro», decía hace unos meses en una de sus últimas entrevistas con el diario  ABC.  «Cada cuadro que pintaba -añadía el artista valenciano- era una manera de quitarme un peso de encima».

Y entre imágenes pintadas a vista pájaro, entre todas esas masas de personas que corren en oleadas sobre grandes espacios abiertos, sin calles, sin casas, sin árboles, solo el lienzo en blanco, sobresale un cuadro convertido en símbolo de la Transición:  El abrazo , todo un icono de nuestro tiempo que por fin cuelga de las paredes del Congreso de los Diputados. «Una oda al reencuentro y a las posibilidades de la política», lo define el periodista de  ABC , Javier Díaz-Guardiola. Y cada día que pasa en medio de tanto ruido y tanto enojo -está crisis también ha hecho emerger lo peor de nosotros- se hace más grande ese abrazo de Genovés.

Utilizado como cartel por la Junta Democrática para reclamar la amnistía política, la obra ya le había costado una detención al pintor en un momento en que España se asomaba a la democracia después de cuarenta años de sombras.

« El abrazo , nació en la clandestinidad y está escondido clandestinamente», se quejaba años atrás el pintor del sueño interminable -así le llama Manuel Vicent- porque el cuadro, vendido en su día a un coleccionista extranjero y recuperado por el Gobierno de España poco después, languidecía en un almacén del Museo de Arte Reina Sofía, alejado de la vista del público. Solo cuando la Constitución cumplió cuarenta años, hace muy poco de eso,  El abrazo  salió de la clandestinidad para ocupar un lugar de privilegio en el Congreso de los Diputados; la sala presidencial del hemiciclo.

Y una escultura basada en la misma obra, hay que recordarlo, homenajea en la calle Atocha de Madrid a los abogados laboralistas asesinados en su despacho por pistoleros de la ultraderecha, allá por el año 1977, y convertidos en otro símbolo de la Transición.

Juan Genovés también es el pintor de las muchedumbres. Criaturas que no dejan de correr en busca de la armonía, de la paz y de la justicia, solía contar el artista. Y pintó hasta el último día, movido por esa ansiedad que transmiten los personajes de sus cuadros. «Se levantaba a las cuatro de la madrugada. Comenzaba a trabajar bajo el sonido de los pájaros. Lo que estaba fuera del lienzo ya no existía», escribe Vicent en  El País  el día de su muerte. «A Juan Genovés le mantuvo vivo la ingenuidad en la lucha creativa por sus ideas marxistas», añade el escritor de Castellón, que conoció bien al pintor de los abrazos, un hombre que decía cosas como esta: «El día que los españoles dejemos de hablar de nosotros mismos en clave de buenos y malos  El abrazo  se habrá completado», afirmaba Genovés.

Y si es muy común llamar ingenuos a los idealistas, mucho más estos días tan canallas, donde la gente no se toca.

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