domingo. 26.06.2022
bruque
MANUEL BRUQUE

A Eric Clapton le llamaban ‘mano lenta’, y es un tema que en cuanto sale se habla del porqué, aunque todo el mundo lo sabe. Son esos lugares comunes, de los que a veces huíamos como alma que llevaba el Diablo pero que ahora estamos deseosos de que se repitan. Me acordé de él por lo de correr mañana. Escuchando su música me vino a la cabeza: este mañana no corre, pensando en otro músico leonés, Arsel Randez, del que un día escribí que practicaba con destreza aquello de que correr era de cobardes. Pero hay muchos que se merecen un sábado para desfogar. No les molestaré. Ese es mi plan. Embebido con la canción Tears in heaven, de una belleza dramática que te hace volver a ella, empezaba la mañana. Y al hilo de Clapton, pensando en niños, hijos. Entonces fue cuando recibí una llamada importante. El día recomenzaba así con una de esas conversaciones que llegan desde la autoridad competente. En las que hay que escuchar en serio.

Cuando esto acabe, que creo que queda menos, y vengas, ¿qué quieres comer? Espaguetis hechos como a ti te gustan. No, hombre, digo de dulce, brownie o algo así... Pues brownie. No están las cosas como para jugársela y no acertar con el menú y perderse una invitación. Aunque sea una comida pendiente hay que ir haciendo agenda. Y tampoco es que fueran, rigurosamente, preguntas con respuesta, pero conviene acertar a la primera en lugar de improvisar. Si el cálculo de una niña de 8 años funciona con exactitud infantil, sigamos sus pasos: queda menos. Rápidamente me di cuenta de que ese queda menos lo he leído y oído en bastantes soportes, pero a veces la credibilidad tiene más posibilidades desde la intuición de los pequeños que desde la elaboración. Lo que realmente me llamó la atención es que hasta ayer no había fijado un plazo para nada. Queda menos no es que sea muy concreto, pero ahí lo dejó. Es una forma de medir el tiempo en la edad de la inocencia, donde todo es posible, donde la impaciencia es una fuente de posibilidades. Ahora estamos debatiéndonos en a ver a qué encuentros y en qué fase podremos hacer algo que sea lo siguiente. Apliquemos la inocencia, como la que veo por la ventana en dos hermanos pequeños que juegan casi sin moverse del sitio. Pienso en una inocencia que nos llene de medios para llegar al fin, o al de momento, pero llegar a algo.

Después de depositar todas las esperanzas en ese queda menos, que compro con los ojos cerrados, el día siguió. La mañana quedó así equilibrada. Todo ello en la misma mañana. Ni cantamos victoria ni siquiera la tarareamos. Pero en esa inocencia he pensado que puede haber un camino. Y que como no está reñida con el sentido común igual se convierte en una vía para afrontar las incertidumbres con los ojos abiertos y no cerrarlos a las primeras de cambio, puesto que las contrariedades no va a haber que buscarlas. sino que ya las tenemos delante. Es decir, que tardé en llegar a la ventana. Intenté abrirla como todos los días y se atascó. Pero solo fue un contratiempo. Se desatascó, y por ella misma se esfumó sin que yo hiciera nada por detenerla una historia demasiado kafkiana para estos días...

La edad de la inocencia