martes 18/1/22

Carlos Sexmilo García tiene ocho años recién cumplidos y dos hermanos que no le quitan los ojos de encima, Álvaro, el mayor, de nueve años, y Gonzalo, el pequeño. «Mi mamá me ha regalado un riñón», contesta el crío, abrazado a su madre, cuando le pregunto por su operación. Tan sencillo como lo cuenta un niño.

Fue el 16 de enero del 2013 en el hospital La Paz de Madrid, «ahora mi hijo es otro niño. Yo digo que tiene dos cumpleaños: el 23 de marzo y el 16 de enero», comenta María García Gutiérrez.

—«¿Y le vais a dar regalos ese día?», tercia Álvaro... expectante.

Su madre sonríe.

—«No es un cumpleaños exactamente. Es un día muy especial», le explica.

—«Pero, ¿le daréis regalos?»

Ya se verá.

— «Yo sólo tengo un cumpleaños», protesta Carlines.

Toda la familia está involucrada. Acaban de llegar de Madrid, de una revisión, y todo va bien. Un triunfo más, una sonrisa más, después de dos años y medio de lucha. Primero frente a la incertidumbre: «Carlos dejó de andar. Le iban a hacer una resonancia porque pensaban que era algo neurológico y en los análisis vieron que tenía la creatinina muy alta».

El diagnóstico: insuficiencia renal de origen inmunológico. El sistema defensivo jugó una mala pasada a sus riñones: «Menos mal que no le atacó al corazón», agrega Álvaro, que no pierde ripio de la conversación.

«Nada me lo impediría»

María no sabía que podía ser donante para librar a su hijo de la diálisis, a la que, por suerte, sólo estuvo atado durante tres meses. «Me lo plantearon de forma directa en La Paz. Ya hace 25 años que lo hacen con donante vivo y ahora tienen un caso cada semana. No lo dudé ni un momento», comenta.

Recuerda que en la entrevista con el comité de ética del hospital en un momento dado le preguntaron: «¿Qué le impediría dar este paso?». Ella fue rotunda: «Nada, nada me lo impediría». Y mucho menos un «pequeño inconveniente». Durante las pruebas médicas vieron que su riñón izquierdo, el más fácil de extraer, tenía una bifurcación.

Había que extraer el riñón derecho y para ello es necesaria una operación más agresiva. Una raja de más de 30 centímetros atraviesa su esbelta cintura por el lado derecho. María la muestra con orgullo y con mucha naturalidad. Sí, ella sí se siente más unida a su hijo desde que la operaron para sacarle un riñón que al niño le permitirá volver a vivir con normalidad. «Te vemos muy convencida», admitió el comité ético.

«Tu riñón parece un coral», le dijeron. Pero también le advirtieron, como a todas las madres donantes: «Tienes que ser consciente de que es un regalo que le haces a tu hijo. Ahora es suyo». Esto quiere decir que no puede estar detrás de su hijo, cuando crezca, recordándole que «tiene que cuidar su riñón, parece que es una cosa muy de madres», comenta.

La recuperación de la operación fue más lenta de lo habitual. Lo que peor llevaba María era estar separada de su hijo. «Yo estaba en el hospital de adultos y él en el infantil», apunta. Para esta madre que ha dado vida dos veces al mismo hijo todo lo que se haga por la donación es poco. Un sueño ronda su cabeza.

Todas las personas trasplantadas tienen que tomar inmunosupresores de por vida. «Son la parte fea del trasplante. Si tuviera mucho dinero crearía una fundación para investigar porque la insufiencia renal es una enfermedad olvidada», comenta. Como no duele, no se le da mucha importancia. Pero la sufre el 10% de la población. Mucha gente la lleva en silencio.

El recorrido suele terminar en la máquina de diálisis, el lugar donde Carlines ha dejado sus peores recuerdos de los dos últimos años: «Me dolía mucho la cabeza», cuenta. Pero el hospital es un lugar lleno de historias de niños y niñas como él: Fabiola, Valentín, Carlos, María... también viven con el riñón de un familiar.

No es obligatorio que el donante vivo sea un familiar, aunque hasta ahora es la norma. La excepción se hizo realidad con el primer trasplante en cadena, en el 2011. «Cuando en una familia no hay compatibilidad si se quiere se mete en una base de datos a la espera de otro caso donante vivo que sea compatible», explica Víctor Sagredo, del Complejo Asistencial de Salamanca. Es el cruce de parejas.

«Mi mamá me ha regalado un riñón»
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