lunes 25.05.2020
| Crónica | Hechas a «facendera» |

Para el pueblo, que no del pueblo

Las casas sindicales acogieron durante décadas numerosas actividades, hasta que en los ochenta fueron recuperadas por la UGT. Muchos pensaban que eran bienes comunales
Eran las casas del pueblo, pero pertenecían a la UGT, no al ayuntamiento. «El pueblo quiso venderla, y tuvimos que ir al registro. Como siempre se llamó casa del pueblo creían que era de todos. Pero la habían levantado con sus manos los sindicalistas». Y el que no ponía el trabajo tenía que pagar una peseta al día, para los materiales. Eran los primeros años de la década de los 30, y en el valle de Laciana hervía la actividad sindical. Lo recuerdan Juan Carlos Álvarez, Leonardo Álvarez, Francisco Aller y Carlos Franco, sindicalistas lacianiegos de varias generaciones que entremezclan la construcción y la historia de un edificio hoy medio en ruinas con la de un siglo de lucha sindical. La de Genaro Arias El Patas , por ejemplo, líder ugetista que encabezó el alzamiento minero poco antes de la Guerra Civil y que fue ejecutado a garrote vil en San Marcos en 1937. «Tenía 34 años». Se ponía fin entonces a la actividad que compartían UGT y el Sindicato Minero Castellano, que utilizaban la casa del pueblo para organizar actividades deportivas, dar clases nocturnas de alfabetización, dar comida y ropa en épocas de dificultades,... Hasta que el Frente de Juventudes se adueñó del edificio, para abandonarlo después durante más de veinte años. Incluso un empresario metió allí su ganado y construyó pesebres. «Hubo protestas del pueblo, porque había costado mucho sacrificio hacerla». A principios de los años 70 la minería asturiana extendió hacia los valles leoneses el germen de un nuevo sindicalismo. «Aún era ilegal, pero ahí íbamos, a Mieres y a Sama, a aprender de la solidaridad asturiana. Aquí estábamos atrasados, pero en León no había nada de nada». Surgen los nombres de Blas Soto, «que vino de Santa Lucía»; de Varela, José Míguez, Paco Aller, Manuel, Leonardo,... Entre los primeros repuntes encontraron aún tiempo para rehacer el tejado de la casa del pueblo, a punto de derrumbarse sobre la historia del sindicalismo. Ellos mismos compraron los materiales. Fue a finales de los 80 cuando, de nuevo con la ayuda de los vecinos, acometieron la recuperación del edificio. Desde entonces se organizaron otra vez actividades: «Era la casa del pueblo en sentido amplio, todo lo que tenía que ver con el pueblo podía hacerse allí». Sin calefacción en el duro invierno de Laciana, sin luz desde que cerró el grupo minero al que estaban enganchados. Flor aguantó en las oficinas hasta el 2002. De ese año son los últimos calendarios que acumulan polvo en las destartaladas mesas, entre cuadros y posters de Pablo Iglesias y Largo Caballero; entre un pesado y amarillento tomo de normativa laboral y la guía para realizar la renta del 2000. Un ordenador Packard Bell deja constancia de los últimos avances que conoció este local, que envió a la Fundación 27 de Marzo, en Valderas, cuanto reunió durante la Marcha Negra. Un estilo bien distinto al que aún conservan paredes que piden a gritos una reforma en la casa del pueblo de Santa Lucía de Gordón. Un caserón donde entre archivadores metálicos y baldosas que han perdido fijeza se conservan aún algunos muebles de madera tallada, y una gran sala despejada, en la segunda planta, con el esqueleto de lo que fue una más que coqueta barra de bar. La sala de baile. «El suelo está hecho con raíles de la vía, y debajo no hay columnas. A veces bailaba tanta gente que el suelo se movía». Marcelino Pérez recuerda las grandes fiestas por Santa Bárbara y Santa Lucía, además de la actividad sindical; que se compaginaba con otras actividades menos reivindicativas: «Venían las mujeres a aprender judo, se repartían regalos por Reyes,...». Al margen de las clases de alfabetización, una de las materias en la que los sindicalistas pusieron mayor énfasis antes de que les fueran incautadas sus propiedades y su actividad fuera declarada ilegal. Después fue utilizada por el sindicato vertical, que mantuvo alguna de las actividades lúdicas. Incluso hubo un cine. «Lo abrió Vila, el del cine del Ferral». La casa del pueblo se levantó también con las manos de los trabajadores, en este caso con la ayuda en cuanto a materiales de la Hullera Vasco Leonesa. «La hizo el Sindicato Minero Castellano, y unos ponían su trabajo, otros el ganado, otros cincuenta céntimos del jornal del día...». La disfrutaron poco. «Debió terminarse hacia 1934, pero luego la incautaron. Cuando se devolvió el patrimonio a UGT muchos pensaban que la casa pertenecía al pueblo. Aún hoy hay personas que la llaman Casa España...». Ni siquiera la llegada de la democracia permitió que la que fue casa del pueblo retornara a sus primeros dueños. «Debía ser el año 80, recibimos una orden de Madrid de entrar en las casas para forzar la devolución del patrimonio sindical, y aquí nos metimos. Cambiamos la cerradura y resistimos a la Guardia Civil dos días, hasta que el Gobierno Civil dio la orden de intervenir...» No fue el único encierro, ni el único enfrentamiento. Pero al fin la casa del pueblo volvió a manos de UGT. Uno de los pocos bienes devueltos de los que se reclamaron en la provincia. «Tras la recuperación la gente lo asumió bastante bien. Al fin y al cabo, estamos en zona republicana...». La historia no pierde aquí el hilo. «El objetivo del proyecto es múltiple: mantener la cultura minera, impulsar el desarrollo económico y fomentar el turismo como sector de futuro» ARTURO FERNÁNDEZ, secretario general de la UGT en León

Para el pueblo, que no del pueblo