miércoles 01.04.2020
Ritmo social

Pensiones contributivas

La fecha de cobro de los pensionistas no suma apenas movimiento a la cuarentena, larga para quienes viven solos o alejados de sus mayores
David Osorio sólo tiene un cliente en su tintorería. MARCIANO PÉREZ
David Osorio sólo tiene un cliente en su tintorería. MARCIANO PÉREZ

Entre el 25 y el 28 de cada mes cobran dos de cada cinco personas en León. Da igual que haya confinamiento o no, la pensión se convierte en un mandamiento religioso con el que cumplir en estas fechas, como confirma Ana Alonso a la puerta de la sucursal del Banco Santander, donde espera para «sacar el dinero» de la prestación de su «madre» para que tenga «algo de dinero en casa por si acaso». Con el por si acaso se entretiene el movimiento en los cajeros y las sucursales, donde se ha acabado con el baile de actualizaciones de la libreta. «Voy al pan, a esto y vuelvo para casa rápido», explica tras el embozo con el que se tapa la boca a falta de mascarilla.

Sí que la lleva puesta Gloria de la Rosa. Va comprar «legumbres y harina» a «La despensa de Tarasca», en la calle Virgen del Camino, y recalca que sólo sale «una vez a la semana». «No ando más por ahí porque tengo una hija enferma que es de riesgo total», detalla. Ya ha dado «la vuelta a la casa» y ahora no sabe «qué hacer». Aunque lo que hace más largo el confinamiento son las «tres semanas» sin ver a su madre, que «está en una residencia de ancianos en un pueblo». «Llamo cada dos días para que me cuenten cómo se encuentra, pero no puedo hablar con ella porque la dio un ictus y no se la entiende nada», explica, a la vez que avisa de que «no hay problemas en ese centro porque «afortunadamente anduvieron listos para cerrar». «Bendito sea el señor», apostilla Nuria Diez, responsable del comercio, quien se confiesa «afortunada no, lo siguiente», porque puede «salir a trabajar». «Ahora es el momento de estar fuertes, ya nos quejaremos después», anima.

«Si viene por aquí pasa de largo porque sabe que soy autónoma», bromean en una herboristería abierta

Algo quejosa viene Rosalía Diez, «de Almanza», al cruzar por delante de la iglesia del Salvador, en La Palomera. Anda «con ganas de que se acabe» la cuarentena porque acumula «desde el viernes de la semana pasada sin salir». «Quería ir mi hijo a la compra, pero luego tiene que llamarme desde el supermercado porque no sabe bien donde están las cosas ni qué hay que coger, así que le dije que iba yo», relata, ya con «el segundo viaje» de comida camino de casa, donde tiene «el congelador lleno».

Para que se garantice el acopio de los víveres sale desde Ponferrada «a las cuatro de la madrugada» Mario González. «Hago el reparto y acabo cuando termino. Hoy voy a buen ritmo», señala subido al elevador de descarga del camión de Danone cuando el reloj ya frisa las doce del mediodía. Pese a que ha disminuido «el reparto sobre todo por los colegios», el servicio se mantiene sobre todo por «los supermercados, en alguno de los cuales venden más que antes», y en «las residencias de ancianos». «Yo no he hecho cuarentena, qué remedio», concede, a la puerta del Más y Más de La Torre, desde donde se observa el silencio que puebla el abandono de los juegos infantiles y la zona verde del barrio, que hace trece jornadas que son ajenos el ajetreo diario de los guajes. «En el barrio la gente está respetando mucho. Se ve lo mínimo y la gente sólo cuando se aplaude», sentencia Florentino Álvarez, que ha salido «a la frutería y nada más».


Nuria Diez atiende a Gloria de la Rosa, ayer en el barrio de La Palomera. MARCIANO PÉREZ

La gente «sale por necesidad», como declara Milagros Puente. Ha ido «a la farmacia» y reconoce que aguanta la cuarentena «castigada en casa», con su marido, su hija y su nieta, que «tiene 6 años y está ya desesperada la pobrecina». Con mejor talante se muestra «de momento Inmaculada Rodríguez», quien teletrabaja, aprovecha «para limpiar» y aún le queda tiempo para las aficiones». «Pero los 15 días que vienen delante veremos cómo los llevamos», admite camino de casa, en el entorno de la rotonda en la que el colegio de Enfermería ha colocado un monumento de dos manos enlazadas que, a la vista de la respuesta de los sanitarios en la crisis actual, se ha quedado pequeño para los merecimientos que presentan.

Al sol, en la puerta de la parafarmacia y herboristería La Torre se apoya Cristina Orejas. No hay nadie dentro, aunque señala que han aumentado las ventas de algunos productos, como «los complejos vitamínicos», y que se mantienen «las de las papillas, potitos y esas cosas». Desde su puesto de observación, señala que «la gente anda asustada, pero también mentalizada de que es indispensable que se queden en casa para que esto se acabe», lo que ha hecho que «respetan mucho, esperen fuera si hay alguien dentro y no vayan en masa como al principio». Pero el miedo al contagio no va con ella. «Yo soy autónoma. A mí no me entra. Si viene por aquí pasa de largo porque sabe que pago autónomos», bromea mientras se despide del barrendero de la zona.

La puerta de David Osorio, sobre la que se lee el cartel de tintorería La Torre, también se encuentra abierta, aunque no hay clientes. «Desde el día 16 tengo sólo uno: Ilunion. Ellos lavan las batas, las sábanas y esas cosas en su lavandería industrial y me mandan a mí las cortinas del hospital del Bierzo con las que hacen las separaciones de enfermos. Ahora las quitarán y a ver qué hacemos», reseña. Puede cerrar si quiere, pero como está dentro de los servicios permitidos en el real decreto, no puede acogerse «a los beneficios de los Erte y todo eso», apunta, antes de volver dentro a «intentar reparar la avería» que le ha dejada «paralizada la secadora».

DL27P10F2-17-31-37-5Cristina Orejas, autónoma, a la puerta de su tienda. MARCIANO PÉREZ

Los ascensores «se paran lo mismo». «Los nuestros menos porque somos muy buenos», ironiza José Luis Morán, que trabaja en una empresa de elevadores. Sus funciones no han bajado porque tiene que atender «el mantenimiento» de los equipos porque «siguen subiendo y bajando». «Algunos salen cinco veces al día. Estuve en una comunidad y, mientras yo hacía lo mío, que tardé una hora, una señora subió tres veces», desvela.

No es el caso de Isabel Reguero, que baja «a la farmacia». Para que los días no se le hagan «tan largos», ve la tele y disfruta «mucho de la lectura». Anda enredada con «Orgullo y prejuicio, que es un poco lento». Antes vivía con su madre y su tía, que «tenían 97 y 94 años, pero se murieron hace un año». «Ahora vivo sola. Doy gracias a Dios porque habría sido horrible para ellas esto», confiesa.

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Mario González, repartidor. MARCIANO PÉREZ

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