jueves 1/10/20

Una provincia en permanente proceso de transición que ahora busca la justicia

Letargo económico. Sectores pujantes (logística, biotecnología y farmacia, TIC) se asientan en León, pero su peso está lejos de equilibrar los déficits de la economía local. Una tímida presencia industrial, un sector agrario en renovación generacional y tecnológica que aún no explota suficientemente el potencial agroalimentario, un comercio que busca su lugar en los nuevos hábitos del consumidor. Una herida energética que no encuentra cómo cicatrizar. Diario de León analiza en un cuarto y último bloque (tras las infraestructuras, el apoyo social y la geografía humana) la situación económica y su factura social como una de las razones para acudir a la cita histórica de mañana.

El hecho de que la negociación de las condiciones de la ‘transición justa’ comience precisamente cuando el potente sector energético leonés ha sido borrado del mapa es sintomático de todo cuanto le ocurre a la provincia. León ha venido perdiendo energía, y no sólo la del carbón. Y en el proceso de reconversión generalizada que comenzó hace décadas han quedado en la cuneta muchas oportunidades. Las que debían haber asentado las bases de un futuro que ahora se pretende apuntalar contra reloj.

Ahora, en una situación límite en muchos ámbitos, se inicia la negociación del futuro ‘justo’. Arranca con pereza, y contra esa conocida desidia se levanta todo León. En un pulso que se escenifica en la manifestación de mañana, pero que mostrará su fuerza a partir del lunes. La próxima semana arranca la lucha por el futuro de la provincia.

El análisis de la situación económica puede abordarse desde multitud de ángulos, pero cuando es el hartazgo de la sociedad el que se pone en pie quizá sea la realidad de la ciudadanía la que merece un acercamiento más detallado. La de sus jóvenes, cada vez menos; sus pensionistas, cada vez más; su menguante clase media y su creciente clase de trabajadores empobrecidos. León no es un verso suelto en las cicatrices que la recesión económica y la titubeante recuperación han dejado en el conjunto del país, pero tiene agravantes que merecen ser matizados.

El tropezón económico que arrancó hace trece años ha engendrado una generación de españoles que por primera vez vivirá y envejecerá peor que sus antecesores. Los jóvenes (un concepto que se alarga como mínimo hasta los 35 años) son no sólo los grandes perdedores de la crisis económica, sino también de la inestable recuperación. Tardan más en incorporarse al mercado laboral y lo hacen de forma mucho más precaria que antes, y con salarios muy inferiores. El mileurismo ha pasado de ser un lastre antes de la recesión a una aspiración para muchos en tiempos de crecimiento económico (el más vital de la UE, se insiste).

Y ese no es el gran problema. Los jóvenes no sólo cobran mucho menos que antes de la crisis, sino que no pueden acceder a los bienes que han estructurado la riqueza de las familias. Sobre todo la vivienda. Ni tienen bienes ni parece que vayan a conseguirlos, lo que también les lastra de cara a su jubilación, con un sistema de pensiones cada vez más en entredicho. El conjunto de los trabajadores asalariados en la provincia ha adelgazado de forma muy importante entre 2008 y 2018, y también se han reducido los salarios que perciben. Sobre todo los menores de 35 años: los que cotizan por cuenta ajena en León han caído un 41% en 10 años. Sus salarios son también sensiblemente inferiores a los anteriores. Y buena parte de sus ingresos se van, en forma de alquiler, a engrosar las ganancias de otras generaciones que sí pudieron acumular ahorro y tienen una situación laboral más estable. Una transferencia de rentas que es otra piedra en el zapato del futuro de los jóvenes.

En el otro lado de la balanza poblacional están los pensionistas, y en este nicho también la acumulación de riqueza se polariza. El debate sobre la sostenibilidad del sistema de pensiones comienza a recibir a la legión de jubilados del ‘baby boom’, con vidas laborales más largas y sobre todo cotizaciones mucho más elevadas que sus predecesores. Aspirantes por tanto a cobrar prestaciones más altas.

Una situación que vendrá a polarizar la riqueza del colectivo de pensionistas, agudizando una situación que ya se da: un 7,6% de los pensionistas leoneses declara casi el 20% de las ganancias del conjunto del colectivo. Y además un 71% de los perceptores de la provincia tienen ingresos inferiores a la pensión mínima local. En la última década el número de pensionistas leoneses se incrementó en apenas un 0,64%, con unos 2.000 más hasta llegar a los 143.436. En cambio los ingresos que perciben han crecido más del 22%. La pensión media es sin embargo de algo más de 1.000 euros mensuales, en 14 pagas.

Dos realidades de la sociedad leonesa, la de los más jóvenes y la de los más mayores, que forman parte de una evidencia: el impacto de la crisis ha incrementado el porcentaje de la población que a pesar de recibir algún tipo de ingreso está por debajo de los niveles que se consideran de pobreza. Antes de la crisis alrededor de un 30% de los leoneses percibía menos de 9.000 euros anuales, lo que se considera estar en ese riesgo de pobreza; y en 2013, el momento más duro de la recesión, ese porcentaje se elevó a más del 41%. La situación ha ido mejorando, pero sin alcanzar los niveles previos a la recesión: alrededor de un tercio de la población, más de 55.000 leoneses, cobran menos de 8.000 euros al año, según sus declaraciones a Hacienda.

El mercado laboral tiene buena parte de la culpa de esta situación, ya que los problemas con el trabajo, la temporalidad, la precariedad y la bajada de los salarios están detrás del 80% del aumento de la desigualdad en la sociedad española, sobre la que las instituciones internacionales han llamado la atención reiteradamente. En el caso de León la recuperación económica sólo ha permitido a los empleados leoneses recuperar un 24% de la pérdida salarial que han sufrido durante la crisis.

El resultado es otra realidad generalizada que se agudiza en el caso de León: las rentas más bajas entre las familias de la provincia crecen el doble de lo que suben las más altas. Y, sobre todo, adelgaza el gran conjunto de las rentas intermedias. Es decir, la clase media, ese nivel al que tanto costó llegar a muchas familias en las últimas décadas, es otra de las grandes perdedoras de la recesión y la recuperación. Y no es una mera denominación, significa que muchas familias que antes de la crisis vivían con comodidad ahora están en grave riesgo de deslizarse hacia la pobreza. Alrededor de 95.000 leoneses estarían en este grupo de clase media venida a menos. Sin olvidar que otros alrededor de 97.000 ciudadanos de la provincia viven con ingresos aún más bajos. Y apenas el 17% de la población de la provincia, algo más de 44.000 personas, tienen unos ingresos anuales superiores a los 30.000 euros, lo que les hace estar por encima de ese nivel de ‘clase media’.

Una provincia en permanente proceso de transición que ahora busca la justicia