viernes 05.06.2020
Crisis sanitaria

Salvador Illa, el todopoderoso ministro de la desescalada

Con la nueva prórroga del estado de alarma, el titular de Sanidad se convierte en el último mando único que sobrevive en la crisis
El ministro Salvador Illa, en una de las sesiones de control al Gobierno en el Senado. EMILIO NARANJO
El ministro Salvador Illa, en una de las sesiones de control al Gobierno en el Senado. EMILIO NARANJO

Da igual cuantas veces se someta al escrutinio público. Sus asesores ni se inmutan. Saben que su jefe es una piedra tan inmune al coronavirus como a los ataques o provocaciones políticas. En estos más de dos meses ha narrado de forma monocorde, casi somnífera, cómo España se dirigía hacia el final del túnel tras doblar la curva. Ese mismo tono plano con el que Salvador Illa leería la lista de la compra es el que el ministro utiliza para responder a las invectivas de sus oponentes o para dejar sin contestar, y sin despeinarse, cualquier pregunta embarazosa sobre la crisis sanitaria.

En su departamento, quienes menos le aprecian, le apodan El triste e insisten en que nunca se le ha visto esbozar una sonrisa. Pero los que más le conocen le llaman El hombre tranquilo y dicen que, incluso, bromea. Los que le apoyan le agradecen sobre todo su «lealtad» por haberse arrogado el papel de «coraza» para que la avalancha de críticas en esta crisis — «la más grave de los últimos cien años», como a él le gusta recordar de cuando en cuando— no haya llegado a los funcionarios o se haya expandido como un virus desbocado entre los responsables sanitarios.

Con la nueva prórroga del estado de alarma, Salvador Illa (La Roca del Vallés, Barcelona, 1966) pasará a ser durante al menos dos semanas el hombre con más poder de España después del presidente del Gobierno. Una situación totalmente imprevista y nunca deseada o esperada por este político sin ganas de protagonismo.

La sorpresa
Tan intrascendente parecía la cartera que Iglesias se tomó como un agravio que el PSOE se la ofreciera

A Illa lo nombraron ministro de Sanidad el 13 de enero de este año cuando el término coronavirus era sólo un palabro lejano que únicamente provocaba algunos problemas en la Wuham, la capital de una desconocida provincia de Hubei, el centro de una muy lejana China.

En principio, el puesto parecía un verdadero ‘balneario’. La encomienda se antojaba más que fácil: se trataba de sustituir a la casi desconocida María Luisa Carcedo, que fue la titular del ramo durante casi un año y medio —entre 2018 y este 2020— sin apenas haber dado titulares. La labor de pasar inadvertido, a priori, no era nada complicada al tratarse de un departamento sin competencias, porque casi todo está transferido a las comunidades. Una bicoca, dijeron en la oposición cuando le nombraron.

Tan plácido, y sobre todo intrascendente parecía el cargo, que el propio Pablo Iglesias consideró un agravio que se le intentara ‘colar’ esa cartera en el acuerdo de Gobierno. Rechazó para los suyos ese ministerio ‘florero’ sin influencia alguna.

Dicen los maledicentes de Moncloa que fue entonces, tras el ‘no’ de Iglesias al Ministerio de Sanidad, cuando Pedro Sánchez pensó en usarla para rellenar el ‘cupo catalán’, cuando todavía resonaban los ecos de la sentencia del ‘procés’. Había que ocupar ese ministerio que, increíblemente, nadie quería pero que, a pesar de no tener contenido, no era «suprimible» por aquello de ocuparse de la salud. Y apareció el nombre de Illa, un licenciado en filosofía, sin la más mínima experiencia profesional fuera de la política y mucho menos en la gestión sanitaria. Absolutamente nada. Ni tangencialmente.

El hombre tranquilo
Los que le apoyan agradecen su lealtad y su coraza ante las críticas de los adversarios

Pero se merecía un premio. Salvador Illa —hombre de confianza de Miquel Iceta, hasta el punto de que en su día éste lo nombró secretario del área de Organización del PSC— fue un personaje clave en los momentos más duros de Pedro Sánchez. Él e Iceta consiguieron que el PSC se mantuviera fiel a Sánchez en las horas más bajas de aquel 2016 en el que fue expulsado de la secretaría general.

Fue así como Salvador Illa, el socialista catalán y conciliador con España y que sólo había gestionado la alcaldía de su municipio y otros puestos medianos en administraciones regionales, se hizo con las riendas del Ministerio de Sanidad solo un mes antes de que el coronavirus desembarcara en España.

Dicen en su entorno más cercano que desde que la Covid llegó, Salvador Illa fue muy consciente de sus limitaciones científicas y técnicas y que por eso mismo desde el inicio se limitó a «reproducir» en sus comparecencias mensajes «muy simples» y «sencillos». Solo decir lo que le decían, sin salirse ni un milímetro de lo marcado aunque la pregunta fuese fácil. Cualquier defecto menos la locuacidad. Ni una valoración. Mero portavoz, en el sentido etimológico de la palabra.

Sensato
En los dos meses y medio de pandemia no ha sacado ni una sola vez los pies del tiesto

Y así ha sido. Salvador Illa, durante los dos meses y medio que dura ya la crisis sanitaria, no ha sacado ni una sola vez los pies del tiesto a pesar de que se ha sometido a un sobreexposición mediática muy por encima de cualquier otro miembro del Ejecutivo, incluido el propio Pedro Sánchez.

El miércoles, Salvador Illa fue, una vez más, ese Salvador Illa. Estaba en la sesión de control del Gobierno en el Congreso de los Diputados. Enfrente, las embestidas de Macarena Olona, de Vox, o Edmundo Val, de Ciudadanos. Y él, una vez más, el mismo discurso sin aristas: «Estamos centrados en combatir la epidemia». El Gobierno no ha venido a polemizar, lo importante es la cogobernanza.».

Illa, tras la prórroga del estado de alerta que entra en vigor, sobre el papel, y sólo sobre el papel, se queda ya como el último mando único de la administración central, después de que Interior, Defensa y Transportes hayan devuelto las competencias a las comunidades. Sin embargo, dicen en su entorno, que a este ministro tímido no le apetece nada ejercer de todopoderoso líder de la desescalada.

Salvador Illa, el todopoderoso ministro de la desescalada