miércoles 01.04.2020
Calles uniformadas

Vacío, por favor

Los uniformes de los servicios públicos, de vigilancia y de los sanitarios que van a atender a los enfermos a su casa predominan en el paisaje de la ciudad, donde ha bajado el tráfico
Ricardo Cantón, ayer después de recoger las recetas en el centro de salud de José Aguado. RAMIRO
Ricardo Cantón, ayer después de recoger las recetas en el centro de salud de José Aguado. RAMIRO

La uniformidad da rango a las calles vacías. Por Fray Luis de León, a primera hora, el trasiego lo marcan los uniformes: el mono blanco del barrendero que tira del carro, las franjas amarillas de los carteros, el distintivo celeste por debajo del chaleco antibalas de los policías locales, el azul marino de las patrullas de la nacional, los jerséis rojos de los repartidores. Pero, por encima de todos, se desmarca el abrigo naranja fosforito de la mujer que camina aprisa por delante de la puerta de El Corte Inglés. Va con la mirada perdida en el suelo, la mascarilla hundida en el puente de la nariz y un pequeño maletín de mano. «Enfermera», anuncia en la espalda: una de las profesionales de José Aguado que estos días van a «los domicilios de las personas vulnerables o con problemas de movilidad que necesitan tratamiento habitual, como el sintrom, curas o inyectables». «Hay mucha gente sola porque las cuidadoras han empezado a dejar de ir por miedo al contagio, a que les multen y también, me parece a mí, porque algunas están sin asegurar», descubre.

Los centros de salud se organizan para dar las recetas a los enfermos sin que tengan que entrar

A los domicilios ha empezado a salir desde ayer «un médico y una enfermera» con «equipos de protección individual» para atender a «los sospechosos» que presentan síntomas de coronavirus. «Estamos haciendo el triaje en el centro de salud y controlando mucho lo que es más urgente. Las bajas se hacen vía telefónica y si es receta que necesita visado se baja a la calle para dársela al paciente», relata, antes de reanudar la marcha por Octavio Álvarez Carballo.

Una de esas receta la lleva prendida con tres dedos Ricardo Cantón. «Synjardy», se lee en la casilla reservada para que el facultativo detalle el medicamento. «Es para el azúcar, que se me había acabado y tengo que venir una vez al mes», concede, a la vez que detalla que el mandamiento de pasear la diabetes, prescrito por el médico junto al medicamento, lo salva con «10 o 15 minutos al día de bicicleta estática». «Otro remedio no nos queda, viendo todo lo que sale», se conforma. Fuera del ambulatorio se tiene que quedar también Rubén Peñacoba. No tiene recetas que recoger, ni urgencia necesaria, sino que se lamenta de que los visitadores médicos no puedan acceder a los centros de salud. «Esto no se arregla ni con cuatro semanas como no se cierre Madrid», reta, ajeno a los vehículos que circulan de forma regular por la avenida, sin apenas peatones.

La misma radiografía se calca en el entorno de La Puentecilla. En el barrio, que fue estadio, tiene el negocio abierto pero a puerta cerrada Manuel Martínez. Con ella entreabierta, señala que «puede entrar como mucho un coche al día de particulares», aunque reconoce que tienen «la suerte» de que arreglan «los coches para la Guardia Civil». «Por ahora, de los cinco que somos estamos todos, menos uno que había cogido vacaciones el día antes» del confinamiento, detalla antes de volver a meterse bajo los elevadores del taller Los Mellizos.

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Manuel Martínez, del taller Los Mellizos, ayer. RAMIRO

El silbido de los coches se espacia por Alcalde Miguel Castaño, donde el semáforo de foto rojo del cruce con López de Fenar no perdona. Enfrente, Raquel Arias hace guardia en La Quesería. Aquí, «hay muy poquita cosa», marca para diferenciarse de otras zonas, como el Crucero, donde tiene «otra tienda que está funcionando mejor». «Mercadona y esos ganarán, pero para el negocio pequeño, salvo en algunos barrios, esto es la ruina», analiza.

La llamada de auxilio la atienden los ciudadanos como Miguel Belerda, quien recalca que «hay que ayudar a las tiendas pequeñitas». Es pintor, uno de los oficios permitidos por el real decreto, pero ha decidido quedarse «en casa». «Me han llamado para trabajos, pero les he dicho que después de esto si quieren, veremos. Imagínate que voy a una comunidad, tengo el coronavirus y por mi culpa se contagia alguien… Tenemos más tiempo en el año para ir a trabajar», asienta, a la cola de la tienda de comestibles Dados.



Raúl Ferrero y Mari Carmen Martínez, en la tienda Dados. RAMIRO

Dentro, Raúl Ferrero luce varias estanterías con el pan que traen de «catorce panaderos». «Tenemos de Lorenzana, de Corbillos, de Banuncias, de Santa Lucía, de Valderas, de Manganeses, de Veguellina...», enumera Mari Carmen Martínez. La tienda vendía «más de 200 barras y hogazas diarias», pero ahora «ha bajado un 25% más o menos», aunque a cambio «ha subido la venta de fruta, de verdura, de legumbres y de patatas, además de magdalenas caseras porque ahora la gente desayuna en casa». «En este gremio saldremos adelante porque hay que comer, pero en otros tendrán que cerrar», vaticina el jefe.

Si fuera por estos días, uno sería el de José Portomeñe. Con 38 años en el surtidor de combustibles de San Francisco, el único que queda en el centro, detalla que el servicio «ha bajado un 80%». «Podemos llenar ahora en todo el día veinte depósitos y los fines de semana cero», apunta con el pulgar y el índice para remarcar la situación. Apenas le «libran los profesionales, como taxistas, transportistas o repartidores, porque particulares casi no hay». Como testigo privilegiado del tráfico, reseña que «siempre se da algún listillo, pero progresivamente la gente ha tomado más precauciones». Entre ellas, cuando van a pagar con tarjeta, «no quieren entrar» a la garita. «Prefieren decirme a mí el pin que teclearlo», desvela como ejemplo del miedo. Esa «preocupación e incertidumbre» que hace que la gente se conciencie de que es mejor dejar la calle para los uniformes y pedir vacío, por favor.

Vacío, por favor