jueves 19.09.2019

El veterinario más veterano: «Me querían matar y cumplí 100 años»

Felipe Prieto Suárez, preso republicano, militar nacional a la fuerza, maestro, doctor, político, emprendedor y jefe en Antibióticos «27 años y 14 días», es nombrado veterinario veterano de España .
El veterinario más veterano: «Me querían matar y cumplí 100 años»

Centenario y con una vida fértil y azarosa como pocas, el luniego Felipe Prieto Suárez recibe este año el título de veterinario más veterano de España, que no el más longevo, puntualiza. «Hay otros dos mayores que yo, Luciano y José Luis, uno de 104 años, pero ya les dieron el título», aclara.

Maestro, veterinario, jefe técnico de Farmacia en Antibióticos desde 1952, durante «27 años y 14 días», este hombre excepcional consiguió el título de doctor, publicó incontables estudios científicos y fue el impulsor de un almacén de huevos, que hoy es Huevos León, y también de Acción Republicana de España (Arde), durante la transición, un partido de izquierdas que no se definía como «antimonárquico sino como republicano».

Felipe Prieto defendió la región leonesa «con Zamora y Salamanca» cuando a León, «la bella durmiente», como la llamaba entonces, la pretendían «asturianos y castellanos». Y se mostró muy desconfiado de un autonomías para todo el mundo: «No a las autonomías mientras no lo soliciten, en plebiscito, las tres cuartas partes de los municipios de la región».

De su mano nació la Asociaicón de Ganaderos de Lanar (Agala), reivindicó una ley de pastos y rastrojeras en los primeros ochenta y defendió al pastor como «psicólogo de multitudes». Por algo le nombraron pastor mayor de Luna en 1986.. Ese año fueron rabadanes Jacinto Rodríguez Álvarez, de Segura de Luna, y Manuel Rodíguez Rodríguez, de Candemuela.

Felipe Prieto ha sido todas estas cosas a pesar de que la Guerra Civil y la represión estuvieron a punto de cercenar su vida. «Me acusaban de que era de izquierdas y yo, francamente, soy de izquierdas pero todo lo que hice fue que cambió el régimen porque vino Franco de África a matar a los españoles y me metieron en la cárcel, estuve en el ‘hotel’ de San Marcos. Me querían matar, y, ya ve, cumplí los 100 años».

Corre el mes de octubre de 1937, cae el frente norte, el último foco de resistencia republicana en la provincia, y prosiguen las delaciones cainitas. En Pobladura de Luna, su tierra natal, tres vecinos denuncian al señor José Prieto y a su hijo Felipe, que ya había sido llamado a las filas ‘nacionales’.

Felipe Prieto Suárez habla desde Santander por videoconferencia, donde vive con la menor de sus cuatro hijos. Si su vida profesional y social fue fértil, pese a las zancadillas que recibió por «no ser afeto a la causa nacional», también lo ha sido su vida familiar.

Al preguntarle por la infancia le vienen a la memoria tiempos posteriores, los peores días de su larga vida: «Me condenaron a muerte», lamenta. En el mes de octubre de 1937, con 24 años de edad, fue encarcelado en San Marcos y luego trasladado al cuartel del Cid «por la denuncia de tres vecinos», alega. Estuvo preso frente a las escuelas graduadas del Cid, de las que era maestro en prácticas.

Felipe y su padre fueron encausados por «muy rojos», sobre todo el hijo a quien tacharon de «peor condición que su padre» y acusaron de haber colaborado con el Frente Popular en las elecciones de 1936 y de pertenecer al partido republicano. «Debido a sus inclinaciones izquierdistas», señala su expediente de represaliado. Con estas mimbres, Felipe fue apartado de su puesto de maestro de grado profesional en prácticas.

Pasó seis meses en la cárcel y luego fue enviado al frente «con los nacionales de Franco». Para él una afrenta más de la dictadura. Cayó herido y fue hospitalizado en un manicomio de La Coruña, otro episidio que le marcó, cuenta Ana Prieto. El expediente fue sobreseído, pero fue condenado a pagar una multa y proscrito durante más de una década en la posguerra.

Los pobres, más listos

Felipe Manuel Prieto Suárez nació el 28 de enero de 1914 en Pobladura de Luna, en el municipio de Láncara. Sus padres José Prieto Fernández, ganadero natural de Oblanca y Plácida Suárez Fernández, de Pobladura criaron a siete retoños con la ilusión darles estudios: «Hijos vosotros que sois más pobres, tenéis que ser más listos», les decía el hombre, tal y como recoge su nieto José.

«Mi padre tenía un rebaño de ovejas pero era analfabeto. Hasta que fue a la mili, vio que muchos sabían leer y escribir y él se juró que iba a aprender», cuenta Felipe. El Pistolo, como apodaban a su padre «porque iba a ir a la guerra de Cuba y luego no fue pero se quedó con el mote», regresó de la mili leyendo y escribiendo.

Felipe, el sexto de los hermanos, tres hombres y cuatro mujeres, heredó sin duda su tesón y cumplió el gran deseo del señor José. Estudió siempre. A los los seis años iba andando con sus hermanos a la escuela de Láncara. El maestro, don Francisco García, tenía a su cargo a 60 chicos. Felipe era aplicado pero también hacía sus pellas: «Le llamaban Domingo, porque a veces me quedaba jugando», cuenta la memoria familiar.

A los 13 años, preparado por otro maestro, don Valentín García Pérez, de Genestosa, «asesinado por los falangistas», aprobó el ingreso y 1º de Magisterio entre junio y septiembre. A los 14 se matriculó oficial en 2º curso y «bajó a vivir a León acompañado por dos de sus hermanas a un piso que había alquilado su padre en la calle Serranos», relata Marta Prieto, una de sus nietas.

En 1932, con tan solo 17 años, el chico termina la carrera y obtiene el número uno en el ingreso oposición. Empieza a trabajar en las escuelas graduadas del Cid y se matricula en bachillerato para convertirse luego en uno de los 14 estudiantes admitidos en Veterinaria. La represión le apartó de la escuela y también de sus estudios, que retoma en 1943.

Con el tiempo, Felipe Prieto logra el título de doctor en la Universidad de Oviedo y a dirigir la tesis, entre otras muchas, de uno de sus hijos en la Complutense de Madrid. Cuando Antibióticos abre la fábrica en Armunia en 1952 le llamaron para hacerse cargo del departamento de farmacología.

Nunca dejó de ejercer como veterinario, «una afición nata propia del saber de este ganado», puntualiza. «Al único que dejaban ejercer fuera de la fábrica era a mí porque había hecho el doctorado», añade.

Antibióticos, un «honor»

Trabajar en Antibióticos «fue un honor», confiesa. «Me llamaban el Carrerinas. Me levantaba a las siete de la mañana para ir a la fábrica, volvía a las tres y luego iba al partido (veterinario) y regresaba a casa a las diez», recuerda. Su hija Ana da fe: «Le veíamos muy poco».

Felipe Prieto tenía 29 años cuando se casó con Angelines Montaña. Conoció a la moza, de 20 años, en Banuncias, cuando recuperó su condición de maestro y le destinaron ‘castigado’ a San Cibrán de Ardón. Fue por las fiestas de Las Candelas (tal día como hoy) y al año siguiente, el 21 de enero de 1941 se casaron.

«Pese a todas sus ocupaciones todavía sacaba tiempo para escribir poesías a mi madre y tiene muchísimas publicaciones científicas», anota su hija, maestra y directora de un colegio en Santander.

Fue amor a primera vista y amor para siempre. Felipe, don Felipe como le conocen en Banuncias, tiene verdadera devoción por su esposa, ya fallecida. «Nos casamos en la iglesia del Mercado y luego fuimos a Madrid de viaje a casa de unos amigos». Poco después se presenta a la oposición para las plazas de veterinario y saca «el número tres», apunta con la exactitud que recuerda todos sus hitos vitales.

Estar en los primeros puestos no le valió, como cabía esperar, para acceder a una buena plaza. Era lo corriente, pero no para un represaliado. «Como estaba sancionado tenía que ir a donde no fuera nadie, a un sitio lejos para que no me pidieran certificados», tal y como le ‘aconsejó’ uno de los miembros del tribunal.

«Me quitaron las faltas»

Así fue como llegó, en 1944, a Villalmondar de Oca, en la provincia de Burgos, para hacerse cargo de la plaza de veterinario titular en el valle de Oca. «Cuando llegué el ganado estaba atacado por una enfermedad y me llamaron. Cuando empecé a actuar no se murieron más que dos y el que era director de Burgos se hizo teniente coronel y me quitó todas las faltas que me habían puesto», recuerda.

Este episodio no lo olvida. Lo repite varias veces en la entrevista. En cambio, si no le preguntan, no hubiera sacado a colocación lo que él hizo por los demás. «En Antibióticos entró a trabajar media montaña gracias a mi padre», recuerda su hija. Sus influencias también valieron para algún vecino de Banuncias.

Preguntado por su faceta de emprendedor retoma el hilo: «Fundé un almacén de huevos y aves —hoy Huevos León— con Vitalino. Cogimos una nave en El Crucero y una DKV que conducía Honorino, de Azadinos, para ir recogiendo los huevos», relata. Luego montaron una clasificadora: «Todos íbamos a echar una mano, también la gente del barrio», recuerda su hija.

Lo que más resalta Felipe es la honradez de Honorino: «Le daba medio millón para pagar los huevos y no se comía ni un céntimo». Así fue como una familia humilde y pobre se convirtió en la propietaria de una empresa aún hoy en activo. Le traspasó el negocio y lo llevan sus sobrinos, alguno de ellos veterinario.

Cien años no se cumplen todos los días. Felipe Prieto recibió esta semana multitud de felicitaciones y ayer fue agasajado por su familia, con la ausencia dolorosa de su querida esposa Angelines y de su hijo Felipe Prieto Montaña, quien fue catedrático de Veterinaria en la Universidad de León y falleció el día de San Isidoro de 2011. «Orgulloso no soy. Nunca dije: «Yo sé más. Iba y hacía las cosas. Creo que estoy en gracia de Dios», confiesa a la hora de charla.

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